Las necrópolis visigodas y sus ajuares

Tesoro de Torredonjimeno. Piezas
Época: Arte Español Medieval
Inicio: Año 1 A. C.
Fin: Año 1 D.C.

Antecedente:
Hispania invadida

(C) Ramón Corzo Sánchez



Comentario

Mientras que las distintas regiones peninsulares desarrollaban, en la medida de sus posibilidades, unas formas personales del arte cristiano oriental y norteafricano, las tribus bárbaras se introducían sin aportar ninguna novedad en la arquitectura o en la ornamentación que no hubieran tomado prestada antes de la cultura latina. Los asentamientos visigodos se hicieron, por norma general, en pequeños grupos rurales, que vivirían en poblados de tiendas y cabañas, de los que sólo han llegado a nuestros días las necrópolis; en éstas, el número de tumbas no supera habitualmente las quinientas, para un siglo o poco más de utilización; si se atiende a que muchos enterramientos se emplearon en más de una ocasión y a la probable desaparición de los enterramientos infantiles y de los más humildes, se llega a un cálculo de comunidades de unos doscientos o trescientos individuos, que durante tres o cuatro generaciones mantuvieron las mismas formas de vida tradicional que habían tenido en su peregrinación por otras regiones europeas.
Las necrópolis cristianas inmediatas a las basílicas de los siglos V y VI, se caracterizan por un escaso ajuar metálico y la presencia inevitable de algunas pequeñas jarras, platos y vasijas que hacen referencia a los alimentos necesarios para realizar el último viaje, según la tradición romana, y que se adaptan pronto a las ideas de la nueva religión. Estos conceptos son ajenos a la mentalidad visigoda, que ve en el enterramiento el lugar al que se debe llegar con las mejores galas que se hayan podido disfrutar en vida, y así, se cambian los objetos de cerámica y vidrio por ricas vestiduras y joyas; en la indumentaria visigoda era lo más habitual una túnica, ceñida por un cinturón ancho, y sobre ella una capa o manto que se sujetaba con una o dos fíbulas sobre los hombros. De todo ello, lo que se conserva en las tumbas es la parte metálica de la hebilla del cinturón, la fíbula del manto, y, ocasionalmente, alguna contera metálica de correajes y pequeñas joyas. En parte serían las prendas de mejor calidad con las que contase el difunto, pero en otros casos, parece que se trata de objetos nuevos, adquiridos y utilizados expresamente para el enterramiento, por lo que no puede verse en este ritual una costumbre de conservación de recuerdos personales, sino de manifestación familiar de una cierta capacidad económica en el acto social funerario.
La moda y los estilos de estos adornos metálicos de la indumentaria fueron seguidos con cierta regularidad por los pueblos bárbaros, y existe un claro intercambio de influencias con la metalistería romana y la bizantina, en el que se va haciendo mayor el aprecio por las joyas grandes y de colores llamativos. Los prototipos de las fíbulas y hebillas visigodas están tanto en Italia como en el sur de Francia, en la primera como fruto del efímero reino ostrogodo de Teodorico, y en la segunda como consecuencia del reino visigodo tolosano. Los objetos aparecidos en las necrópolis españolas mantienen las mismas formas y sistemas decorativos que sus predecesoras, pero con técnicas locales y metales de menor valor.
El tipo de fíbula de mayor empleo en el siglo VI es el llamado laminiforme, por derivar de unos modelos ostrogodos hechos con láminas de plata unidas por un puente o arco; el resorte de la fíbula, con un largo muelle arrollado, se cubre por una placa semicircular y la aguja se engancha bajo la placa alargada; la mayoría de las piezas españolas son de bronce y el puente es grueso y fuerte, como si se destinasen a prendas de abrigo; se decoran con grupos de trazos cruzados en distintas direcciones o con motivos trenzados, y ofrecen, en ocasiones, pequeños cabujones para contener gemas o pasta vítrea, si no están forradas con finas láminas de plata. En España se les suele llamar fíbulas de arco o de puente, por el desarrollo de esta pieza frente a una progresiva disminución en el tamaño de las láminas.
Menos frecuente es la fíbula aquiliforme, en las que el resorte y la aguja quedan totalmente cubiertas por una placa recortada con el perfil de un águila; el origen de esta forma está en la Europa oriental, donde el águila se representa de frente, pero ya los ostrogodos simplificaron el modelo y llenaron toda la superficie de celdillas que contienen granates, que en las piezas visigodas se mezclan con pasta vítrea de distintos colores.
Las hebillas de los cinturones se complementan con placas circulares o cuadradas, que también tienen precedentes ostrogodos. En la producción visigoda española hay además de una gran gema central otras piedras y celdillas rellenas de pasta vítrea polícroma, que evolucionan hasta cubrir toda la superficie de la placa en una producción estrictamente local.
A partir del siglo VII, los tipos de hebillas de cinturón con placas se transforman en láminas de bronce fundidas con decoración calada, grabada o en relieve, mientras que se pierde el uso de las fíbulas. En las placas de hebillas del siglo VII hay reproducciones de los modelos al uso en el sur de Francia, pero también se encuentran otros de origen oriental, que pueden ser de fabricación bizantina. Con todos ellos, se forma una producción personal en la que abundan las placas de contorno en forma de lira, rellenas con temas de tallos y racimos, que también se dan en la escultura de la época.

Imágenes

Jarrita y patena de El Gatillo Broche de cinturón