Hijo de militantes comunistas, vive su niñez en
la URSS. En 1939 se afilia al partido, entonces en la clandestinidad. A partir del fin de la guerra se convierte en eficiente y gris burócrata del aparato, pero su carrera se revelará meteóricamente, hasta que en 1968 sustituya al hasta entonces inamovible
Novotny a la cabeza del partido. En los primeros meses de aquel año pasa a representar el espíritu renovador que será conocido como
la Primavera de Praga, una breve ilusión truncada por la invasión soviética. Tras varios años de ostracismo, la revolución de terciopelo de noviembre de 1989 le devuelve a la vida pública, para ocupar el cargo de presidente del Partido checoslovaco. Símbolo de la unidad de la patria y de la recuperación de la democracia.