Localización: Córdoba fue ya hace 2000 años capital de la provincia romana. Tras la entrada musulmana en la Península ibérica fue convertida en capital, enriqueciéndose con importantes construcciones entre las que sobresale la Mezquita- y en el siglo X competía en esplendor con Bagdad. Su importante comunidad judía fue una de las más activas intelectualmente del mundo, como puente entre los saberes orientales y occidentales. La figura de Maimónides es, en este sentido, el paradigma de esta labor cultural. De este pasado hebreo queda su esplendorosa judería.
En 1236 Fernando III el Santo la reconquistó.
Esta ciudad andaluza se sitúa al pie de la sierra del mismo nombre, en pleno valle del Guadalquivir, a unos 120 metros sobre el nivel del mar y es capital de la provincia. Su posición geográfica le confiere un clima muy caluroso en verano, rondando los 40 grados, y suave en invierno, con un régimen de lluvias escaso. El periodo que va de abril a junio es el más benigno climatológicamente hablando. Es un importante mercado de los productos agrícolas que se cultivan en las zonas circundantes. Unida con carretera y líneas férreas a las principales ciudades andaluzas y Madrid, se ha convertido en uno de los principales focos turísticos de la región. La economía local se incrementa con industrias relacionadas con la fundición, la electricidad, los productos químicos, tejidos, maquinaria, cueros, orfebrería, calzados e industria alimenticia. Su población alcanza los 400.000 habitantes.
El estilo árabe-bizantino
A finales del siglo XIX los investigadores españoles usaban una etiqueta que describía bien las características de lo que hoy llamamos arquitectura paleoislámica, pues ellos la llamaban árabe-bizantina, asociando en un solo concepto la expresión literaria de aquella cultura y los rasgos más característicos de su apariencia, como fueron los órdenes clásicos y la decoración, especialmente la de mosaico, que, como sabemos, fue diseñada y fabricada por artistas bizantinos contratados para la ocasión; hoy, al olvidar esta terminología, reforzamos la idea de que lo árabe fue apenas un timbre de falsa cercanía a los orígenes geográficos del Islam y a la aristocracia dominante, y que lo bizantino fue sólo uno de los ingredientes. Preferimos el término paleoislámico para explicar que aquello fue, sobre unos innegables mecanismos parasitarios, lo bastante original como para olvidarnos, incluso, de tanta referencia a ecos de romanidad tardía o la tópica metáfora de que estamos en presencia del último edificio romano... aunque construido para musulmanes.
La impresión de romanidad, los ecos bizantinos e incluso lo árabe se disipan, por simbiosis primero y fusión después, al entrar en ese pórtico que llamamos capilla de Villaviciosa. Vamos a detenernos por un instante y observemos, auxiliados por la fe de quienes creen en los planos, que esta ampliación es, más que una prolongación de la misma profundidad de la aljama del siglo VIII, una nueva mezquita, de las que las fases anteriores y posterior son sólo como unas extensiones simplificadas; visto de otra manera es como si a la Sala de Oración se le hubiese añadido una gran maqsura, de un lujo y unas dimensiones colosales. Por lo pronto su planta ya no es una simple yuxtaposición de naves, sino que destaca una ordenación, en forma de letra T, de la que esta antigua capilla ocupa el punto más bajo del trazo vertical, mientras la auténtica maqsura se desarrolla en el más alto y los brazos del corto. A esta novedad esencial se unen algunas otras variaciones, todas ellas meditadas y sutiles; así alternan al tresbolillo los fustes de mármol rosado con los verdosos. Como el nuevo mihrab fue muy profundo, el muro de la qibla pudo duplicarse, y así hubo sitio para alojar el tesoro, el alminbar e incluso dar forma definitiva al sabat, como veremos.
En esta capilla podemos admirar la primera de las cúpulas califales; fíjate que los arcos que la sustentan, además de una intensa decoración general, son de un tipo nuevo, al menos dos de ellos, pues de los otros, el que hemos pasado y el que queda a nuestra derecha, ya hablaremos. Para empezar observa que cada tramo lo forman tres columnas, algo más juntas que hasta el presente, y cuyos pilares superiores, ya conocidos en la primera aljama, ostentan ahora columnillas auxiliares, sobre las que montan los consabidos arcos altos, que apenas si se identifican, pues las que antes eran sencillas herraduras de entibo, ahora se han transformado en arcos lobulados, que más arriba, sobre la cornisa general que enlaza los capiteles de las columnillas, dan soporte a otros, que se cruzan con los altos obedeciendo las que los especialistas llaman leyes del lazo, y todos juntos dan arriostramiento a un gran arco lobulado que tiene toda la luz de la nave central.
Aún más arriba existe una cornisa general que marca el rectángulo sobre el que monta la cúpula, sostenida por ocho nervios, paralelos dos a dos, que nacen limpiamente de la cornisa y, como si los hubiese diseñado un profesor de Geometría Descriptiva en la pantalla de su ordenador, se cruzan con absoluta precisión en cuatro puntos precisos. Los espacios resultantes se cierran con formas variadas, desde la cupulilla central, que es gallonada y arranca sobre un octógono fabricado sobre cuatro triángulos rinconeros, hasta otras cupulitas de nervios paralelos, lobulados o lisos, algunas gallonadas de planta triangular y desarrollo inclinado, diversas estrelladas, etc. Te señalo dos cuestiones más, como son las dieciséis ventanas que se abren, sin mucha eficacia, entre los arranques de los nervios principales, y la prolija decoración llamada de atauriques, que son unas flores, frutos, hojas y ramas, muy menudos y esquemáticos, labrados en dos planos esenciales, y que respetan simetrías planas y una rigurosa alternancia a la hora de entrecruzarse, según las leyes del lazo. Con esto no agoto la descripción, pues seguramente en las fotografías y en tu memoria guardarás cantidad de detalles de la mayor sutileza y lógica constructiva y compositiva, resultados de un proceso de diseño que se mantiene en el más completo misterio.
Si para la cuestión del acueducto podemos aducir precedentes, más o menos creíbles, para lo que estamos viendo ahora, y lo que nos falta por admirar en la maqsura, que entrevemos allí al fondo, no hay más que atisbos, mal aducidos y peor documentados, que han llevado a Marianne Barrucand a dudar, con toda razón, de todas las posibilidades que se les han ocurrido a los investigadores, para concluir: En todo caso, el maestro constructor de Al-Hakam II desarrolló una actividad extremadamente creativa, y en este sentido de igual calidad a los primeros arquitectos de finales del siglo XII. Esta cita me recuerda que, a riesgo de aburrirte, debo hacer un paréntesis en el recorrido para recitar un cierto intermedio histórico.
El proceso de esta obra comenzó inmediatamente tras la muerte del primer califa omeya de Córdoba, el tercer Abd al-Rahman de la dinastía, apodado al-Nasir, pues su hijo Al-Hakam decidió inmediatamente la nueva ampliación de la Sala, de modo que el 20 de julio del año 962 comenzaron los trabajos. Tres años después concluyó la decoración marmórea del nuevo mihrab; probablemente comenzaron en este momento los mosaicos, para lo que fueron llamados artesanos de Bizancio. Al año siguiente, al concluir la carpintería de la nueva maqsura, se situó en ella el alminbar, inaugurándose solemnemente la ampliación, cuyas obras complementarias continuaron con una acometida de agua para los aljibes del patio, y sólo en 971 se pudo dar por concluida la obra, cuando se terminaron los mosaicos de la fachada del mihrab y de la cúpula que le antecede, hacia la que vamos a caminar despacio, por la nueva nave central, en la que podemos admirar el suntuoso artesonado, rememoración del que existió hasta el siglo XVIII, y la decoración de la estructura de los arcos, adornados con pilastrillas de gusto romano.
Todo lo que vemos y lo que vamos a ver, salvo las cuatro columnas que sirven de apoyo al marco del mihrab, todo lo que aquí se utilizó fue labrado para la ocasión. Mientras avanzamos advierte el ritmo del color de los fustes, parejo al cambio de los capiteles, pues alternan los corintios con los compuestos, aunque todos ellos sean una simplificación de los romanos, que habían descubierto lo hermosos que eran éstos antes de labrarles las prolijas hojas de acanto y las elaboradas molduras clásicas; en muchos, mira aquel de la izquierda, quedan firmas de los canteros que los labraron y que son dibujos muy simples o letrerillos árabes, pero que, como descubrió Ocaña, pertenecían en su mayoría a cristianos, lo que sugiere que sus autores serían mozárabes de la ciudad, intensamente asimilados por la cultura islámica, que en estos momentos era ya la de más de la mitad de la población andaluza.
Tras los brillos apagados de la techumbre, sobre aquella hilera de columnas, los arcos nos filtran una tenue luz entre las dovelas de sus entrecruzamientos, y todo anuncia que nos aproximamos a un lugar privilegiado, ante el cual siempre me pasa lo mismo, y es que me cuesta trabajo concentrarme en el análisis, pues los ojos vagan inquietos reconociendo flores de vidrio dorado, letreros que citan solemnes jaculatorias del Corán, según leía el sabio Ocaña; cenefas como de tiempos de Trajano o la figura precisa de la base de la cúpula gallonada. Tampoco puedo evitar la tentación de acariciar el brillo de un fuste, o una flor de ataurique, mientras el vacío denso del mihrab al que una cadenilla nos prohíbe entrar, atrae la mirada y las preguntas de los turistas, que suponen que este lugar mágico fue el escenario de algún rito maravilloso. Lo más sensato es que deambulemos según los demás turistas nos lo permitan, cuidando de no tropezar, cuando hipnotizados giremos admirando la cúpula; ten en cuenta que hoy es viernes y a esta hora no sería raro encontrarnos con algún señor que, descalzo, humildemente inclinado y con las palmas de las manos vueltas hacia su rostro, deletrea una oración incomprensible para nosotros; admiremos con respeto tanta fidelidad al genius locii, pues su oración, ante Allah, es perfectamente válida.
El piadoso emigrado
Se sabe que los musulmanes, al instalarse en Córdoba, usaron para sus rezos colectivos dos descampados, que también servían para el inicio de sus temibles actividades militares: una muralla, situada justo al otro lado del puente romano y otra en el camino de Sevilla por la orilla de este lado del Guadalquivir. Con ello no hicieron sino seguir una vieja costumbre del Islam, que en sus primeros y belicosos tiempos prefirió para sus rezos un lugar despejado, fuera de las ciudades, a las que, al menos al comienzo, tan poco apego parecía tener, pues en ellas eran los musulmanes una minoría extranjera; cuando las conversiones ya habían incrementado su número y así se integraron más y más en Córdoba, adquirieron a los cristianos una parte de una iglesia, dedicada a San Vicente, cuya principal ventaja consistía en su proximidad al recinto militar, el Alcázar, en el que tenían establecida la guarnición y la residencia del gobierno de toda la Península Ibérica, que tan fácilmente habían dominado.
