Hijo de
Hernán Cortés, en 1563 regresó a
Nueva España donde fue utilizado por los encomenderos como cabeza de una sublevación. Los encomenderos deseaban mayores cotas de autogobierno que la Corona no estaba dispuesta a ceder, al tiempo que rechazaban la abolición de
las encomiendas. La conjura pretendía hacer de Nueva España un territorio independiente pero no pasó de ser un proyecto. La audiencia descubrió a los conjurados, cuyos cabecillas serían ejecutados. El virrey salvó a Martín Cortés de la muerte, castigándole a destierro perpetuo.