La escasez de escenas de carácter costumbrista en el
Barroco español hace que estas obras velazqueñas adquieran una mayor importancia. Realizadas durante su etapa sevillana, en ellas se aprecia la influencia de las imágenes
flamencas e
italianas que llegaban al puerto hispalense. Los rostros de los dos personajes que se sientan a la mesa aparecen total o parcialmente ocultos, llamando más la atención el bodegón que aparece en la zona izquierda del lienzo, iluminado por un fogonazo de luz clara que provoca fuertes zonas de sombra. Esta iluminación está inspirada en el
Tenebrismo imperante en los primeros años del siglo XVII en Italia, gracias a las novedades impuestas por
Caravaggio. El colorido es el habitual en las imágenes pintadas por Velázquez en estos años - véase la
Vieja friendo huevos o
El aguador de Sevilla - empleando tonalidades oscuras que contrastan con el blanco, de igual manera que hará dos siglos después
Manet. La pincelada minuciosa es otra marca característica de esta fase, abandonándola a medida que transcurre el tiempo. Lo más atrayente es el realismo de ambas figuras, alejado de la idealización del
Manierismo.