Esto ocurrió cuarenta años después de la llegada y tuvo consecuencias notables; la primera fue que, como la iglesia estaba orientada hacia el nacimiento del sol, aproximadamente hacia nuestras espaldas según vamos caminando, ellos ocuparon la mitad sur, pues, aunque no obedecieron ni de lejos la directriz de rezar mirando a La Meca, seguían una cómoda tradición de los primeros tiempos, aprovechaban mejor el espacio y además se diferenciaban algo de sus vecinos y parientes cristianos, que oraban al otro lado del muro divisorio. Por falta de lugar apropiado, las llamadas a la oración las hicieron desde una torre del inmediato recinto militar, lo que sugiere que en éste habitaría la mayoría de los musulmanes presentes en la ciudad.
Quien mejor estudió este edificio provisional fue don Manuel Ocaña, que gustaba citar un texto que describía el precario desarrollo espacial de esta primera aljama, cuyos restos se excavaron hace muchos años y con escasos resultados. La cita es de al-Maqqarí y reza así: "Se contentaron los musulmanes con lo que poseían hasta que se acrecentó su número, aumentó la población de Córdoba y se aposentaron en ella los príncipes de los árabes; aquella mezquita les resultó entonces insuficiente y dedicándose a colgar en ella entarimado (saqifa) tras entarimado, donde estaban con la cabeza baja, hasta que supuso para la gente un penoso trabajo el llegar a entrar en la Mezquita Mayor, a causa de la contigüidad, insuficiencia de puertas y lo bajo del techo en aquellos entarimados, pues estaba éste tan cercano al piso, que a los más les era imposible ponerse normalmente de pie". Vistas las cosas así, no extrañará que el proceso siguiera imparable, a compás del prestigio de la nueva religión entre los cordobeses, que bien pronto se consideraron emparentados con los nuevos señores e incluso se inventaron nobles antepasados entre las tribus de Arabia, con olvido de su sangre romana y desprecio de sus abuelos cristianos.
De genealogía bastante más fiable era un príncipe sirio que desembarcó en Almuñécar, en la actual provincia de Granada, el 14 de agosto del 755; se llamó Abd al-Rahman y tuvo el mote de "El Emigrado", pues venía huyendo de la matanza que, de mano de los Abbasíes, había acabado con la inmensa mayoría de su familia, los Omeyas. Tras varias peripecias, cuando aún no había cumplido los veintiséis años, se apoderó de Córdoba, donde fue proclamado emir de todo Al-Andalus en aquella precaria aljama. La verdad es que se ocupó poquísimo de su capital y menos del edificio, pues bastante tarea tuvo durante largos años con mantenerse en el poder por la fuerza de las armas.
Veinte años después, cuando ya era un hecho que se había quemado luchando por mantener y acrecentar sus dominios, se dedicó algo a la ciudad, restaurando el alcázar para su propio uso, y un poco a la piedad, como medida de seguridad ante la incertidumbre del Más Allá. En el año 785 adquirió a los mozárabes, es decir, a los cristianos que permanecieron en Córdoba, el resto de la iglesia y quizá el conjunto de edificios anejos y el probable cementerio que en los alrededores existiría; entonces procedió a demolerlo todo, invirtiendo en esta tarea, en la nivelación del declive del terreno, en la apertura de cimientos y en la construcción propiamente dicha bastantes años, pues el edificio, pese a ser inaugurado antes de su muerte, el 30 de septiembre del año 788, no se concluyó hasta unos años después. Da la impresión de que su apertura vino dictada más por la proximidad del juicio de Allah que por los deseos del desconocido y genial arquitecto, que, según nuestra inveterada costumbre, tampoco cumpliría los plazos prometidos.
La cabellera de Rainer María Rilke
El famoso Alfonso X, hijo del rey Fernando que expulsó a los andalusíes de su tierra, ha pasado a la Historia como paradigma de monarca culto y mecenas de la cultura, pero también por lo voluble de sus previsiones, una de las cuales, el lugar donde debía ser enterrado, lo decidió el destino, pues don Alonso, como le llaman las crónicas, fluctuó entre las aljamas cristianizadas de Cádiz, Murcia, Córdoba, Sevilla y no sé si alguna más; lo cierto es que sus restos están en la Capilla Real de Sevilla, pero ese muro que te he señalado es el de la que previsoramente fabricó en ésta, así dejó la capilla de Villaviciosa, y quizás algunos tramos más, como cuerpo de nave y ésta como panteón, para lo que mandó a los artesanos musulmanes a quienes protegió que labrasen una cúpula, esta. vez de yeso y sin mucha calidad en el dibujo ni en el relieve, como biznieta empobrecida de la que nos cobija. En esta, misma época debió restaurarse, sin merma de calidad, la techumbre del siglo x, pues los análisis de dendrocronología, que realiza Eduardo Rodríguez Trobajo, parecen sugerir que los árboles fueron cortados en el siglo XIII, tal vez a partir de 1263, cuando lo mandó don Alonso.
Mientras paseamos hemos entrado en otro mundo, el del Crucero, donde iré, como quien no quiere la cosa, defendiendo una causa tan perdida como extemporánea, todo ello sin salirnos del camino hacia la salida, que es el que deja el mihrab a la derecha. Mira, yo creo que los poetas tienen licencia para decir y escribir lo que les venga en gana, pero no siempre sus apreciaciones tienen una base histórica y perceptiva cierta, de manera que al común de los mortales nos atañe discernir el valor de sus opiniones, especialmente si se refieren a cosas tan complejas como es la historia de este edificio; no creas que con el hambre me ha dado la neura antiliteraria, lo que pasa es que hay frases que, por la autoridad de quien las emite, la facilidad de su aprehensión, por vía metafórica, y lo romántico de sus intenciones, caen como una losa sobre determinados edificios y los dejan maltrechos para siempre; es la capacidad de destrucción del crítico, que a veces es tanta o más que la de quienes nos dedicamos a transformar la realidad física.
Resulta que, durante el siglo XV y una parte sustancial del XVI, la historia sonrió a mi patria, Andalucía, y como resultado de una larga coyuntura de prosperidad, su arquitectura se renovó intensamente; en esta catedral de Córdoba la obra del obispo Manrique no fue suficiente, pues el Cabildo eclesiástico deseaba materializar en un espacio arquitectónico su creciente prosperidad terrenal; así en 1523 se decidió el derribo de una parte sustancial de la ampliación de Abd al-Rahman al-Awsat y su prolongación hacia el este, respetándose las aljamas de El Emigrado y del emir Al-Hakam, todo ello bajo proyecto de Hernán (Rodríguez) Ruiz, padre del arquitecto que concluyó la estructura del conjunto casi cincuenta años después. La posición elegida para el nuevo edificio y el deseo, que está bien evidente para todo el que tenga un mínimo de sensibilidad, de respetar todo lo que se pudiera de la obra musulmana propiciaron la integración del espacio nuevo con el viejo, llegando incluso a cambiar de sitio algunas columnas de la parte que nos falta por ver, con objeto de alinearlas debidamente con las de la ampliación de Al-Awsat.
Esta obra del crucero, que por sí sola carece de entidad, tan imbricada como está con la musulmana, recibió fuertes críticas desde el primer momento; así, las del propio Cabildo civil, las del emperador Carlos, a cuya iniciativa se debe una aún más explosiva, la de su palacio en la Alhambra de Granada, y, sobre todo, la de los poetas, como Rilke, que llegó a decir: "Da pena, tristeza y aun vergüenza lo que se ha hecho con la Mezquita al enredar la iglesia y las capillas en sus lisas guedejas, y se querría desenredarla y peinar tan hermosa cabellera". La metáfora nos permite imaginar una perversa alucinación, para compensar; es como si la lustrosa cabellera de aquella turista europea que por allí deambula, quizás alemana como Rilke, apareciese de buenas a primeras, por decisión eclesiástica, trasquilada y coloreada como si fuera una punkie; pero no era ése el caso de la aljama en 1523, que, además de cinco ámbitos musulmanes claramente diferenciados, lucía numerosos añadidos y refuerzos cristianos, y la Capilla Real, y la catedral del obispo Manrique de Lara... Vamos, que no, que no era ya una hermosa cabellera, suelta y sin artificios, sino un complejo tocado de obras en el que la nueva catedral introdujo, sobre el derribo de la ampliación intermedia, un espacio muy estimable, intercalado de forma habilidosa, por más que el investigador Georges Marçais la llamara gigantesca verruga. Me parece que me has oído como quien oye llover, pero eso es algo previsible, no en vano la idea platónica del espacio musulmán original se impone a los visitantes que entran en la mezquita por vez primera, aunque nunca existió con tal limpieza; creo que es una cuestión de tiempo que llegues a estimar la situación presente, y también de cierto regusto perverso por la complejidad y contradicción en la arquitectura, sea del tiempo que sea. Fíjate que el muro de levante del crucero, donde todo se mezcla, es la continuación de la que fue fachada oriental de la primera mezquita, donde está la rampa, que nos desequilibró, hace ya algunas páginas; ahora volvemos a verlo, sólo que los restos son en estos momentos los de la fachada de Al-Hakam, destruida por la cuarta y última ampliación de la aljama.
La Mezquita de Córdoba
El estudio más extenso que existe sobre la catedral, que llamamos mezquita, de Córdoba se publicó en 1957 (cfr. L. Torres Balbás, "Arte hispano-musulmán hasta la caída del califato de Córdoba", en el tomo V de la "Historia de España" dirigida por Ramón Menéndez Pidal, que citaré por la edición de 1965); su análisis lo repartió don Leopoldo en varios capítulos cronológicos cuya extensión sobrepasa las ciento cincuenta páginas, sazonadas con abundantes ilustraciones y documentadas notas; es fácil sospechar que este texto no puede hacerle la competencia, y lo mismo nos ocurre frente a la hermosa edición del copioso repertorio gráfico del edificio, publicado por M. Nieto y C. Luca de Tena ("La mezquita de Córdoba: planos y dibujos", Córdoba, 1992), cuyos 397 gráficos no admiten parangón.
Es evidente, sin embargo, que la lectura de estas dos obras, tan extensas como documentadas, o la de otras especializadas dejan al lector hispano medio, que ni es arabista ni arqueólogo ni musulmán, muy desorientado, pues el edificio no colabora a su fácil entendimiento.
En el otro extremo de las posibilidades están las guías comerciales al uso, que en el caso que nos ocupa ni son actuales ni dedican mucho espacio a la parte islámica en sí, amén de que no suelen exponerla con mucha profundidad, ya que el monumento ni se agota en lo musulmán ni está desnudo de pinturas, esculturas y demás valores ajenos a la arquitectura. Este texto intenta, en consecuencia, cubrir la laguna existente entre las publicaciones destinadas al lector especializado y las guías para turistas, ofreciendo la posibilidad de visitar el edificio con un texto en la mano que oriente en el recorrido e informe al estudiante universitario y al público interesado sobre la cronología y valores de aquello que está viendo. Para quienes nos lean lejos de Córdoba quedan estas páginas como anuncio y señuelo de lo que puede disfrutar si decide acercarse al más prodigioso edificio del Islam occidental y una de las cumbres del arte de todos los tiempos, lugar donde queda bien patente que el primer uso de la arquitectura es precisamente su emocionado disfrute, antes de aventurarse en los vericuetos de la interpretación y la cronología.
