El final de la distensión



Comentario

Al presentar el período que se abrió en 1973 como un tiempo de tormentas no quiere decirse que su aparición en el horizonte fuera súbita y que el panorama anterior fuera idílico. En absoluto merece ese calificativo, si se tiene en cuenta la polarización existente en gran parte de las sociedades occidentales. 1968 pudo no ser una revolución pero supuso la aparición de una nueva mentalidad en gran medida antagónica con respecto a la anterior. Además, de 1968 derivaron consecuencias de importancia en lo que respecta a la eclosión de unos movimientos terroristas que pudieron suponer una amenaza, al menos temporal, para el mundo desarrollado y democrático. También del 68 surgieron otros movimientos sociales -el ecologismo, el feminismo...- que actuaron como un reto frente a la sociedad establecida.
Pero las verdaderas tormentas llegaron cuando de forma sucesiva se planteó la crisis económica y entró en crisis la política mundial de la distensión. Producida de forma inmediata como resultado de la Guerra del Yom Kippur, la crisis económica, de amplitud y de efectos desconocidos hasta el momento, dominó el escenario mundial hasta mediada la década de los ochenta. Aunque afectara de manera especial a los países industrializados, lo cierto es que también -y más gravemente- pesó sobre los subdesarrollados e incluso, al final, sobre aquellos que fueron iniciales beneficiarios de la misma. La situación económica, por su novedad y su profundidad, afectó a la política interna y también a la evolución internacional.
Pero esta última siguió una evolución dialéctica propia con un ritmo diferente. La distensión se prolongó durante los años finales de la década de los setenta, facilitada por la pasividad creada, las dificultades entre el legislativo y el ejecutivo norteamericanos y las aparentes ventajas logradas por los soviéticos. Pero la URSS, quizá acosada por la necesidad de lograr las ventajas en el exterior que no lograba en su política económica interna, acabó por arruinarla iniciando una reedición de la guerra fría que pudo presenciarse en todos los escenarios del mundo.
Súbitamente, en 1973 un proceso que parecía progresivo y lineal se vio interrumpido con estrépito. El mundo desarrollado parecía instalado, en efecto, a fines de los años sesenta en un desarrollo constante. Desde 1830 a 1930, las tasas de crecimiento anual en los países más desarrollados no habían pasado del 2%; en el caso de Gran Bretaña y de Francia se mantuvieron en el 1%, mientras que en Alemania fueron del 1.4% y en Estados Unidos del 1.6%. En cambio, entre 1950 y 1970, Gran Bretaña, una economía con problemas e incluso declinante, se mantuvo en un 3% de crecimiento, mientras que Estados Unidos llegó al 4%, Francia, Alemania e Italia superaron el 5% y Japón alcanzó el 11%. Como ya se ha señalado, existía, además, la sensación de que resultaba posible controlar las crisis económicas gracias a la manera de analizarlas y darles la respuesta que proporcionaba la ciencia económica. Pero ese panorama optimista se disipó, abriendo el paso a una situación difícil de diagnosticar y, más aún, de resolver.

Imágenes

Un grupo de monjas en las calles de Jerusalén, tras la Guerra de los 6 Días