La Revolución de 1830

Ataque al Hôtel de Ville durante la Revolución de 1830
Época: Restauración
Inicio: Año 1830
Fin: Año 1848

Antecedente:
La época de la Restauración

(C) Federico Lara Peinado y Joaquín Córdoba Zoilo



Comentario

En 1830 se produjo un nuevo ciclo revolucionario en Europa cuyo significado es el triunfo del liberalismo. A diferencia del ciclo anterior de 1820 que habían consistido en una serie de levantamientos esencialmente nacionalistas dirigidos por militares, en éste de 1830 hubo revueltas liberales encabezadas por un elenco más variado de elementos de las poderosas clases medias. Desde la ruptura con el Antiguo Régimen a raíz del estallido de la Revolución francesa, la burguesía formada por ricos industriales y comerciantes y en la que también se hallaban integrados los intelectuales, no cesaba de agitarse, buscando de una u otra forma su acceso definitivo al poder. A esta inquietud, se unía el afán nacionalista de independencia de los pueblos que estaban sometidos a otra potencia más poderosa. El ciclo comprende revoluciones en Francia, Bélgica, en parte de Alemania, Italia, Suiza y Polonia. Todas ellas tenían en común el propósito de llevar al gobierno más cerca de la sociedad, una sociedad que había cambiado de forma importante hasta aquella fecha. Ahora bien, cuando el curso de los acontecimientos conducía a los movimientos revolucionarios más allá de ese punto, perdían fuerza y se deshacían.El primer estallido revolucionario se produjo en Francia durante el reinado de Carlos X. Al contrario que su hermano Luis XVIII, éste quería imponer en el país un régimen conservador a ultranza. En la Cámara existía una mayoría liberal desde 1827 y cuando dos años más tarde el rey entregó el poder al príncipe de Polignac, uno de los antiguos emigrados, el conflicto entre Carlos X y su ministro conservador, por una parte, y la Cámara liberal, por otra, no tardó en estallar. En la primavera de 1830 el rey disolvió la Cámara y convocó nuevas elecciones. Pero de nuevo sus resultados volvieron a arrojar una mayoría liberal, que ahora exigía la dimisión de los ministros. El ministerio Polignac no estaba dispuesto a aceptar las exigencias de la oposición y encargó a Pernnet, ministro de justicia, la redacción de unas ordenanzas que fueron promulgadas el 26 de julio de 1830 y que venían a decir lo siguiente: 1) Se suspendía el régimen de libertad de prensa existente; 2) se disolvía la Cámara recientemente elegida; 3) el número de diputados se reducía a 258 y se establecía que la Cámara sería elegida por cinco años, siendo renovable en su quinta parte cada año; 4) se convocaban nuevas elecciones para el mes de septiembre siguiente.En realidad se trataba de un auténtico golpe de Estado, mediante el que se destruía la Carta que había sido aprobada en 1814. Los comerciantes y los industriales de París decidieron cerrar sus tiendas y sus talleres en señal de protesta, lanzando de esta manera a la calle a los obreros, que quedaron así a disposición de los agitadores. Los políticos y los periodistas liberales, dirigidos por hombres como Adolphe Thiers y François Guizot, los banqueros Jacques Laffitte y Casimir Périer prepararon una carta de protesta contra las Ordenanzas. El día 27, la agitación aumentó y los estudiantes se sumaron también a ella. El rey envió al mariscal Marmont, duque de Ragusa, mayor general de la Guardia Real, para que disolviese a los perturbadores del orden, cosa que consiguió a costa de algunos muertos y heridos. Pero esta calma fue sólo momentánea, y al día siguiente la insurrección volvió a tomar forma, ahora con más fuerza. Una masa de gente, entre la que se mezclaban obreros, guardias nacionales, estudiantes y antiguos militares, ocuparon las calles de la capital y obligaron a rendirse a los cuerpos de guardia que se encontraban aislados. Los revolucionarios levantaron el pavimento, construyeron barricadas y enarbolaron la bandera tricolor, lanzando gritos de ¡Abajo los Borbones!, ¡Viva la República! y ¡Viva el emperador! Las fuerzas de Marmont se vieron atacadas desde las ventanas y los tejados de las casas con toda clase de proyectiles de tal manera que las calles de París se convirtieron en un verdadero campo de batalla.Los