En cualquier caso no estará de más advertir que soy deudor literal de los investigadores que más han indagado sobre él desde los ya lejanos tiempos de Torres Balbás, cuya síntesis, antes citada, sigue siendo una brújula muy segura para navegar por los secretos de la aljama de Córdoba; en la lista de mis particulares autoridades figuran las largas conversaciones que sostuve con don Félix Hernández hace ya demasiados años, charlas que fueron más clarificadoras que la lectura de sus escasas publicaciones; también debo reseñar los amenísimos paseos y las publicaciones cristalinas, aunque también despiadadas, de quien llamábamos, pese las diferencias de saber y edad, Manolo Ocaña; muchas observaciones las debo a Gabriel Rebollo, arquitecto que cuida la mezquita y que es su mejor y más apasionado guía; finalmente citaré los admirables análisis de Christian Ewert, el investigador con más amplias miras del actual panorama.
Así pues, nos disponemos a efectuar un recorrido veteado de observaciones, que trataré de amenizar y personalizar como el relato de un guía que acompaña, en una visita de lluviosa primavera, de las que casi no quedan, a otra dama que, por vez primera, entra en una antigua mezquita. La señora, que no es muy común por su sensibilidad ni convencional por lo que respecta a sus conocimientos, existe en la realidad, aunque sean imaginarias determinadas circunstancias de la visita.
La obra de Almanzor
A Al-Hakam le sucedió su hijo Hisam, que fue suplantado en casi todos los aspectos por un mayordomo, llamado lbn Abi Amir, al que los cristianos, que desde Santiago de Compostela a la Barcelona donde vives sintieron en sus carnes el genio militar de aquel advenedizo, llamaron Almanzor, transcripción de al-Mansur bi Llah, "el que vence por (obra de) Dios". Puesto a suplantar, lo hizo, al menos así es como la llamamos, hasta en el nombre de la última ampliación, pues sólo diecisiete años después de que se acabara la aljama de Al-Hakam, se inició la de Hisam-Almanzor.
Esta vez el incremento cambió de rumbos, pues ni el buen estado de la última ampliación, ni su costosa y elaborada arquitectura, ni el desnivel que existía entre su solería y el terreno natural, que además se acercaba peligrosamente a la muralla y al río, aconsejaban derribar la duplicada qibla para crecer en una dirección del rezo que, según sabían desde hacía bastantes años, era errónea, aunque aún se quedasen cortos en el cálculo de la desviación. Tampoco podían crecer hacia el norte, pues hubieran tenido que derribar o englobar el alminar, ni hacia poniente, pues hubiesen topado con el alcázar, después de cerrar la calle que iba directa al puente, y no debemos olvidar que éste fue, hasta el año 1171, el único que existió antes de la desembocadura del Guadalquivir en el Atlántico. Total, que hicieron lo único que pudieron, ya que de manera expeditiva, industrial y rápida, la crecieron hacia levante, con lo que, al menos, se acercaron unos metros, ya que no unos grados, al centro de sus rezos.
La uniformidad del edificio musulmán en el año 1000 queda un tanto maltrecha si analizamos esta última ampliación, cuya única novedad es que desaparecen los ladrillos de los arcos para ser sustituidos por piedras pintadas que los imitan; ni se le hizo qibla doble, ni se movió el mihrab de su sitio, con lo que la maqsura quedó descentrada, ni se respetó el ancho de los pilares del patio de la primitiva mezquita, y como no se prolongó la línea de los restos de la qibla de Al-Dajil, las columnas quedaron desalineadas con las del lado de poniente, y por ello hubo que intercalar los raros arcos lobulados bajo los que caminamos al comienzo; en una palabra, la nueva ordenación fue el resultado semiautomático de la extensión, lateral y chapucera, de las anteriores.
No es que yo le tenga inquina a Almanzor, pero su talla como mecenas de la arquitectura desmerece bastante de lo que alcanzó como militar y organizador. Cuando acabó la obra, la gran aljama de Córdoba, la inmensa mezquita mayor de la capital de Al-Andalus sugería una lectura perversa. Así, lo más importante fue, ya para siempre, la penúltima, la parte del emir Al-Hakam, que parecería la original y riquísima etapa fundacional, continuada por tres extensiones, bastante más humildes, que se entienden como consecuencias formales de ella. Esta cabellera, teñida de varios tonos, cada uno de su tiempo, rizada por tanto sol y tanta lluvia y tanto altar y tanto sepulcro, es la que en el siglo xv recibió un peinecillo, terciado como el de una gitana, que le regaló Manrique de Lara, y poco después una majestuosa peineta de carey, con mantilla de blonda, de manos de los Ruiz, padre e hijo.
Atravesemos esta inarticulada sala de Almanzor, que es la de los lucernarios, las bóvedas de escayola, las obras interminables, los suelos variopintos y las columnas de gris mate, para alcanzar, siguiendo el rastro de luz de unas ventanas que buscan la frontera de levante del edificio, la cerca de rejas que vislumbramos al fondo; a la derecha dejamos la qibla, sencilla y con ventanas, a la que se adosan elementos en trance de desaparición, salvo un recinto acotado en el rincón sureste que es la Capilla del Sagrario, a modo de templo de tres naves con ábside propio. Como no hemos abandonado la línea de lucernarios nos toparemos con una de las capillas que demuestran que ni siquiera las parcelaciones mediante rejas son despreciables en este compendio de arquitectura, pues nos hallaremos ante la de la Asunción, que en 1554 hizo Hernán Ruiz El Mozo, segregando sutilmente un módulo completo y otros dos medios. No se puede conseguir más con menos, mejor definición de un espacio con menos aportación de material, de masas arquitectónicas, y sin desmontar absolutamente nada. Bueno, pues esto se acaba; vamos camino de la puerta por la que entramos, y por donde lo siguen haciendo otras remesas de visitantes desorientados.
Mientras salimos detrás de aquel sacerdote que parece de otra época y otro mundo entre tanto turista multicolor, te advertiré que la historia de la aljama no está completa, pues he escamoteado, en el orden cronológico que hemos seguido, un capítulo interesante relacionado con el patio y sus pilares, pues lo reservaba, por seguir un cierto orden arquitectónico, para estos momentos, cuando salimos de la parte cubierta. Ya te puedes imaginar que la ampliación del año 848 supuso un importante aumento de los empujes sobre los pilares que constituían la fachada de la Sala de Oración al patio, que eran como la mitad de los actuales; es decir, un pilar en forma de T con tres columnas empotradas, una en cada cara pequeña, donde recibía arcos. Parece que el vuelco aconsejó labrar un estribo para contrarrestarlo, pero el aspecto de la fachada desmerecía bastante, sobre todo desde que el califa Abd al-Rahman había ampliado el sahn, construido el alminar, que vemos frente a nosotros, según el aspecto que le quedó en 1664, y sobre todo porque había levantado unas galerías en el patio casi tan suntuosas como las que entrevemos al fondo. Además, un terremoto, en el año 955, acentuó la ruina de la fachada, de tal forma que, quitándole un poco de espacio al patio, se labró otra idéntica arrimada a la antigua, con lo que los pilares alcanzaron la forma que vimos junto al cancel de madera en el que iniciamos el recorrido por la nave central de la mezquita.
Lo curioso es, que tal forma, aconsejada por la necesidad, se convirtió, gracias al creciente conservadurismo de la arquitectura islámica, en un lugar común, imprescindible para las fachadas de los oratorios a los respectivos patios, y por ello Al-Hakam labró los de su ampliación como tal, y lo mismo, aunque con escasa potencia, hizo el arquitecto de Almanzor, y otros, de nombres bien conocidos, en la Sevilla del siglo XII. Bueno, pues aclarado el misterio de los pilares, atravesemos el patio, cuya variada vegetación es sucesora de la que ya tenía en el año 807. Lo raro es que existieran árboles en el sahn de aquella mezquita, pues no es corriente que los tengan, pero nuevamente nos hallamos ante un rasgo de conservadurismo, como demuestran las investigaciones del arquitecto Rafael Fernández García; sabemos que los árboles debieron ser arrancados al cambiar el rito de los rectores del edificio, implantándose el llamado malikí, pero no se hizo, quizás por aquello de que lo que fue bueno para mi padre es bueno para mí, e incluso se conservó o extendió la vegetación a otras mezquitas de Al-Andalus, que fue siempre una parte del Islam dotada de poderosa personalidad. Antes de que salgamos a la caza y captura del almuerzo observa esas listas de piedra en el pavimento, a la izquierda, y ese letrero, que recuerda que en este sitio estaba el alminar del emir Hisam.
La sorpresa del encuentro
El mejor momento para visitar la mezquita es por la mañana, preferiblemente después de uno de esos intensos aguaceros que dejan las calles de Córdoba convertidas en veloces arroyos, cuando sus adoquines, rosas, verdes y grises, aparecen relucientes. Como bajamos del centro de la ciudad, el mejor camino es el que nos lleva por la calle que se llamó de las Comedias, actual de Velázquez Bosco, erudito arquitecto que restauró el edificio hace casi un siglo; esta armónica calleja, que es una celebración de la cal y los geranios, además de llevarnos directamente a la mezquita, nos permite adivinar patios en el fondo de austeras fachadas y también nos evita sufrir los falsos zocos que proliferan hoy en sus proximidades, aunque tengamos que padecer los cables que castigan balcones, molduras o aleros, incluida la fachada del hamman, o baño musulmán, que por allí se conserva. Puedes ver, a la mano izquierda, un adarve, es decir, una de las cortas y enrevesadas callejas, ésta se llama de las Flores, que no tenían salida, pues, en época musulmana y durante el resto de la Edad Media, sirvieron exclusivamente para dar acceso a las casas del interior de una manzana, o una cuadra, como dicen por allá; en ésta verás algún taller de cueros cordobeses, es decir, los guadamecíes y cordobanes que tan justa fama dieron a la ciudad desde época muy antigua y que nada tienen que ver con esos pellejos blanquecinos, señuelos de japoneses y catetos, que cuelgan en los zocos vecinos.
La mezquita se nos aparece como un muro de piedra relativamente bajo, coronado de merlones, unos dentados (de gradas) y otros mixtilíneos, que enmarcan un rarísimo retablo en alto, sobre escaleras, entre faroles, protegido por amenazadoras rejas con alguna decoración de plantas, plásticos y otras zarandajas de la piedad popular posbarroca, todo ello como marco de una patética Inmaculada de los Faroles, copia insufrible de un cuadro de una de las glorias locales, el ubicuo Romero de Torres (1880-1930); una fuente situada al pie daba antiguamente nombre a una puerta de la mezquita, que se llamó del Caño Gordo, y que hoy tiene apariencia clásica. Quizá te sorprenda que la mezquita aparezca protegida por una especie de malecón de piedra, en parte viejo y en parte reconstruido, que tiene la virtud de repeler los agresivos automóviles y de solucionar con poca gracia el contacto entre el muro almenado y el pavimento de las calles próximas; éstas, como ya podemos apreciar, descienden rápidamente hacia el río por antonomasia, el Guadalquivir, gran rey de Andalucía, de arenas nobles, ya que no doradas, dato que copio del cordobés don Luis de Góngora (1561-1627), que fue clérigo de esta fábrica y en ella reposa.
