De carácter rebelde, Severini muestra sus primeras admiraciones hacia el teatro. Una pintora aficionada local, Matilde Luchini, será su primera profesora de dibujo. A los 17 años marcha a Roma con su madre. En la capital italiana frecuenta Escuelas de Arte como San Giacomo o la Scuola Libera del Nudo. En 1901 conoce a
Umberto Boccioni, quien le presenta a
Giacomo Balla; éste último le atrae hacia el
Impresionismo, siendo el estilo que practica en su primera exposición, en 1903.
Poco a poco, sin embargo, abandona el Impresionismo y se decanta por el
Simbolismo. Hacia 1906 empieza a pensar en la posibilidad de abandonar Italia y vivir en París; en su primer alojamiento está cerca de artista como Utrillo, Suzanne Valladon, Dufy o
Braque. Al poco tiempo conocerá a los habituales de Montmartre:
Modigliani,
Picasso o Max Jacob.
A partir de 1909 su arte se inclina por el
Divisionismo de
Seurat -la necesidad de una ciencia del arte - y por captar con la mayor viveza el movimiento de las figuras. Frecuenta los bailes y locales nocturnos de París y su arte empieza a fragmentarse en multitud de planos, cada vez menos reconocibles para el ojo. Por esas fechas el artista afirmará que "el ritmo me fue sugerido por los objetos y por la atmósfera de mi habitación."
Poco después conoce al poeta y escritor
Filippo Tommaso Marinetti y el 11 de febrero de 1910 Severini figura entre los cinco artistas que firman el Manifiesto de la Pintura Futurista, junto a
Balla,
Carrà,
Boccioni y
Russolo. El futurismo se consagra en París tras la exposición celebrada en la galería Berheim-Jeune (febrero de 1912) y mantendrá su vigor hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial.
El camino posterior de Gino Severini es muy insospechado. Él, que había sido definido por
Apollinaire como el miembro más válido del grupo, transforma su arte hacia la figuración más depurada, siendo su libro "Del cubismo al clasicismo" (1921), uno de los textos fundamentales que explica el fenómeno de los
realismos de nuevo cuño en el arte europeo de los años 20 y 30.