diputados liberales La Fayette y Laffitte, que en ocasiones anteriores habían participado en la organización de conspiraciones contra el régimen de la Restauración, no se atrevían a salir todavía de la legalidad y optaron solamente por apoyar el texto preparado por Guizot. No obstante, las posturas se radicalizaban y el gobierno perdía posiciones. Las tropas reales se hicieron fuertes alrededor del Louvre, pero algunos de sus soldados desertaron y pasaron a engrosar las filas de la insurrección. El 29 de julio 6.000 barricadas aparecieron levantadas en las calles de París. Antiguos militares y alumnos de la Escuela Politécnica maniobraron con el objeto de asaltar el Louvre y lo consiguieron en el primer descuido de Marmont. Sobre el mediodía, la capital estaba enteramente en manos de los revolucionarios. Las jornadas del 27-29 de julio Las Tres Gloriosas- habían costado 200 muertos y 800 heridos a las tropas reales y 1.800 muertos y 4.500 heridos a los insurrectos.Ante el peligro de que la revolución cayera en manos de los republicanos, los diputados liberales se decidieron a tomar las riendas del movimiento. La Fayette se hizo cargo de la Guardia Nacional y el general Gérard de las tropas regulares. Se nombró además una comisión municipal formada por otras personalidades liberales entre las que se encontraban Laffitte y Casimir Périer. Por su parte, Carlos X, recluido en Saint Cloud y asustado por el cariz que tomaban los acontecimientos, abdicó en su hijo el duque de Burdeos. Pero era ya demasiado tarde y los insurrectos no se mostraron dispuestos a aceptar este arreglo. El rey se retiró a Rambouillet y el 3 de agosto abdicó ante una comisión de revolucionarios.Mientras que en París, la Guardia Nacional y los jóvenes estudiantes, dueños del Hotel de Ville, se mostraban partidarios de la proclamación de la república, los intelectuales y diputados liberales, encabezados por Thiers, proponían transferir la Corona al duque de Orleans. Descendiente de un hermano menor de Luis XVI, los Orleans habían sido los rivales tradicionales de los reyes Borbones. El padre del duque, Felipe Igualdad, había conspirado contra Luis XVI y durante la etapa de la Revolución se había manifestado partidario de la república y de las ideas revolucionarias, aunque esa postura no pudo salvarle de la guillotina en 1793. El mismo duque había conocido la pobreza y el exilio, aunque en esos momentos había recuperado su posición económica. Durante el reinado de Carlos X había decidido desempeñar el papel del virtuoso burgués de sangre real, respetuoso con la libertades constitucionales y fiel servidor del Estado, aceptando el cargo de teniente general del reino. Se ganó el apoyo de los republicanos cuando acudió al Ayuntamiento parisiense el 31 de julio y apareció junto a La Fayette en el balcón enarbolando la bandera tricolor. Dos días más tarde el duque de Orleans fue proclamado rey como Luis Felipe, "Rey de los franceses por la Gracia de Dios y el deseo de la nación".Más que el cambio de dinastía en el trono francés, las jornadas de julio de 1830 representaron el triunfo de la burguesía en Francia. El sistema que iniciaba su andadura a partir de esta fecha constituía un claro paso adelante de esta clase hacia el poder. Como afirma Charles Morazé, con la nueva situación la alta burguesía francesa se sentía satisfecha. Francia -declaraba Guizot, ministro del Interior del nuevo régimen el 13 de septiembre de 1830- desea "la mejora y el progreso, pero una mejora tranquila y un progreso regular. Satisfecha del régimen que acaba de conquistar, aspira ante todo a consolidarlo".La rapidez del triunfo de la Revolución de julio en Francia hizo estremecer a toda Europa, en donde los movimientos liberales y nacionalistas venían gestándose durante este primer tercio del siglo XIX. El primer país en el que se dejaron sentir las consecuencias de esta revolución fue Bélgica.Los Países Bajos reunían en un solo Estado a belgas y holandeses, cuyos sentimientos e intereses eran totalmente opuestos. Los primeros eran en su gran mayoría católicos, sentían simpatía por los franceses y entre ellos florecía la clase burguesa dedicada a la industria. Los holandeses, por el contrario, eran tradicionalmente