Si nos olvidamos de esta puerta y seguimos el muro hacia la izquierda, dejando por ahora el solemne campanario que se alza hacia el lado opuesto, llegaremos pronto a la esquina noroeste de la mezquita, la de las calles de la Puerta del Perdón y de la Grada Redonda. Desde aquí percibimos la figura que dibuja en el suelo de Córdoba el mejor de sus edificios: es un rectángulo que mide 175 metros desde esta esquina hasta la de allá abajo, a la izquierda, es decir hacia el río y el sur, por 128 metros en el otro sentido, hacia el oeste, que cae a nuestra derecha.
Casi en la esquina, en la fachada larga, comenzaremos a ver una de las más chocantes características del edificio actual, que es la variedad de sus paredes, suelos y techos, pues unos, como éste, tan amarillo y relamido, parecen recién hechos, mientras otros simulan la más venerable antigüedad, y no faltan los que, llenos de remiendos y grietas, esperan pacientes a los restauradores; todo ello mezclado sin orden ni concierto. Aquí tienes una buena portadita barroca, a tu escala, pintada de amarillo hasta los desconchones; déjala por ahora y sigue la fachada, que es de las más monótonas del edificio, pues apenas si tiene algún estribo que, en otras, son numerosos y variados de tamaño. Vamos en busca de la siguiente puerta, de mucho mayor porte, situada junto a un pilar donde aún corre el agua; ésta, llamada de Santa Catalina, fue diseñada, hacia 1562, por el más genial de los arquitectos cordobeses del siglo XVI, Hernán Ruiz, el segundo de los de su nombre, y tiene para nosotros el interés de ofrecernos, en las enjutas del arco, dos representaciones de la Torre, según la apariencia que tenía entonces. Pero ya tendremos tiempo de hablar de ella, pues vamos a entrar de una vez por todas antes de que el chaparrón nos deje hechos unas sopas.
Veo que te sorprende que, de buenas a primeras, aparezcamos en la galería porticada de una rara especie de plaza pública, sombreada por filas de árboles, mientras el edificio en sí queda a nuestra izquierda, aunque ahora, con la que cae, su imagen no sea muy acogedora, casi oculta por los chorros de agua que, en número de dieciocho, golpean inmisericordes el pavimento que lo separa de la zona arbolada; tras la cortina de agua se adivina que la fachada, cuya poderosa cornisa delata un importante vuelco de toda su estructura hacia el patio, está constituida por diecinueve arcos de herradura, cuyos extremos aparecen cobijados por las galerías, y que la mayoría de ellos están tapiados. Vamos a entrar por el más cercano, donde te indignarás al saber que es imprescindible pagar una entrada para acceder al interior, pero, si te digo que es éste, el de la limosna a la fuerza, el principal de los recursos económicos con que la catedral cuenta para su mantenimiento, tal vez la des por bien empleada, aunque tu aportación no tenga otra contrapartida que la posibilidad de entrar, pues no muestran más amabilidad o información que unos escuetos carteles que te recuerdan que no debes fumar, los horarios de unas escasas misas, la imagen del Papa polaco y, finalmente, que guardes silencio. Sobre nuestras cabezas una tela metálica recoge papeles y plumas de palomas.
Una vez dentro creo que el desconcierto es la sensación que domina al visitante primerizo, pues ante tus ojos aparece un desfile de columnas y arcos, perspectivas en todas las direcciones del espacio, tenues luces cenitales y ventanas altas sobre un fondo de bóvedas de yeso, en cuyas claves se alojan lámparas; además tienes la certeza de que hay algo de gran tamaño, como otro y enorme edificio, intercalado en el centro del conjunto. Todo es muy oscuro y si no fuera porque hemos entrado por un rincón, el más moderno dentro de lo musulmán, probablemente no sabríamos hacia dónde caminar, pues los demás turistas, japoneses disciplinados, ruidosos jubilados y niños asilvestrados, en su inmensa y furtiva mayoría están tan desorientados como tú. Te sugiero que, fiándote de mi experiencia, caminemos sin dejar a la mano derecha la parte que da al patio, para lo cual pasarás bajo una serie de arcos, bicolores como todos los demás, pero lobulados, rozando las columnas, de mármol gris mate, y mirando de reojo los muy austeros capiteles. Antes de iniciar el camino observa la curiosa forma de los pilares que soportan los arcos del patio: son casi cuadrados, con dos columnas empotradas hacia las esquinas de las caras de levante y poniente, y otra más en el centro de la cara interior.
Hagamos el recorrido despacio, guiados por el muro que muy pronto, pasada una vidriera de colorines infantiles, se transformará en una serie de capillas enrejadas, donde adivinamos santos y retablos, oscuros y ensimismados, felices angelotes y apuñaladas imágenes de María, ante los que algunas bellas lápidas de piedra negra recuerdan el lugar donde reposan ilustres cordobeses de siglos más religiosos que el actual. Mientras hacemos el recorrido con la mayor parsimonia iré contándote una historia que, aunque sabida, será útil refrescar.
La teoría del acueducto
Con la charla y la oscuridad del interior a punto hemos estado, justo allí donde cambia casi todo (el techo, de bóvedas a envigado; las columnas, que se hacen tan variadas que parecen de saldo; los arcos...), de resbalar en una rampa que, casi de repente, ha hecho descender el pavimento, que ahora es de mármol. Fíjate que a la izquierda existe, justo donde el desnivel, una sucesión de muros que sustituyen a las columnas, y que son los restos de la fachada oriental de la aljama que fundó "El Emigrado", en la que tan de repente acabamos de entrar. Se han acabado también los arcos lobulados y los lucernarios, pues sólo nos iluminan faroles, y ahora distinguimos, un poco más adelante de donde estamos parados, una especie de gran cajón de madera, que al acercarnos demostrará ser un cancel, que protege la más solemne de las puertas, abierta sólo en los horarios de misas. Mi idea es que nos situemos ante él, como si acabáramos de entrar del patio, para ir avanzando por la nave que fue central, de las once de la primitiva aljama cordobesa y que siempre fue la principal, incluso cuando se amplió lateralmente y todavía ahora, como iglesia.
Sabes que una de las cinco exigencias básicas de la religión musulmana, que apenas si tiene otro rito, es la oración colectiva, teñida siempre de connotaciones políticas, como demuestran los sucesos que en estos años convulsionan Argelia. En tiempos del profeta Mahoma se realizaba en cualquier parte, pero sobre todo en la musalla, cuyo uso fue preponderante hasta que, a imitación de las sinagogas e iglesias, los musulmanes crearon la mezquita, que, en origen, fue como si una porción de la musalla se hubiese trasladado al interior de la ciudad, para acabar siendo techada y enriquecida; en su Sala de Oración, o liwan, que puede tener cualquier forma, lo único seguro es que debe permitir a los asistentes saber hacia dónde está, al menos en teoría, La Meca, y a ello colaboran los elementos arquitectónicos, que no deben obstaculizar la visión, ni la audición, de quien dirige el rezo o del predicador, personajes que, con las autoridades, se sitúan hacia el centro del muro, llamado de la gibla, que se despliega en lo más cercano a la dirección exigida.
Si la mezquita era muy extensa el predicador solía disponer de una especie de púlpito rodante, el "alminbar", para que se le oyese más lejos y mejor. El centro de la qibla está marcado por un nicho, llamado mihrab, completamente vacío, donde nada hay ni nada sucede, y en el que se ha querido ver el recuerdo atrofiado de los ábsides cristianos y de las exedras que, como lugar de honor, presidían las salas de recepciones en época romana tardía. Para honrar a las autoridades, y sobre todo para protegerlas, se construía ante el mihrab un recinto de celosías de madera, la maqsura, que solía poseer acceso independiente. Las mujeres rezaron desde lugares accesorios, como alguna saqifa situada en el patio, o en zonas apartadas de la Sala de Oración.
El rezo será válido si el creyente está en estado de pureza ritual, para lo que existía un lugar, generalmente en el patio o en un costado, con letrinas y lavatorios; con el tiempo, y para mejorar este servicio, fueron construyendo en las inmediaciones de la mezquita algunos baños públicos, como el hamman de la calle Comedias. En el patio, o sahn, suele ubicarse una torre, llamada en castellano alminar, en cuya cima todos los días, en las horas prescritas, un clérigo llamaba a la oración a grito pelado. Ya puedes imaginar que el patio, cuando no era el momento de la oración, constituía una cómoda plaza pública que, en función de lo apretado del urbanismo musulmán, fue prácticamente la única.
La importancia de una mezquita estaba determinada por la circunstancia de ser la principal de la ciudad, única donde el rezo del viernes era válido, y por ello tenía la consideración de aljama, acrecentada por la asistencia de los poderosos; como todo ello concurría en ésta de Abd al-Rahman, máxima autoridad de Al-Andalus, pronto alcanzó gran renombre y fue, ya para siempre, el emblema arquitectónico de la dinastía y la mayor de todas las mezquitas del occidente musulmán, valores que se acrecentaron con sus excelencias arquitectónicas. Me parece que ya es hora de describir, a la vista de lo que se alza ante nuestros ojos, lo que sabemos de aquella primera edificación, que tenía planta casi cuadrada, con 79,2 metros de este a oeste y 78,88 de norte a sur, repartidos éstos entre el sahn y el liwan, que estaba articulado en once naves perpendiculares a la qibla, a las que se entraba por otros tantos arcos abiertos en el muro de fachada del patio, a nuestra espalda; por tanto, no existieron, hasta que los cristianos tomaron Córdoba en el siglo XIII ni capillas ni cancel, ni siquiera esas celosías de madera que cierran los arcos más occidentales, proyectadas en 1986. Las naves estaban separadas, y afortunadamente están, salvo dos que fueron macizadas, allá a nuestra derecha, por diez muros de más de un metro de espesor, que cabalgan sobre arcos de medio punto, que a su vez montan sobre pilares rectangulares, y a través de unas inteligentes reducciones, toda la organización descansa finalmente en columnas; como tal estructura, de casi diez metros de alto, es potencialmente inestable, existen unos arcos de herradura entre los pilares que arriostran todo el conjunto y, al ser más delgados que los altos y carecer de relleno el espacio entre ellos, aligeran la composición visual y físicamente.
