Hijo de
Alejandro II, no
sube al poder hasta que en 1881 se produce la muerte de su hermano Constantino. Educado en las creencias ortodoxas, gobernó bajo un régimen autocrático y según directrices relacionadas con el autoritarismo de sus consejeros. Durante su estancia en el poder puso fin al terrorismo nihilista y defendió a los nobles, llegando incluso a crear un Banco de la Nobleza. En política exterior ejerció gran presión sobre la zona del Báltico, Polonia y Finlandia y ocupó Turkestán. Se enemistó con Alemania y mantuvo relaciones con Francia. Su política represora afectó sobre todo al colectivo de judíos, contra los que redactó un estatuto en 1882 que les obligaba a trasladarse a la zona occidental. Su sucesor en el trono fue
Nicolás II.