Maximiano formó parte de la tetrarquía instaurada por
Diocleciano al ser elegido augusto. El experimentado general tomó el gobierno de la zona occidental del Imperio estableciendo su capital en Milán y eligiendo como césar a
Constancio Cloro -llamado así por el color de su rostro-. Italia, Hispania y Africa quedaron en sus manos. Uno de los objetivos que se impusieron los augustos fue acabar con las revueltas que se producían en esos momentos y en este ámbito encontramos la lucha de Maximiano contra las tribus mauritanas de Africa, a las que derrotó. Participó también de la reforma administrativa,
militar,
fiscal y monetaria que se desarrolló en el Imperio al tiempo que persiguió con contundencia a los cristianos, cuyo culto fue prohibido desde el año 303 por un Edicto Imperial.
Pasados 20 años los dos augustos renunciaron a sus cargos aunque Maximiano no lo hizo de muy buena gana. Inmediatamente participó en
los enfrentamientos que se produjeron por obtener los cargos de la tetrarquía ya que
Galerio no incluyó a su hijo
Majencio en la terna. Aprovechando la confusión y la crisis reinante Maximiano regresó al poder, declarándose augusto en Roma. Posiblemente cediera el poder a su hijo, quien perdió la vida contra
Constantino en la batalla del Puente Milvio.