Mediante este artefacto, del que no se conocen precedentes directos, pero que tal vez se inspirase en uno de los acueductos romanos de la ciudad de Mérida, se consiguió una superficie de uso sin obstáculos, diáfana en la dirección del rezo y limpiamente organizada, permitiendo además que las cabezas de los muros diesen apoyo a las maderas de la cubierta y al canal que iba, mitad por mitad, de la qibla al sahn, con tan óptimo resultado que aún hoy el agua llovediza sale a chorros por los mismos sitios que hace mil doscientos años. De todos modos, a pesar de su ingenio y chauvinismo, la teoría del acueducto no acaba de convencerme, pues el cambio de escala, el incremento de sección a medida que sube, la herradura de los arcos de entibo..., son datos que no se trasponen fácilmente del acueducto trajaneo, reformado en el siglo IV, que aún podemos contemplar en la capital de Extremadura, a estos arcos de la aljama de Córdoba del siglo VIII.
Esta misma inquietud ha llevado a otros autores a buscar diversos orígenes; así, para algunos, esta estructura cordobesa derivaría de la aljama de Damasco, la tierra donde había nacido El Emigrado, Al-Dajik; tal idea, que explicaría bien la escala y las herraduras, olvidaría que la estructura de la mezquita mayor de la capital siria es de un modelo que, en los acueductos romanos, he llamado tipo Segovia, opuesto conceptualmente al tipo Mérida, y, lo que no es poco, que en el patio de Damasco, cuyas arquerías son las más parecidas a las de Córdoba, alternan dos columnas con un pilar, mientras, además, las arquerías de su sala corren paralelas a la qibla, al contrario que en Córdoba. La cosa es tan compleja, por la sutileza de la arquería cordobesa y la oscuridad y pobreza de la época y los siglos anteriores, que algunos, como cierto profesor Mills, de Minnesota, han supuesto que al arquitecto del emir, como éste se le moría, sólo le dio tiempo de adaptar para mezquita las naves de un almacén romano que por allí quedaba, milagrosamente conservado para la ocasión. Bueno, sigamos, pues para tonterías siempre hay tiempo, pero para ver este edificio tenemos poco.
La solería carecía de todo interés en las mezquitas, pues como los orantes deben quedar tendidos durante alguna fase del rito, el suelo estaba siempre cubierto por esteras. Las basas, los fustes, los capiteles y los cimacios de las columnas se expoliaron de ruinas romanas y cristianas de época visigoda, lo que permitió ahorro de mano de obra, materiales y sobre todo tiempo, que buena falta le hacía al piadoso emir. No se te habrá escapado lo hermosos que son algunos de estos capiteles, el brillo de los fustes y su variedad de formas y colores, y lo torpe que son otras piezas, especialmente las cristianas, cuyas cruces están siempre machacadas. En los arcos alternan dovelas de piedra con otras de ladrillotes romanos a sardinel, según el gusto polícromo que heredaron aquellos andalusíes del ambiente tardorromano en que vivían; los muros, especialmente los de los paramentos perimetrales del conjunto, se hicieron a soga y tizón, según la misma tradición clásica, imperante aquí desde época fenicia. El material pétreo, como se verá en todo el exterior, es una caliza miocena de irregular calidad.
De esta teoría general de soportes y arcos escapan los del patio, que se parecen mucho a los que vimos al principio, aunque estirados hacia el interior del edificio. El techo era muy sencillo y se parecía al que hoy vemos (es producto de la reconstrucción de los años cincuenta) y no a la muy decorada solución que llegó a tener en el siglo X; muy escasos fueron los detalles decorativos, pues de ellos sólo conocemos las almenas de gradas del exterior y los rizos de los modillones que permiten el incremento de sección sobre los cimacios de los capiteles.
Madinat al-Zahra, la ciudad de los sultanes
El esplendor político y cultural que vivió al-Andalus durante el prodigioso siglo del Califato de Córdoba tiene, sin duda, su referente más importante en la ciudad de Madinat al-Zahra, erigida como la materialización urbana del triunfo y consolidación del Estado islámico en la Península. Su construcción se inició en el año 936 ó 940 como parte del programa político, económico e ideológico puesto en marcha por Abd al-Rahman III tras su autoproclamación califal, para hacer valer su nueva condición política frente a un califato rival, el fatimí, cuyo expansionismo por el norte de África amenazaba los intereses omeyas en el Magreb. La ciudad se convirtió en la sede del poder en al-Andalus, albergando la residencia privada del soberano y el conjunto de órganos y servicios de la administración califal.
Pocos años después de su fundación, el acelerado ritmo de las obras hizo posible que pudieran trasladarse al nuevo centro urbano el personal e infraestructura de la casa privada del califa, las instituciones de gobierno, la ceca -donde se acuñaba la moneda- y los talleres estatales -Dar al-Sina'a (Casa de los oficios)- en los que se producían los objetos suntuarios empleados en la corte y el armamento del ejército. La ciudad vivió su momento de máximo esplendor durante los reinados de Abd al-Rahman III -su fundador- y de al-Hakam II, breve espacio de tiempo en que se configuró como un centro de vanguardia artística y científica de primer orden y como un fastuoso escenario para la recepción de embajadas extranjeras.
Comitivas procedentes de Bizancio, de la corte imperial alemana, de los reinos cristianos del norte de la Península Ibérica y, sobre todo, los jefes de las tribus aliadas de los omeyas en el norte de África, desfilaron por los salones de recepción de al-Zahra convirtiéndose en los mejores propagadores, a nivel internacional, de la autoridad del nuevo Estado y la opulencia de su emblemática ciudad.
Su decadencia se inició muy pronto. Tras la muerte de al-Hakam en el año 976, el poderoso primer ministro del califa adolescente Hisam II, el conocido Almanzor, trasladó todo el aparato administrativo al nuevo centro urbano que había construido al este de Córdoba -Madinat al-Zahira-, convirtiéndose en la nueva sede del gobierno de al-Andalus. Privada de sus funciones esenciales, al-Zahra quedó reducida a una mera residencia privada, la de Hisam II, que al final de su reinado vio cómo se desmoronaba, entre una feroz lucha por el poder, la brillante construcción política de sus antecesores.
De forma paralela a la quiebra del Estado califal, en las primeras décadas del siglo XI se produjo el abandono definitivo de la ciudad y el inicio de las primeras destrucciones, acaecidas entre los años 1010 y 1013. Poco tiempo después comenzó el expolio sistemático de sus materiales más ricos que terminaron en las grandes construcciones oficiales posteriores, islámicas y cristianas, tanto de la Península como del norte de África en un largo proceso que va a alcanzar hasta prácticamente el siglo XVII.
El prestigio alcanzado durante su efímera existencia y los caracteres dramáticos de su abandono y destrucción, vinculados con la desaparición del califato omeya, fueron los elementos básicos para hacer de Madinat al-Zahra un lugar mítico en la historia del Islam occidental. A partir de esta realidad, los historiadores y compiladores islámicos tardíos sentaron las bases para su total idealización. La explicación legendaria de las razones de su fundación como el testimonio de amor de Abd al-Rahman III hacia una muchacha de su servidumbre, de la cuál tomaría nombre la ciudad, junto con las descripciones hiperbólicas y fantásticas de sus edificios y materiales, fueron utilizadas por la historiografía romántica, de la mano del arabista F. J. Simonet, para consolidar y divulgar una imagen de Madinat al-Zahra plagada de tópicos y leyendas que ha ensombrecido durante muchos años su auténtica significación política y simbólica.
El avance experimentado en el conocimiento desde que en 1910 comenzaran las primeras excavaciones ha permitido desmontar esta visión exclusivamente poética y situar a la ciudad en su verdadera dimensión histórica. Así, frente a la imagen de una mera residencia personal surgida del capricho del soberano, sabemos que Madinat al-Zahra fue concebida como un auténtico núcleo urbano de nueva creación que resulta ajeno al urbanismo del mundo hispánico anterior, pues sus referentes son orientales, desde su concepción -inserta en una práctica ideológica y propagandística de larga tradición en Oriente que vincula la más alta dignidad política con la fundación de una ciudad capital-, hasta su trazado -una figura rectangular casi perfecta implantada en la falda de una montaña- y su escala -1.500 m de largo por 745 m. de ancho, con una superficie de 112 ha-.
Hay que señalar, además, que la implantación de Madinat al-Zahra no constituye un fenómeno urbano aislado. Su construcción formó parte de su intenso proceso de urbanización del territorio próximo a Córdoba que experimentó un desarrollo espectacular en todas direcciones, sobre todo en la zona occidental en dirección a la nueva ciudad. Se crearon nuevos arrabales, se ampliaron los ya existentes y se multiplicaron, en los límites de la zona de expansión, las grandes residencias de los altos funcionarios del Estado, asociadas, generalmente, con amplias superficies de explotación agropecuaria.
La creación de la nueva ciudad provocó también la construcción de importantes infraestructuras, algunas levantadas ex novo y otras rehabilitadas, tanto para el aprovisionamiento de materiales constructivos y el abastecimiento de agua como para su comunicación con Córdoba y con el resto de al-Andalus. Al menos diez puentes, algunos de ellos aún conservados, fueron construidos en el territorio que domina la ciudad para su servicio.
El emplazamiento de Madinat al-Zahra fue cuidadosamente buscado. El califa eligió un lugar de singular atractivo paisajístico al NO de Córdoba, a unos 6 km. de su amurallado occidental, en el que una de las estribaciones de Sierra Morena avanza hacia el valle del Guadalquivir, configurando un espolón natural entre dos barrancadas. A caballo entre la sierra y la llanura, este emplazamiento excepcional hizo posible el desarrollo de un programa urbano de construcciones aterrazadas en el que la ubicación de los distintos elementos resultara expresiva del papel de cada una de ellos en el conjunto del que forman parte. La disposición de sus edificios en el interior de la ciudad quiere constituir, pues, un reflejo claro del orden y la jerarquía que gobierna el Estado.
En esta organización, el palacio califal, que combina las funciones de residencia personal y sede de la administración del Estado, ocupó la parte superior de la urbe, en una posición dominante sobre toda la medina y sobre el conjunto del territorio. Dos vastos espacios ajardinados, los más amplios construidos por el Islam en Occidente, separan ambos dominios. La mezquita aljama, en una ubicación intermedia entre el palacio y la ciudad, mantuvo desde el principio una posición secundaria y marginal. El resto de la medina, extendida sobre unas 93 ha., se desarrolló a lo largo de toda la mitad meridional del recinto y aunque se encuentra aún sin excavar, las prospecciones arqueológicas parecen mostrar una planificación urbana precisa donde sólo las franjas extremas, oriental y occidental, fueron edificadas mientras todo el sector correspondiente al frente central del palacio quedó libre de construcciones, como una zona de reserva califal destinada a usos no edificatorios relacionados, probablemente, con actividades de ocio.
En sus grandes rasgos, esta estructura urbana no difiere de la que caracteriza a otros grandes centros islámicos de Oriente y el norte de África: la situación preeminente del palacio en el conjunto de la ciudad, la posición secundaria de la mezquita en relación con aquél, y el aislamiento de la zona palaciega respecto a su entorno próximo mediante grandes espacios abiertos -explanadas y jardines-, son rasgos que comparte con otras ciudades planificadas de fundación califal.
