La escultura de Lagash y de Ur

Gudea de Lagash sin turbante
Época: Sumer y Akad
Inicio: Año 2123 A. C.
Fin: Año 2004 D.C.

Antecedente:
El Renacimiento Sumerio

(C) Federico Lara Peinado



Comentario

Si de la ciudad de Lagash no tenemos prácticamente ningún resto de palacios ni de templos, en cambio nos ha llegado una abundantísima colección de estatuas, en su mayoría trabajadas en diorita y otras piedras duras, que se amoldaban por sus propiedades a la fijación del concepto estético de la nueva etapa.
Del fundador de la II Dinastía lagashita, Ur-Baba (2155-2142), poseemos una sola estatua de diorita (p68 cm; Museo del Louvre), documentada con toda seguridad gracias a la inscripción que presenta; la misma, muy mutilada (le falta la cabeza y la parte inferior del cuerpo), lo representa en actitud orante, con las manos cruzadas delante del pecho y vestido con toga. Posiblemente, le pertenezca también una estatuilla de diorita (35 cm; Museo del Louvre), anepígrafa, de cráneo y rostro rasurados y de tosca disposición volumétrica.
Sin embargo, es de Gudea de quien más estatuas sedentes o erectas, a menudo mutiladas, se posee (una treintena larga), labradas casi todas en diorita, piedra traída, como dicen sus inscripciones, "de la montaña de Magan". Vistas en su conjunto, dan una impresión de fuerza y de grandeza, dentro de una uniformidad que, aunque parece idealizada, es engañosa, pues en ellas se aprecian -si se observan con meticulosidad- diferencias singulares tanto en los rasgos anatómicos, como en su articulado plástico.
En la mayoría de las estatuas se halla vestido con toga, que le deja al descubierto el hombro y el brazo izquierdos, y tocado con un encasquetado bonete de lana rizada, e invariablemente con los pies descalzos y dedos bien diferenciados sobre un podio; en casi todas aparece con las manos juntas -palma con palma- delante del pecho, en actitud de piadoso devoto y con la cabeza y barba rasuradas. Muchas, finalmente, al haber sido dedicadas a diferentes divinidades, llevan inscripciones de alto interés religioso.
Un buen número de sus estatuas (hoy en el Louvre) proviene de Girsu, lugar en donde fueron reunidas por el rey arameo Adad-nadin-akhe en el siglo II a. C. en el palacio que levantó sobre las ruinas del templo Eninnu; otras, procedentes de excavaciones clandestinas se hallan repartidas por diferentes museos y colecciones del mundo (incluso Museo Arqueológico Nacional de Madrid posee la cabeza de una de ellas).
Es imposible reseñar y describir aquí, una por una, las estatuas de Gudea, pero debemos recordar, entre las que lo representan de pie, las conocidas como Gudea de hombros estrechos (1,40 m), Gudea de hombros anchos (1,40 m), Pequeño Gudea de pie (1,24 m) -las tres lamentablemente acéfalas-, Gudea con la vasija manante (62 cm) y Gudea del Museo Británico (73 cm), esta última anepígrafa y con la particularidad de que cuerpo y cabeza pertenecían a dos estatuas diferentes.
Entre las que lo representan sentado, hay que destacar las conocidas como Gudea colosal (1,58 m), Gudea con el plano de arquitecto (93 cm) -ambas también acéfalas-, Gudea con la regla de arquitecto (86 cm) y Gudea sentado (45 cm), quizás la más divulgada de todas y único ejemplar completo (si bien fragmentado en dos secciones) extraído en unas excavaciones.
De las cabezas de Gudea, que formaron parte de estatuas completas de diferentes tamaños, la más significativa es la Cabeza del Louvre (24 cm), conocida también como Cabeza con turbante, que lo representa en plena madurez; es de gran efecto plástico, a pesar de tener mutilada la nariz y los labios. Le siguen en interés, por diversas razones, las cabezas de Filadelfia (10 cm), Boston (23 cm) y Leyden (14 cm).
Del hijo de Gudea, Ur-Ningirsu, nos han llegado tres estatuillas, de parecida disposición a las de su padre. La más famosa, de alabastro yesoso (55 cm de altura total), que se expone alternativamente en París y Nueva York, dado que al Louvre pertenece el cuerpo y al Metropolitan Museum la cabeza, lo representa de pie, sobre un redondo pedestal en el que se figuran relieves alusivos a los tributos recibidos por sus victoriosas empresas militares. Las otras dos son, en realidad, bustos que guarda el Museo de Berlín: uno de ellos, en diorita (17 cm), de magnífica factura, lo presenta ya algo alejado del prototipo de Gudea, con larga barba rizada y peluca de ondulantes líneas en forma de voluminoso casquete; el otro busto, de muy mala factura plástica, lo figura portando un cabritillo.
Las excavaciones arqueológicas aún proporcionaron otras esculturas, en su mayoría muy troceadas, y que no han podido ser asignadas a ningún otro componente de la II Dinastía de Lagash. Se han podido aislar bastantes fragmentos, pertenecientes a troncos, manos y cabezas, éstas con rasgos personales, alcanzando la categoría casi de retratos. De entre ellas es modélica la Cabeza de Berlín, en blanca caliza (13 cm), de rostro y cráneo rasurados, y que perteneció a la estatua, quizá, de un sacerdote.
