Discípulo de Noël Coypel y de J.B. Van Loo, Chardin va a destacar como pintor de naturalezas muertas, retratos y escenas de interior, siendo considerado como uno de los mejores pintores del siglo XVIII francés. Las escenas de la vida cotidiana, marcadas por la humildad, y los objetos personales, serán sus temas favoritos. Destaca su técnica, con trabajados empastes, colores sobrios y escasos pero que crean efectos de bella armonía. La luz será otra de sus grandes preocupaciones, conecta con el
Barroco holandés, especialmente con
Vermeer. Al final de su vida se interesó por el pastel, siendo referencia para
Degas y
Manet.