En el interior del palacio, Abd al-Rahman instaló todo el conjunto de su extensa Casa privada, compuesta por su propia residencia personal y la del príncipe heredero, los servidores domésticos, el conjunto de los funcionarios de palacio y el harén.
Aunque no poseemos cifras fidedignas sobre el tamaño de esta Casa privada, no cabe duda que la multiplicidad de empleos y oficios que debió comportar la actividad palaciega al servicio del califa -vislumbrada sólo de forma incompleta a través de los textos y la arqueología-, permite suponer que la vida cotidiana del soberano se regulaba por una minuciosa etiqueta. La superficie aparentemente ocupada por la misma -toda la mitad occidental del palacio sobre unas 8 hectáreas- resulta congruente con el tamaño conocido de las grandes residencias califales abbasíes de Samarra, en el actual Iraq, e incluso de la propia ciudad de El Cairo a finales del siglo X.
En la mitad occidental, las viviendas excavadas muestran una extraordinaria variedad de tipologías y programas constructivos, desde las más suntuosas desde el punto de vista decorativo como la residencia íntima de Abd al-Rahman III, que se alza en la parte más elevada de la ciudad como un auténtico mirador sobre el resto de la urbe, o la llamada vivienda de la alberca, excepcional y novedosa, con jardín y alberca interiores, hasta las más modestas como las que integran el área de servicios donde trabaja la servidumbre que atiende a estos personajes.
Con independencia del muestrario de valores arquitectónicos y decorativos que ofrecen, lo más importante de este sector residencial es la imbricación del conjunto, la relación funcional e inteligible de unas partes con otras que nos permite aproximarnos, mejor que en ningún otro lugar, al conocimiento de cómo se organiza, cómo se estructura y cómo funciona un palacio donde conviven las residencias de los más altos dignatarios del Estado, con los espacios de trabajo doméstico y culinario -servidos por una multitud de sirvientes- y las viviendas de los funcionarios palatinos que organizan y dirigen ese trabajo. No existen espacios vacíos ni la idea de una estructura desarticulada.
Junto a esta organización de carácter residencial, el nuevo palacio califal alojó las instituciones burocráticas y políticas de la administración como la Dar al-Yund (Casa Militar), la Dar al-Wuzara (Casa de los Visires), los órganos de la Secretaría de Estado y los edificios para las recepciones califales, así como las instituciones de gobierno de la ciudad.
La instalación de estos conjuntos, iniciada en la década del 950, provocó la ampliación del palacio hacia el este y significó una profunda transformación urbana en la parte ya edificada, modificando todo el sistema de comunicaciones con el resto de la ciudad. Se renovaron algunos edificios, se condenaron otros y se construyeron nuevos conjuntos, quedando dividido el palacio en los dos grandes sectores que hoy podemos apreciar, el residencial al este y el político-administrativo al oeste.
La materialización arquitectónica de esta ampliación se realizó sobre la base de una tipología de edificios bien conocida: los salones de múltiples naves abiertos a amplios espacios exteriores, que posibilitarán una ordenación adecuada a los recorridos procesionales y al desarrollo de grandes ceremonias en las que la espectacularidad va a convertirse en una característica esencial. Dos de los conjuntos hasta ahora excavados que surgieron de esta ampliación fueron el dedicado a las recepciones políticas y el destinado a la gestión de los asuntos de gobierno.
El primero de ellos, denominado Salón Oriental -identificado hoy con el Salón de Abd al-Rahman III o Salón Rico- fue el escenario donde se celebraron la mayor parte de las recepciones de embajadas y delegaciones extranjeras durante los últimos años de Abd al-Rahman III y a lo largo del todo el reinado de al-Hakam II y el marco en el que se producía la presencia pública del califa con ocasión de las dos grandes fiestas religiosas anuales del Islam. La aparición solemne del califa en estas celebraciones para recibir el acatamiento de los diversos grupos de funcionarios y dirigentes políticos, vino regulada por un protocolo estricto que refleja fielmente, en su orden y disposición, la estructura organizativa del Estado andalusí.
Las cualidades del edificio como espacio de recepción califal se manifestaron no tanto en la concepción de su planta como en su extraordinaria decoración. En este Salón Oriental alcanzó su máximo desarrollo el empleo de una nueva técnica basada en la talla del exorno sobre una piedra distinta a la constructiva, que quedó fijada al paramento como si de su epidermis se tratara. Frente al uso tradicional del yeso en la ornamentación de los muros o la labra de la decoración sobre la propia estructura arquitectónica, característicos de las grandes edificaciones omeyas y abbasíes de Oriente y el norte de África, en Madinat al-Zahra se desarrolla esta decoración superpuesta en placas de caliza que, como un tapiz, se extendió a la totalidad de las superficies.
La fundación de Abd al-Rahman III se convirtió, así, en un excepcional laboratorio artístico donde se produjo la irrupción de nuevas formas decorativas en el Islam occidental. Una pléyade de nuevos artistas al servicio del poder, ajenos al mundo andalusí, crearon un riquísimo repertorio decorativo sin parangón, ni en variedad ni en calidad, con la ornamentación anterior, alcanzando su máxima expresión en este edificio.
El sentido cosmográfico de la ornamentación que muestra este Salón y las connotaciones paradisíacas del conjunto de la terraza donde se emplazó, formaron parte de un programa constructivo que tuvo por objeto la exaltación de la figura califal como jefe supremo, terrenal y espiritual, de la comunidad.
El segundo de los edificios basilicales plantea dudas acerca de su identificación con la Dar al-Yund o la Dar al-Wuzara de los textos, porque su arquitectura sólo evidencia un uso administrativo que hace difícil su caracterización para la gestión de asuntos civiles y militares. De manera hipotética lo identificamos con la sede del consejo de visires. En su interior se expedían y repartían los diplomas y credenciales que certificaban la propiedad o tenencia de determinados territorios y fortalezas, se preparaba el abono de las pagas a los destacamentos del ejército regular y se recompensaban, con regalos de diversas especies y en metálico, los servicios prestados a la seguridad del Estado. Su uso fue, pues, eminentemente funcional como lugar de trabajo y de sesiones, con despachos para los visires y archivos de documentación administrativa y política.
Con esta ampliación del palacio, el Salón Oriental quedó convertido casi matemáticamente en el eje de la ciudad y, por supuesto, en su principal referente simbólico. Desde el planteamiento inicial de un Alcázar presidido por la residencia personal del gobernante, se pasó, finalmente, a construir un modelo de palacio y de ciudad concebido.
El resultado final de estas transformaciones, insertas en una concepción unitaria de la urbe, nos muestra un modelo de ciudad donde se materializan, mejor que en ningún otro lugar, los enunciados de un urbanismo islámico temprano de fundación califal en estado puro, libre de los procesos que en otras ciudades ininterrumpidamente habitadas como El Cairo acabaron distorsionando el modelo inicial, ofreciendo el estereotipo de ciudad densa, abigarrada y aparentemente caótica con que han llegado a nuestros días.
Después de 90 años de trabajos y con el diez por ciento sólo de su superficie a la luz, Madinat al-Zahra ofrece hoy una muestra de la extraordinaria riqueza y diversidad de su arquitectura. Los trabajos desarrollados en la década de los 90 del siglo XX han centrado el esfuerzo en distintos frentes. En el ámbito exterior, el estudio de las relaciones que la ciudad establece con el territorio próximo y especialmente con Córdoba -objeto de interés por los distintos responsables del yacimiento desde los años 20-, ha llevado a la redacción de un Plan Especial de protección para garantizar la defensa de las infraestructuras creadas por el nuevo centro de poder.
En el ámbito urbano de la medina aún no excavada, la utilización de fotografías aéreas y prospecciones geofísicas han permitido una primera aproximación al conocimiento de la estructura organizativa de la ciudad que hay que ir completando en los próximos años definiendo el proceso de urbanización y precisando sus transformaciones, así como las distintas áreas funcionales y las relaciones entre las mismas.
En el ámbito de la zona excavada del palacio los esfuerzos se han diversificado, continuando por un lado líneas de trabajo heredadas e iniciando, por otro, una consolidación sistemática de las viviendas mediante proyectos de intervención integral que permitan la compresión de estos espacios y su integración en el recorrido de visita público.
Es en el terreno de las infraestructuras donde Madinat al-Zahra presenta sus mayores carencias, puesto que la actual responde a las necesidades de los años 20. La falta de infraestructuras para la presentación del yacimiento, para la conservación y exposición de sus materiales -talleres y almacenes-, para la investigación y para la recepción del público, constituyen un handicap serio frena la consolidación de Madinat al-Zahara como centro de investigación y referente cultural de primer orden en el contexto nacional. La convocatoria de un concurso internacional de ideas para la redacción del proyecto de sede institucional del Conjunto Arqueológico, que se ha fallado recientemente, viene a dar respuesta a esta acuciante necesidad y permitirá afrontar el futuro de Madinat al-Zahra con todas las garantías.
Octógonos mágicos
El mihrab de la mezquita de Córdoba es un espacio octogonal, con un zócalo de grandes lastras de mármol liso, obtenidas mediante cortes de una misma pieza, abiertos como las hojas de un libro para conservar la simetría de sus vetas, sobre el que monta un friso de arcos de herradura trilobulados, con finas columnillas empotradas; más arriba has podido adivinar una cúpula gallonada que, créetelo, es como una gran concha marina cuya charnela queda detrás del arco deembocadura, donde aparecen las columnas de Abd al-Rahman Al Awsat; la fachada, luego veremos de dónde viene su idea, constituye una disposición que se hizo clásica en el Islam peninsular, y se centra en la reiteración y acompañamiento del rotundo arco de entrada al mihrab, coronándolo con un friso de siete arcos, también trilobulados; fíjate en los mosaicos, algunos de ellos muy restaurados; en los atauriques que todo lo cubren, especialmente los cuatro paneles del zócalo, que son unos primorosos bajorrelieves de mármol, absolutamente impactantes; los numerosos letreros árabes, que contienen jaculatorias y el recuerdo de las circunstancias en que se labró el conjunto, son los únicos elementos compuestos con cierta libertad respecto a las leyes de la simetría musulmana, que mostró siempre un amor por la geometría como no se ha vuelto a ver.
