Hijo de
Leopoldo I, fue designado rey de Hungría en 1687, rey de romanos en 1690 y emperador en 1705. Se enfrentó a la
revuelta austriaca para obtener un importante triunfo y también participó en la
Guerra de Sucesión española. Sus relaciones con el Papado no fueron muy estrechas ni tampoco con los jesuitas -a los que
expulsó-, enturbiándose las relaciones por el tratado firmado con
Carlos XII de Suecia por el que se concedía libertad religiosa a los protestantes en el Silesia. Murió sin descendencia.