De esta época son también algunas figurillas femeninas de bulto redondo, con inscripciones o sin ellas, llegadas en lastimoso estado, las cuales nos permiten conocer el aspecto de las mujeres de la primera etapa neosumeria. La más famosa, y en verdad una de las más perfectas estatuas femeninas de la época de Gudea, es la Dama de la toca (17 cm; Museo del Louvre), labrada en esteatita verde, y que representa a una mujer de la alta nobleza o, según otros, a una de las esposas de dicho ensi.
Le siguen en interés otras dos estatuas, consagradas por la vida de Gudea, y que han llegado desgraciadamente acéfalas: una, de caliza (13 cm; Museo del Louvre), de pie, con las manos juntas, representación quizás de Ninalla, la primera esposa de Gudea; y otra, de alabastro (7 cm; Museo de Estambul), recubierta de ricos vestidos.
Diferentes cabezas, localizadas en Girsu y Ur, principalmente, correspondientes a otras tantas figuritas de anónimas damas, enriquecen la plástica de bulto redondo de la II Dinastía de Lagash.
A pesar de que conocemos el rostro y porte del fundador de la III Dinastía de Ur, Ur-Nammu, por algunas estatuillas metálicas de fundación, y sobre todo por los fragmentos de su estela, de él no nos ha llegado, hasta ahora, ninguna estatua.
De su hijo Shulgi, en cambio, poseemos bastantes, labradas en diorita y esteatita oscura, todas fragmentadas y decapitadas. La más completa, (26 cm; Museo de Iraq), localizada en Ur, le representa de pie, vestido con túnica. Otra, minúscula (7 cm; Museo del Louvre), portando un animal de sacrificio sobre su pecho. De su estatua más original (hallada en Girsu y hoy en el Louvre), destinada probablemente a ser llevada en procesión, sólo se ha conservado su parte inferior (restan 13 cm de altura); representaba al rey en actitud de marcha, con la pierna y pie izquierdos ligeramente avanzados.
Tampoco conocemos ninguna estatua de los tres sucesores de Shulgi (Amar-Sin, Shu-Sin e Ibbi-Sin), a pesar de que muchas de sus inscripciones hablan elogiosamente de ellas.
A finales del III milenio puede datarse un Torso real (Museo de Estambul), en diorita, encontrado en Nippur; aunque le falta la cabeza, se conserva buena parte de la barba que ennoblecía el rostro. Hubo de pertenecer a algún personaje importante, como hace suponerlo el grueso collar de perlas y el brazalete de su muñeca derecha. Muy similar a éste es otro Torso de Susa (27,5 cm; Museo del Louvre), en caliza, probablemente trabajado también en Nippur, y que fue llevado a Susa como botín.
Finalmente, concluimos este apartado con la reseña de tres magníficas estatuas de bulto redondo, del taller de Mari, correspondientes a tres de sus shakkanakku (gobernadores), Puzur-Ishtar, Idi-ilum e Ishtup-ilum, todas de magnífica factura. La estatua de Puzur-Ishtar (la cabeza, propiedad del Museo de Berlín, y el cuerpo, del de Estambul), hallada en Babilonia, fue labrada a tamaño natural, en diorita (1,73 m) y todavía siguiendo el concepto acadio de la realeza, esto es, bajo el aspecto de una divinidad. Tal gobernador, de noble rostro, con larga barba de rizos, está tocado con la tiara de cornamentas y vestido con una entallada túnica, terminada en bien perfilados flecos. Aun de mayor calidad es la estatuilla de Idi-ilum (41 cm; Museo del Louvre), en esteatita; aunque le falta la cabeza, quedan restos de su larga barba, similar a la de Puzur-lshtar; el vestido y la regia sobrevesta, orlada de cuentas y borlas de finísimo trabajo, son mucho más recargados que los del gobernador antes citado, su predecesor en el trono de Mari. La estatua de Ishtup-ilum (1,52 m; Museo de Aleppo), en negro basalto, y mucho más divulgada, presenta una estructura plástica de formas muy simplificadas, lo que la pone en parangón con alguna de las estatuas de Gudea de Lagash. Hallada intacta en el palacio de Mari (sólo tiene aplastada la nariz), sus rasgos anatómicos hablan de la fuerte semitización que alcanzó tal ciudad a finales del II milenio.
De entre las obras de arte menor, de bulto redondo, hay que recordar, siquiera sea brevemente, diferentes figuras de la animalística neosumeria. Las piezas más características fueron los pequeños bisontes echados (el Louvre atesora tres magníficos ejemplares de Girsu), con cabeza humana tocada con la tiara de la divinidad, piezas evidentemente mitológicas tomadas de la pasada glíptica acadia; le seguían los leones, de los cuales nos han llegado algunos fragmentos de Girsu, de época de Gudea, y otros de Eridu, éstos ya del 2000; y los ánades de fina volumetría, que ejemplificamos en el hermoso peso de cinco minas, con el nombre de Shulgi, hoy guardado en el Museo de Iraq.

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