La
restauración imperial de la Navidad del 800 se convirtió en el gran mito político de la Europa Medieval. Un mito que contrastaba brutalmente con las limitaciones entre las que se desenvolvieron
Carlomagno y
sus sucesores. Limitaciones que alcanzaban no solo al
aparato institucional carolingio sino también -y esto es lo más importante- a sus
recursos humanos y económicos. Se seguirá discutiendo si
la época de Carlomagno supuso una ruptura económica con el mundo antiguo, tal y como pensó H. Pirenne hace ya setenta años o si, por el contrario, la sociedad franca -como recientemente ha insistido G. Bos- fue una sociedad esclavista perfectamente ubicable en el marco de las sociedades antiguas. ¿Ruptura en torno al 700? ¿Mutación en torno al año Mil? En cualquiera de los dos casos, la Europa de los carolingios y de sus
epígonos otónidas se nos presenta dotada de una cierta unidad.