Al fallecer
Salomón la
corona israelí recayó en manos de su hijo Roboam. Rápidamente se sucedieron las quejas populares, especialmente en materia tributaria, pero la altanería del monarca le llevó a anunciar una política de carácter más opresor que la de su antecesor. Las tribus del norte se rebelaron y reconocieron como rey a
Jeroboam. Roboam intentó aplastar la revuelta pero no consiguió su objetivo. El cisma se había consumado y los pueblos sometidos - Damasco, Moab, Amón - aprovecharon para recuperar su independencia. Israel tomaba su camino y Judá hacía lo mismo, subsistiendo en ambos territorios la monarquía. Los dos estados perderían importancia política respecto a
Asiria que aprovecharía la decadencia de Palestina.