El emperador
Justiniano aparece ataviado con los símbolos de poder: manto púrpura, corona y halo. Está acompañado por altos dignatarios religiosos y políticos, uniendo así ambos poderes. Se observa un intento de retratar individualmente a los personajes sin embargo, siguen un esquema común. Esta escena, así como la que le representa a la emperatriz Teodora con su séquito, están orientadas hacia el altar, mostrándonos así a la pareja imperial como protectores de la Iglesia.