hostiles a los franceses, en general predominaban los protestantes y se dedicaban principalmente a la agricultura y al comercio. El rey holandés Guillermo I gobernaba autoritariamente en todo el territorio de los Países Bajos y ofendía gravemente el patriotismo de los belgas imponiéndoles la lengua y la administración de funcionarios holandeses. Dejó la enseñanza en manos de inspectores protestantes, restringió la libertad de prensa, ganándose la enemistad de los liberales y también de los grandes hombres de negocios, al obligarles a contribuir desproporcionadamente al pago de los intereses de la gigantesca deuda del Estado.La oposición de los belgas se hizo peligrosa en los Estados Generales en los que poseían 55 votos sobre 110. En este organismo fueron presentadas peticiones reclamando profundas reformas y Guillermo I, asustado por esta presión, intentó dar marcha atrás haciendo algunas concesiones a los católicos en materia de enseñanza y a los industriales en el tema de los impuestos. Pero ya era demasiado tarde. En 1830, los diputados belgas votaron contra el presupuesto, que fue rechazado, y el dirigente liberal De Potter llamó al país a la insurrección. La caída de la Monarquía legítima en Francia y la victoria del liberalismo en el país vecino constituían un ejemplo atractivo para los que sostenían la protesta.El 25 de agosto se produjeron graves incidentes en la Opera de Bruselas y como si todo estuviese preparado de antemano, la revuelta estalló simultáneamente en otras ciudades. La burguesía de las ciudades, temiendo desórdenes incontrolados en la calle, se organizó mediante Comités de Seguridad y una guardia civil armada, con el objeto de proteger sus propiedades. El rey quiso pedir ayuda a Prusia, pero Francia le hizo saber al monarca holandés que cualquier intromisión del ejército prusiano provocaría la intervención de las fuerzas francesas, con lo cual se impidió actuar a Federico Guillermo III. Guillermo I envió a sus dos hijos, el príncipe de Orange y el príncipe Federico a Bruselas con unos miles de soldados. Al encontrar las calles cortadas con barricadas, el príncipe de Orange entró solo en la ciudad y se comprometió a apoyar el programa liberal de llevar a cabo una separación total de los dos territorios, que a partir de entonces sólo tendrían en común el vínculo de la dinastía reinante. Las tropas holandesas se retiraron el 27 de septiembre y poco después, el 4 de octubre, un gobierno provisional belga formado por una comisión administrativa de liberales y católicos, proclamó la independencia. El gobierno provisional restableció enseguida la administración y la justicia y promulgó unos decretos restableciendo la libertad de enseñanza, de culto, de asociación y de prensa. El 27 de octubre se reunió en Bruselas el Congreso Nacional compuesto por 200 miembros y el 7 de febrero de 1831 votaba la Constitución de Bélgica.Francia e Inglaterra favorecieron en un principio la causa belga. Gran Bretaña, por medio de su nuevo ministro de Asuntos Exteriores, lord Palmerston, aceptó el hecho consumado y recomendó a los embajadores de otros países en Londres el reconocimiento por parte de sus respectivos gobiernos de la independencia belga. Por su parte, Francia ya hemos visto cómo no sólo aceptó de buen grado esta independencia, sino que se ofreció incondicionalmente a prestar la ayuda que fuese necesaria. Los líderes conservadores Metternich y el zar Nicolás no pudieron hacer nada por impedirlo ya que estaban ocupados, el primero con los desórdenes de Alemania e Italia, y el segundo con la sublevación polaca.El Congreso ofreció la Corona de Bélgica a Leopoldo de Sajonia-Coburgo, protegido de Inglaterra, el cual se hizo aliado de Francia al casar con María Luisa de Orleans, hija de Luis Felipe. De esa forma se implantaba también en Bélgica una Monarquía constitucional y triunfaban conjuntamente el liberalismo y el nacionalismo.Sin embargo, la fiebre de liberalismo que sacudía a toda Europa en aquellos momentos no consiguió hacer triunfar en todos los países en los que se intentó un régimen político de ese signo. Así ocurrió en Polonia, unida a Rusia desde 1815 como reino satélite y en la que su rey era el mismo zar. La política autoritaria de Alejandro