La decoración de los palacios

Palacio de Versalles. Salón de los Espejos
Época: Barroco6
Inicio: Año 1600
Fin: Año 1700

Antecedente:
Evolución de los palacios
Siguientes:
Las artes suntuarias y su contribución a la decoración
Los decoradores y adornistas

(C) Jesús Cantera Montenegro



Comentario

La decoración de los interiores es fundamental para completar el ambiente de los palacios. En Francia, a comienzos del siglo XVII era sobria, como se ve en Maisons-Lafitte donde se ha conservado casi intacta. Sin embargo, luego cambiará y el que será el estilo propio del siglo y el que definirá mejor sus ideales, fue instaurado por Charles Le Brun, quien lo empleó por primera vez en la decoración de Vaux-le-Vicomte en el año 1661. En este edificio decoró unas habitaciones a base de paneles con motivos de grutescos que entraban dentro de la tradición, pero en otras, entre las que destaca el dormitorio del rey, utilizó un estilo novedoso en Francia que importó de Italia. En él combinaba el estuco, los decorados y la pintura según unas fórmulas que pudo haberlas aprendido de Pietro de Cortona en el Palazzo Pitti, logrando así una perfecta combinación de diversas artes en las que Louis Le Vau se ocupaba de la parte arquitectónica, Guérin y Thibault, de la escultórica y el propio Le Brun, de la pictórica.Esta decoración era la propia del arte barroco italiano, pero se vio refrenada por el carácter francés, de forma que, por ejemplo, son contados los efectos pictóricos ilusionistas, quedando igualmente la escultura y la pintura perfectamente delimitadas, no invadiendo ninguna la zona de la otra.Aquella decoración causó asombro y, tras la fiesta del 17 de agosto de 1661 que arrastró a la desgracia a Nicolas Fouquet, Colbert aprovechó el equipo de artistas y el nuevo estilo para las empresas reales, siendo la primera ocasión en que lo utilizó la restauración de las zonas del Louvre arrasadas en el incendio de febrero de 1661.En este palacio, la antigua Galería de los Reyes incendiada se convirtió en la Galería de Apolo, iniciándose la decoración bajo la dirección de Le Brun en 1663, quien aplicó los mismos principios estilísticos que en Vaux-le-Vicomte, aunque con un tratamiento más grandioso. Sin embargo, la obra no se finalizó, como tantas otras cosas de este palacio, sino hasta el siglo XIX, ya que los artistas que estaban interviniendo hubieron de trasladarse a Versalles, que se había convertido en el centro de las empresas artísticas de la Corona.Y aquí en Versalles se conserva la decoración original de este tipo en los Grands Appartements, donde se trabajó entre los años 1671 y 1681 con un estilo más rico que el de la Galería de Apolo del Louvre y según dos fórmulas; en una, las paredes se recubrieron con terciopelos, generalmente de color verde o carmesí ornamentados con dibujos, colgándose allí cuadros de artistas italianos; en los otros casos, en lugar de terciopelos se emplearon planchas de mármol de distinto color.Los salones tuvieron una fuerte carga simbólica y así, además de su denominación en relación con los planetas y la mitología clásica, los temas pintados en los techos hacían relación a las hazañas del monarca, comparándolas muchas veces con episodios semejantes de la Antigüedad o de la misma mitología, siguiendo las fórmulas empleadas en Vaux-le-Vicomte de mezclar pintura y estuco.En muy escasos lugares, entre los que destacan la Sala de Guardias de la Reina, la Escalera de la Reina y la Escalera de los Embajadores, se hicieron motivos de trompe-l'oeil. Por otra parte, con viene señalar que esta última escalera, concebida por Louis Le Vau y comenzada en 1671 por François d'Orbay, era además una pieza de gran valor arquitectónico que se estructuró mediante dos rampas opuestas entre sí y paralelas a la pared, siguiendo el esquema de la que diseñó Primaticcio en el ala de Belle Cheminée del palacio de Fontaineblau.La decoración se completó en muchos salones con lujosos suelos de mármol que enriquecían el conjunto, pero que, sin embargo, fueron levantados en 1684 por razones prácticas y sustituidos por otros materiales menos fríos.Pero este tipo de decoración tuvo sus momentos finales hacia 1683, fecha en que moría Colbert y Luis XIV nombraba para ocupar su cargo a Louvois. Esta sucesión que, a primera vista, podía resultar intrascendente, tuvo sin embargo un marcado reflejo en la decoración que a partir de entonces se hizo en Versalles y que se corresponde con el último período de sus etapas constructivas.El nuevo ministro, carente de las dotes y personalidad de su predecesor, cedía a todos los caprichos del rey con tal de tenerlo contento, por lo que durante cinco años hubo un gasto inmenso que indudablemente tuvo su reflejo en las producciones artísticas. Pero además, Louvois provocó un cambio en la dirección artística al favorecer a Mignard frente a Le Brun, cediendo a Jules-Hardouin Mansart la iniciativa en los aspectos decorativos.Sin embargo, todavía en este período se produjo la última victoria de Le Brun con la decoración del que puede considerarse como el salón más representativo de Luis XIV, la Galería de los Espejos. Jules-Hardouin Mansart deseaba para este lugar una decoración más sobria que lo que entonces se acostumbraba hacer, pero no consiguió que su opinión venciera a la de Le Brun, quien, por otra parte, fue consciente de que aquella era su última actuación, por lo que intentó superarse y hacer su obra cumbre. Pero esta obsesión le llevó a realizar un conjunto excesivamente recargado, donde la gran cantidad de figuras y símbolos enturbian la comprensión total.El salón es una larga galería de 75 metros de largo por 10 de ancho, que presenta en uno de los lados largos 17 grandes vanos que se corresponden con otros tantos espejos situados enfrente. Estos espejos tenían como finalidad fundamental redoblar la iluminación tanto natural como artificial, al tiempo que, ilusoriamente, ampliaban el espacio de la estancia y se prestaban a los efectos de sorpresa tan propios del Barroco. Entre ellos se dispusieron 24 pilastras de mármol rojo con basas y capiteles de bronce dorado y a intervalos determinados se abrieron nichos en los que se instalaron estatuas de divinidades mitológicas. En el techo, la larga bóveda está bordeada de trofeos y muestra pinturas en las que se narran las glorias militares de Luis XIV. Cabe tener presente además la gran suntuosidad que añadía al conjunto el mobiliario, del que muchas piezas eran incluso de plata.Pero al final, las ideas de Mansart triunfaron, siendo el Salón del Ojo de Buey el más representativo del nuevo gusto. Decorado en 1701, se aprecia ya cómo la atención prioritaria no se sitúa en recargar los elementos decorativos, sino que, al contrario, los paneles se vuelven más ligeros, los espejos aparecen como algo imprescindible y desaparece la pesadez de muchos adornos; en esencia, todo se hace más elegante.

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