Sobre todo esto, y los arcos entrelazados del frente y los laterales, campea una cúpula de la misma serie de la capilla de Villaviciosa, pero ahora recubierta de mosaicos dorados, reiterando octógonos, gallones y similares ventanas, que colaboran, por su insuficiencia, al carácter irreal del conjunto. A la izquierda de esta cúpula existe otra, casi toda ella restaurada, que cubría un tramo lateral de la maqsura, el cual, por una puerta similar al arco del mihrab, daba paso a la primera de una serie de cinco cámaras intercomunicadas, tantas como naves tiene la mezquita hacia levante, alojadas en el doble muro de la qibla, y que sirvieron para alojar el Tesoro de las Fundaciones Piadosas. Al otro lado del eje existe una serie de cámaras idénticas que, por una puerta parecida a la que acabamos de ver, permitían al califa entrar y salir de la maqsura sin agobios; es decir, éste era el sabat que sustituyó al obsoleto del año 888. Entre el arco del mihrab y este del sabat existió otro hueco, estrecho y alto, cancelado en restauraciones modernas, que ciertamente rompía la simetría, pero que en origen permitía guardar cómodamente el alminbar.
Bueno, o volvemos al relato peripatético o nos quedamos sin almorzar; me parece que si hacemos una rápida visita a la zona de poniente, a la derecha, podremos regresar a reflexiones más coordinadas, más documentadas, a medida que nos alejemos de la magnética maqsura, cuyas formas octogonales, reiteradamente expuestas en sus tres cúpulas, remiten al más antiguo de los edificios musulmanes conservados, la Qubat al-Sajra, o Cúpula de la Roca, que un antepasado de estos omeyas cordobeses levantó en el área del templo de Jerusalén tres siglos antes. Fíjate que, aunque los soportes intercalados en los tramos normales de nave sólo existen en la T, a los lados de ésta las columnas más próximas a la qibla están enlazadas por arcos que recogen los empujes de los entrecruzados de la maqsura y los llevan hasta los muros laterales, pero como el reparto de columnas en el sentido de la oración era independiente de la ordenación estructural de los muros, observa que el último arco de la línea que vamos siguiendo descarga justo en el centro de una de las puertas de la aljama de Al-Hakam.
Con esto empezamos un breve recorrido por el costado de poniente, el más próximo al alcázar, que nos muestra, además de capillas enteras, restos de otras, piezas arqueológicas y un desorden que ya comienza a hacérsenos familiar, diversos elementos del edificio musulmán, como son sus puertas por el interior, enfiladas a veces por las líneas transversales de columnas, y las ventanas que las flanqueaban, cerradas varias de ellas por celosías originales, hechas, con temas de lazo, en losas de mármol cuidadosamente caladas; como en la cubierta no había más lucernarios que los escasos de las cuatro cúpulas, quiere decir que una gran parte del interior hubiera estado en tinieblas sino hubiera sido por la profusión de racimos y pirámides de mariposas de aceite que alumbraban tenuemente sus profundas naves. Si tuviéramos tiempo buscaríamos por esta zona, en la capilla de las Animas, la tumba de un ilustre americano, el Inca Garcilaso, que murió, en esta ciudad, el mismo año que lo hicieron Shakespeare y Cervantes; fue el primero que asumió orgulloso su mestizaje.
En este paseo con la qibla a nuestra espalda hemos llegado a un sitio rarísimo, pues se ve que nos han escamoteado la mezquita para intercalar una iglesia; está claro que eliminaron dos filas de columnas para labrar unos grandes arcos apuntados, muy altos y transversales, que sostienen una cubierta a dos aguas, de madera, profusamente pintada con letreros góticos y estilizadas flores, iluminada por ventanas ojivales, todo ello muy distinto de lo que llevamos visto; es la catedral que excavó en la mezquita y recreció sobre ella el obispo Manrique de Lara, en los años en que Colón llegaba, sin saberlo, a un continente que se le pareció a Venecia y a cuyas orillas llamó tierra de gracia. Aquí podemos apreciar un detalle de interés; observa que los arcos de esta catedral descargan por la derecha en unos estribos góticos, mientras que por la izquierda sus pilares son de otra forma y muy parecidos al que vimos al comienzo, como soporte de los arcos que dan al patio; es decir, que la aljama de Al-Hakam se separó de su antecesora como si ésta hubiera sido un patio, remarcando así su autonomía espacial.
Bueno, pues volvamos al edificio de don Alonso Manrique, que nos explica además la desaparición del lado occidental de la capilla de Villaviciosa, pues quedó convertida en presbiterio de esta iglesia, que no fue la primera, ya que desde el momento de la invasión de Al-Andalus, eso que los libros llaman Reconquista, parcelaron los cristianos el interior de la aljama, obteniendo de su democrático espacio, uniforme y muy diáfano, multitud de recintos particulares, mediante celosías, tabiques y rejas, cada uno de los cuales fue una capilla más o menos extensa, cerrada a las otras y pronto llenas de objetos de culto y enterramientos.
Una de estas parcelas acotadas es la que aparecerá tras el muro que nos corta el paso, al fondo de la capilla de Villaviciosa, según vamos caminando, maravillados pero hambrientos, pues esto de recorrer siglos en poco rato cansa y más a estas horas, vencido ya el mediodía.
Puertas y postigos
Afortunadamente, el día es lo bastante piadoso como para no mojarnos más de la cuenta y, por lo mismo, tampoco nos freiremos, que sería lo más probable si efectuamos el tawaf a esta hora, pero dentro de un mes. En estos días, que sobre poco más o menos corresponden al Ramadán, los musulmanes que hayan peregrinado a La Meca estarán dando unas vueltas rituales en sentido antihorario en torno al edificio, cubierto de telas negras, que existe en el centro de la aljama de aquella ciudad de Arabia Saudí: es lo que se llama el tawaf. Aunque sea una sola vuelta, nosotros la haremos igual, comenzando por contemplar el gran campanario que se nos muestra en el lado norte del patio, casi enfrentado al mihrab, lo que demuestra que, aunque en su aspecto exterior sea obra iniciada en 1593 por el tercero de los Hernán Ruiz que trabajaron en el edificio, es una obra musulmana y anterior a la ampliación de Almanzor. No debe confundirte el aspecto tan musulmán de la suntuosa puerta que existe al pie, y que enfila la nave central de la aljama, pues si bien pudiera ocupar el sitio de otra omeya, ésta se formalizó y decoró en 1377. Veo que no tienes mucho empeño en subir hasta el campanario, desde el que se divisa un panorama envidiable, pero comprendo que el simple anuncio de que hay más de cien escalones te haya quitado las escasas ganas de comprobar lo que digo. Has de saber que esta obra renacentista, acabada en 1664, oculta el alminar que se construyó en época del primer califa cordobés, Abd al-Rahman al-Nasir, que no realizó trabajos en la Sala de Oración, pues estaba entretenido construyendo una formidable ciudad en los alrededores, Medina Azahara, pero sí se vio forzado por las circunstancias a intervenir en el patio, que se había quedado pequeño en proporción con la parte cubierta, aunque la decisión de prolongarlo hacia el norte afectaba al humilde alminar sobrepuesto a fines del siglo VIII; así, en el 945 comenzó las obras de ampliación.
En sólo trece meses se hizo una torre extraordinaria, se labraron los nuevos muros perimetrales del nuevo patio, las galerías que lo circundaban, repitiendo el ritmo de columnas y pilares de la aljama de Damasco, y finalmente se derribó lo antiguo, inaugurando la obra el propio califa cuando subió a la terraza de la torre por una escalera y bajó por otra, pues este alminar es tan raro que constituyó un caso único en todo el Islam. Hasta entonces los de Al-Andalus habían sido simples torrecillas dotadas de una única escalera, girando como el tawaf, a izquierdas, y sin mayor problema. Como éste quiso hacerse altísimo, fue necesario darle mucha base, y así hubo sitio para dos escaleras, una normal y la otra girando al contrario; ello obligó á duplicar las ventanas de dos de las caras, rasgo que quedó como recurso estético para la composición de las fachadas de las torres andalusíes, e incluso también para las cristianas, pues en la Cataluña del siglo XI proliferaron los campanarios que, con una sola escalera, ofrecían parejas de dobles ventanas al exterior. No nos vamos a entretener más en la torre, de la que publicó un estudio exhaustivo don Félix. Vamos a iniciar el tawaf pasando ante una torrecilla dieciochesca que es en realidad un arca de agua, desde la que se repartía a todo el edificio. Antes, en época del emirato, el agua procedente de la lluvia se subía desde el aljibe por medio de una noria, pero el 25 de enero del año 967 comenzó a correr una acometida, procedente del acueducto de la sierra, de la que es heredera ésta que vemos.
Observa que los muros que hay hasta la esquina, e incluso un poco más allá, tienen aspecto muy gótico, pues todo fue intensamente renovado, por dentro y por fuera, en época del obispo Martín Fernández de Angulo, entre 1510 y 1516. La fachada de poniente, única que conserva su alineación desde el siglo VIII, aunque no sus dimensiones, se nos muestra como un accidentado conjunto de estribos, incluso algunos parecen torrecitas, andenes nuevos y viejos, rejas, tejados, buhardillas y cupulillas que emergen tras el muro musulmán, que conserva cierta unidad, lograda gracias al aparejo de piedra y las almenas que lo coronan; en esta fachada veremos ocho puertas, musulmanas todas en origen e irregularmente repartidas, pues al patio abren dos, un postigo muy gótico, que acabamos de pasar, y una sencilla puerta, llamada hoy de los Deanes, que es de las más viejas del edificio, al igual que la siguiente, llamada de San Esteban en la actualidad, pero que las crónicas llamaron Bab al-Wuzara, o puerta de los Visires; es interesantísima, pues nos ofrece los más antiguos restos de decoración arquitectónica in situ de toda la España musulmana.
Está situada esta puerta en la parte más antigua de la aljama, pero un letrero cúfico que bordea el arco nos explica que "mandó el príncipe ¡Allah sea generoso con él! Muhammad b. Abd al-Rahman la edificación de lo que se renovó de esta mezquita y su consolidación, esperando la recompensa ultraterrena de Allah por ello. Y se terminó aquello en el año uno y cuarenta y doscientos, con la bendición de Allah y Su ayuda, bajo la dirección de Masrur, su fata". La puerta nos ofrece, pese a los síntomas evidentes de su decrepitud, un esquema muy claro, maduro y de larga descendencia, pues desde la fachada del mihrab a las puertas de la última ampliación estará presente o latente el gran arco, su alfiz, los arquillos de la parte alta, con un friso de modillones que forman un guardapolvo apenas insinuado, las fingidas puertas laterales, con sus celosías encima, etcétera. Como en tantas y tantas cosas, esta parte de la aljama nos ofrece un panorama complejo y novedoso, cuyos hallazgos se incorporaron, como modelo, a un escaso caudal arquitectónico.