hería los sentimientos nacionalistas de los polacos y cuando en 1825 se produjo el advenimiento de Nicolás I, las dificultades aumentaron considerablemente. El movimiento nacionalista comenzó a tomar fuerza y a organizarse en sociedades secretas. En Polonia existían dos partidos: por una parte, los moderados, que aceptaban como rey al zar y se conformaban con una mayor autonomía del país; de otro lado estaban los liberales, quienes se creían con la suficiente fuerza como para construir una gran Polonia independiente, republicana y liberal. La actitud hostil del zar ante las revoluciones de Francia y Bélgica provocó el estallido de la sublevación en Varsovia, que se inició en la Academia de Cadetes el 29 de noviembre de 1830. Los insurrectos llevaron a cabo una matanza de funcionarios rusos y el Gran Duque Constantino, virrey de Nicolás en Polonia, hubo de retirarse con sus tropas. La revolución se extendió a las provincias orientales y se proclamó la independencia de Polonia, nombrándose dictador al general Cholpicki. Pero la ayuda que esperaban recibir de Occidente no llegó y el zar Nicolás envió inmediatamente a un ejército para someter a los revolucionarios. Las discrepancias internas y las desavenencias entre los mismos polacos facilitaron la victoria del zar en una guerra que duró desde enero a septiembre de 1831. Los gobiernos liberales de Francia y de Inglaterra se limitaron a protestar ante Nicolás por las supuestas atrocidades del ejército ruso, pero ni uno ni otro se decidieron a intervenir.En efecto, la represión que sufrió Polonia como consecuencia de su actitud revolucionaria fue muy dura. Como la clase intelectual había sido el alma de la sublevación, la Facultad de Derecho de la Universidad de Varsovia fue cerrada y todos los fondos bibliográficos, de una gran riqueza, que existían en la Biblioteca Nacional, fueron trasladados a Moscú. Se suprimió la constitución liberal concedida en 1815 por el zar Alejandro, el Reino de Polonia fue anexionado al Imperio ruso como una provincia conquistada y el país fue ocupado por el ejército del zar con el objeto de reprimir cualquier rebrote de nacionalismo. El fracaso de la Revolución de 1830 constituyó un duro golpe para las aspiraciones nacionalistas y liberales de los polacos.La oleada revolucionaria de 1830 afectó incluso a los cantones suizos. En Suiza, el gobierno de sus 22 cantones se hallaba en manos de las aristocracias locales, que eran muy conservadoras. Sin embargo, a partir de 1825 comenzaron a producirse algunos cambios y algunos de ellos consiguieron constituciones más liberales. Los ejemplos de las revoluciones de Francia y Bélgica aceleraron esa corriente y, con el apoyo de estudiantes, periodistas y no pocos burgueses conectados con la industria local, se llevaron a cabo cambios semejantes en la mayor parte de los restantes cantones. Sin embargo, las transformaciones más importantes en el seno de la federación nacional suiza no llegarían hasta 1848.También en Italia, los sucesos de 1830 desencadenaron la agitación en algunas de sus regiones, aunque pronto fueron reprimidos por Austria. A finales de 1830 y comienzos de 1831 se registraron en Módena movimientos liberales que lograron derrocar al duque Francisco IV de Este. Esta revolución se extendió victoriosamente a Parma y a la Romaña, donde también fueron destituidos los gobiernos de María Luisa y del papa Gregorio XVI, respectivamente. Sin embargo, este último pidió ayuda al emperador austriaco Francisco I, quien envió un ejército a Italia restableciendo pronto la situación. Francisco IV de Módena mandó al cadalso a Menotti, líder de los insurrectos, y el papa facilitó la labor de las tropas austriacas, encarcelando a los principales elementos liberales. Si bien estas intentonas del liberalismo italiano fracasaron de momento, servirían para alentar en los años sucesivos el sentimiento nacionalista y antiaustriaco de los italianos.En los años siguientes (1830-1833) las sacudidas de la Revolución habrían de alcanzar también a España y Portugal, países en los que después de no pocas violencias, habrían de instaurarse en el poder regímenes de tipo liberal.

Imágenes

Caricatura inglesa sobre la represión de Nicolás de Ia rebelión polaca