La construcción de
la catedral de León, la más francesa de todas las españolas, se comenzó bastante avanzado el siglo XIII. Tomando como base una
iglesia del siglo X, remodelada en
la centuria siguiente, su inicio debe situarse con posterioridad a 1255 y contó con el propio obispo de la sede -
Martín Fernández- y con el rey
Alfonso X, como valedores principales. Este último, en 1277, concedió exención de impuestos a los veinte canteros, al vidriero y al herrero que trabajaban en la fábrica, por todo el tiempo que permanecieran vinculados a ella.
La planta de León, en lo que respecta a la organización de la cabecera, recuerda muy de cerca a Reims, por su hipertrofia. Tiene tres naves en los pies, un transepto marcado espacialmente y girola. Para su alzado, en cambio, se ha recurrido a las novedades presentes en Amiens, en lo concerniente al vaciado del triforio que se convierte por ello en una nueva entrada de luz. León en este sentido es la catedral española que sintoniza más con los presupuestos de la estructura diáfana francesa, a lo que contribuyen directamente
las magníficas vidrieras conservadas en su mayor parte. Hay que destacar el hecho de que sus torres están levantadas en ambos extremos de la fachada sin que se engloben en la estructura, hecho que responde más directamente a la tradición inglesa. Además del
marco arquitectónico, en León debemos resaltar su
excelente escultura.
Las obras en la catedral continuaron a lo largo de los siglos
XV,
XVI y
XVII, realizándose importantes
obras de restauración en el XIX y primeros años del XX.