Tradiconalmente se ha venido considerando esta figura como Santo Tomás o Santiago el Menor, pero una vez identificados ambos tiene que tratarse de San Felipe. Curiosamente, es una de las figuras más interesantes del Apostolado que pintó Ribera en la década de 1630, tomando como modelo a un personaje popular que dirige su mirada hacia el espectador, con un gesto de absoluta humanidad. El
naturalismo del rostro se repite en las manos, resaltando todas y cada una de las arrugas del apóstol. La figura emerge de un fondo negro, creando el maestro un efecto tenebrista, inspirado en
Caravaggio, al impactar en la figura con el potente foco de luz para crear intensos contrastes de luces y sombras. El resultado es una obra cargada de humanidad sin renunciar a la espiritualidad.