De las puertas siguientes debo anotar varios datos, que te comento mientras seguimos bajando y sorteamos los naranjos de la fachada del antiguo palacio de los Obispos, entre demasiados vehículos mal aparcados, y al final hasta autobuses, salpicados por agobiantes invitaciones a restaurantes, tablaos flamencos o coches de caballos. La siguiente puerta es la que hizo el emir Abd Allah para dar paso al primer sabat, ya que este postiguillo está donde la qibla de la ampliación de Al-Awsat; luego aparecen tres portadas de las que se hicieron para la mezquita de Al-Hakam, de las que dos están como las dejó Velázquez Bosco y la de en medio es una curiosa intersección, material y estilística, entre la primitiva musulmana y la reforma gótica que la transformó en una de las que deban acceso a la catedral del siglo XV. Aquí el desnivel con la calle es considerable, lo suficiente para imaginar que la puertecita que vemos como colgada, al final de la serie, es la del segundo sabat. Ya estamos en la esquina, y aparece en toda su potencia la hoja exterior del muro de la qibla de Al-Hakam, aunque reformado con numerosas adiciones cristianas, ya sea en forma de miradores y balcones, ábsides salientes, retablos y escudos. Tampoco la ciudad se ha quedado quieta, pues además del muy barroco Triunfo de San Rafael, que aparece posado en la columna, y unos pastiches dedicados a tiendas de recuerdos típicos, aparece ante nosotros el espléndido arco de triunfo que el tercero de los Hernán Ruiz labró delante de la embocadura del puente, que termina, al otro lado del Guadalquivir, en la Torre de la Calahorra.
La calle de Vallinas o del Corregidor don Luis de la Cerda, está dominada por la fachada de la aljama, en la que podemos apreciar, entre la larga batería de estribos que contrarrestan los empujes de las arquerías, el saliente del mihrab, los importantes deterioros que la salpican por doquier y la presencia de algunas celosías, sobre todo en la zona de Almanzor.
La calle siguiente, una vez doblada la esquina, es la que nos llevará de nuevo a la Portada de Santa Catalina y, un poco más arriba, al lugar por el que empezamos nuestro recorrido hace ya algunas horas; subamos la cuesta, pausadamente, como mandan los cánones de esta ciudad, patria del estoico Séneca, con abundantes paradas, para comentar, gesticulando parsimoniosamente, los numerosos episodios de esta, fachada que, por milagro, es toda de la misma época, pues se fabricó de un solo tirón en los años de Almanzor. Comienza ofreciéndonos dos portadas muy deterioradas, a las que no alcanzó la fiebre reconstructora que animó a don Ricardo Velázquez en las cinco siguientes y en dos de las que vimos antes. Algunos críticos, entre ellos mi admirado Ocaña, han vapuleado estas obras, no tanto por sus resultados, que pertenecen a la parte subjetiva, aunque no arbitraria, de los coyunturales criterios de todo arquitecto que restaura, sino porque advertía fallos, que no llegó nunca a explicarme, en la aplicación del único método posible en estas tareas, como es el de la investigación y documentación previas. Vamos, que opinaba que existió algún error por parte de don Ricardo en la interpretación de los restos antiguos.
Más adelante aparece de nuevo la Portada de Santa Catalina, con su peineta manierista, y poco más allá el edificio de la gran aljama se disuelve en la esquina amarilla de la primera sorpresa. Bueno, Alhambra, pues fin. Aquí acaba mi labor proselitista, que ha pretendido adoctrinarte en los secretos del andalucismo arquitectónico que, en su corriente renovadora, tiene como lema un verso de Góngora, escrito con la blanca letra de los omeyas sobre la verde enseña del Profeta; reza así el letrero Córdoba, alma del tiempo, espada del olvido. Amén.
Un genio sin nombre
Mientras recorremos el eje de esta primera mezquita, dejando al fondo, allá a la derecha, las capillas cristianas que ocuparon la nave más occidental, la que podríamos llamar número uno (ahora caminamos por la sexta), te diré que hubiera sido muy raro que supiésemos el nombre del arquitecto que dirigió las obras de la mezquita, pues en toda la historia de la arquitectura islámica apenas si conocemos, desde la India a Portugal, los nombres de unos pocos arquitectos anteriores al siglo XV; es probable que la traza general de la mezquita fuese idea del mismo emir o sus consejeros, pues, dentro de los tipos que hasta entonces se habían usado, éste era, sin duda alguna, el más simple, ya que sólo la figura general cuadrada, la partición igualitaria entre sahn y liwan, la mayor anchura de la nave sexta y la menor de la primera y undécima, introducen alguna sutileza en este espacio, que es más sencillo que cualquiera de los que la arquitectura andaluza conocía desde siglos antes y tanto o más que los de las mezquitas que le precedieron; su organización general es tan simple que ha sido comparada con las estructuras, apenas unos muros y una jaima sobrepuesta, de las mezquitas de los beduinos del desierto de Jordania, como es el caso de Ar-Risha, estudiada por S. Helms recientemente, y que debe ser un poco más antigua que la de Córdoba.
La genialidad, fecunda hasta lo máximo, vino por la solución de las arquerías, sin parangón alguno en Oriente ni en Occidente. Lo cierto es que, fuese quien fuese, supo realizar admirablemente lo que se pedía, que era no caer en los vicios de la aljama que acababan de demoler, según el texto de al-Maqqarí que, ayudado por Ocaña, recité hace un momento. Bueno, sigamos, pero observa que en los muros que estamos viendo, y a veces en medio de los tramos, están depositados, sin lógica alguna, muchos restos arqueológicos, tanto musulmanes como cristianos, que demuestran los continuos hallazgos en la zona, pese a que jamás se han hecho campañas de excavaciones arqueológicas sistemáticas y continuadas.
A Abd al-Rahman no le dio tiempo de acabar la obra, por lo que su sucesor, el emir Hisam, completó el edificio con varios elementos: una galería (saqifa) para las mujeres en el muro norte; al fondo del patio, un sencillo alminar, que como no pudo labrarse donde ya estaba la saqifa, se hizo por fuera, y un ámbito (mida'a) añadido a la fachada de levante, también por fuera, donde podían realizarse los lavatorios prescritos. Si seguimos la nave central alcanzaremos un punto, pasada la undécima columna, contada a partir de la fachada del patio, donde el pavimento vuelve a subir en rampa y de nuevo aparecen unos muros, concretamente dos y a nuestra izquierda, que son los restos de la qibla de la mezquita de El Emigrado, derribada cuando se hizo la ampliación de otro Abd al-Rahman, apodado Al Awsat. A la derecha, delante mismo de nosotros, aparecen más accidentes, pero esta vez son dos estructuras pertenecientes a la gran iglesia del siglo XVI, por la que pasaremos fugazmente dentro de un instante; es evidente que en el lugar de la nave central donde se produce la rampa estaba en su momento el mihrab ante el que oró el achacoso Al-Dajil, pero de él nada queda, señal de que debió de ser muy pequeño, pues de lo contrario su cimentación hubiera sido más amplia que la de éste y don Félix la hubiese detectado cuando lo excavó.
La zona en la que estamos es la más compleja de todo el conjunto, ya que se reúnen en poco espacio los restos de la mezquita original, el cuerpo de la primera ampliación y, entre ellas y sobre ellas, la parte final de la iglesia cristiana, es decir, el trascoro, que se labró en el siglo XVII; lo que complica la situación es que, como puedes ver, las fases pretendieron mantener, en lo posible, la continuidad espacial, desde lo paleoislámico a lo barroco, mientras las masas arquitectónicas, contra toda norma, caen desde arriba, pues sólo en función de estribos, arbotantes y contrarrestos, que están más allá de la cubierta, las disposiciones de macizos, que son escaleras y estribos, se entiende algo. La documentación no es muy explícita, pero parece que no se hicieron obras importantes en la aljama hasta el año 832, cuando el emir Al-Awsat decidió levantar en los costados de poniente y levante del patio, es decir, los que estaban libres, otras dos galerías, que compaginasen y diesen continuidad espacial a la construida por su abuelo Hisam al pie del alminar; las tres quedaron destinadas al rezo de mujeres.
En el año 848 continúan las obras, iniciándose las de la primera ampliación en profundidad del liwan, para prolongarlo hacia el río, en una longitud de casi 27 metros, sensiblemente menor que la de la sala original; la obra duró muchísimo, quizá hasta el 855, en que el hijo de Al-Awsat, el emir Muhammad, acabó la decoración de lo añadido y renovó parte de lo original, cosa que ha inducido a diversos investigadores, apoyados en los reiterativos textos musulmanes, a pensar que hubo algo más que una ampliación frontal y una restauración, llegando a suponer que en este momento se añadieron las naves primera y undécima a una hipotética mezquita original de sólo nueve. Esta idea viene propiciada porque esta primera ampliación fue copia fiel de la diseñada por el arquitecto de la primera, incluso siguieron aprovechando elementos arquitectónicos romanos y visigodos, aunque ahora sin basas.
Estas circunstancias y las reformas posteriores nos han dejado esta. primera ampliación reducida a una cuarta parte de su extensión originaria, que podemos recorrer si salimos por unos minutos del espacio del trascoro; un cambio que debo señalarte es que en ella aparecen los primeros capiteles labrados ex profeso para el edificio, inspirados en tipos clásicos; los más interesantes ya no están en su lugar, pues, cuando se realizó la segunda ampliación, fueron llevados al nuevo mihrab. También es digno de anotarse que el decorado de las fachadas se realizó a base de estilizaciones florales labradas sobre los mismos sillares de la, fábrica, del edificio, siguiendo, probablemente, alguna idea decorativa que ya existía en la aljama de El Emigrado, y que era conocida en otros ámbitos andaluces, pero esto te lo vas a tener que creer hasta que no veamos el exterior.
El acto de fe vas a tener que prolongarlo para imaginar las formas que tenían las obras que, al poco de las de Al Awsat y su sucesor, se hicieron en el edificio, precisamente para amueblarlo y facilitar el rezo a los emires en la época incierta que les tocó vivir, agobiados por los problemas que les planteaban los cristianos, tanto los que bajaban del norte queriendo devorar Al-Andalus, como los del interior, los mozárabes, que durante bastantes años alcanzaron la santidad por la vía de la desobediencia suicida; no faltaron rebeldes musulmanes por todas partes, y por si fuera poco, hasta los vikingos, con la invasión del año 844, ocasionaron graves problemas.
Así, desde el año 865 contó esta aljama con una maqsura, de madera; doce años después el emir Al-Mundir añadió una Bayt al-Mal o Cámara del Tesoro, para guardar los caudales que los fieles entregaban a la aljama como parte de su obligación canónica de dar limosna, que es otro de los pilares del Islam; este proceso se cerró hacia el año 900, cuando el emir Abd Allah, que no debía de ser un dechado de arrojo y valentía, enlazó el recinto de la maqsura con la muralla del alcázar en que venían residiendo; esto se consiguió mediante un sabat o pasadizo cubierto, que no sólo permitía pasar desde el palacio a la mezquita y regresar, sino también oír las conversaciones de los cordobeses que transitaban por debajo de él.
Como de todo esto sólo el recuerdo permanece, regresemos hacia la exótica y luminosa región que constituye el trascoro, para caminar de nuevo por el ámbito central de la mezquita, hasta alcanzar allí, un poco más adelante, ese raro objeto mestizo que es un gran vano de herradura, decorado con lujosas piedras de colores, según el gusto del XVII, que nos anuncia, como un arco triunfal, la presencia de otro edificio, la aljama del emir Al-Hakam.
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