El papado de León VIII se inscribe en los momentos de mayor dependencia del
pontificado respecto al
Imperio. Su nombramiento estuvo avalado por
Otón I aunque un sínodo consiguiera deponerle al año de su nombramiento, siendo reemplazado por Juan XII. La muerte de éste a los pocos meses devolvió el trono de san Pedro a León VIII hasta su temprana muerte en el año 965.