Este retrato de
Napoleón fue encargado a David por el rey
Carlos IV de España, a través del embajador español en París. Trasladado a España, cuando
José Bonaparte se retiró de Madrid en 1814 se llevó el retrato a Francia. La obra, plena de dinamismo y fuerza, se convertirá en referencia obligada para los retratos oficiales de la época, anticipándose a la iconografía de los retratos ecuestres realizados durante el
Romanticismo.
En esta obra David construye la imagen heroica e imperial de Napoleón, aunque en realidad Bonaparte cruzó en burro este paso de los Alpes, pero quiso ser representado "tranquilo sobre un fogoso corcel".