Expansión romana



Comentario

Polibio comienza sus Historias diciendo: "¿Qué hombre en todo el mundo puede ser lo bastante estúpido o frívolo como para no querer conocer cómo y bajo qué forma de gobierno casi todo el mundo habitado, conquistado en menos de 53 años, ha pasado bajo la autoridad de Roma? Es un hecho que no tiene precedentes". Esta imparable expansión de Roma sorprendía ya a los historiadores antiguos y para los modernos no están resueltas, ni mucho menos, todas las claves del proceso.
Polibio se refiere a los acontecimientos bélicos posteriores al 264 a C, pero la fecha no es lo fundamental, puesto que si se acepta que Roma ejerció una política imperialista, el momento, el punto de arranque que justifique esta afirmación es bastante discutible. Se considera -con muy poca lógica- que la conquista de Italia no supuso ningún tipo de imperialismo por parte de Roma. Serían más bien guerras defensivas y habría por tanto que esperar a la Primera Guerra Púnica o incluso a la segunda para hablar de una política imperialista, ya que Roma no pudo ver ninguna amenaza directa. Otros autores señalarían el inicio del imperialismo romano a partir de la segunda guerra contra Macedonia, etc. Pero, en nuestra opinión, no puede establecerse en ningún momento determinado el comienzo del imperialismo romano. Si existió, sus raíces están en la propia estructura de la sociedad romana y en la evolución posterior de ésta, en la que, a factores políticos, se fueron añadiendo otros de carácter económico, psicológico, diplomático, etc... que marcaron la política exterior de Roma y posibilitaron que se convirtiese en una potencia dominadora de medio mundo.
Por otra parte, es difícil explicar en qué sentido fue Roma imperialista. En muchos casos Roma no buscaba anexiones, como lo demuestran, por ejemplo, su tratado con los etolios del norte de Grecia -a los que sólo exigía su parte del botín en las operaciones conjuntas-, o la creación en el 167 a.C. de cuatro repúblicas artificiales en Macedonia, o el rechazo de territorios legados por testamentos, como es el caso de Egipto en el siglo I a.C. o la propia existencia de los llamados estados clientes, como es el caso de Tracia (anexionada en el 46 a.C.), Mauritania (donde Juba II había sido colocado por Roma como Rey en el 25 a.C.), el reino de Emesa, la tetrarquía de Abilene, etc.
Lo cierto es que en Roma, desde sus comienzos, se configuró una sociedad militarista. La asamblea creada por Servio Tulio, los comicios centuriados, era básicamente militar y en ella se vinculaba el poder y la riqueza al honor militar. La virtus romana era, en definitiva, el valor, la valentía. Desde los comienzos de la República las magistraturas más elevadas eran las militares. Por tanto, Roma practicó una política militar desde sus comienzos y uno de los objetivos militares básicos de entonces era la expansión. En muchas ocasiones podrían considerarse razones defensivas, en otros casos no. Se buscaban intereses económicos -nuevas tierras- o estratégicos: seguridad en sus fronteras, aumentar su autoridad política protegiendo a sus aliados frente a otros agresores, etc.
En una segunda fase, a partir del siglo III, los intereses siguieron siendo básicamente los mismos, pero los éxitos conseguidos habían generado una dinámica de alianzas políticas, de grupos de poder y de necesidades que implicaban la continuación de su política expansionista. En primer lugar, la más alta ambición para cualquier miembro de la oligarquía era el triunfo. La celebración de la victoria, con su despliegue de procesiones, equiparaba al vencedor casi con un dios. Es sabido que se dieron campañas provocadas por generales para conseguir tal triunfo, incluso antes de que el Senado perdiera el control sobre las guerras en el siglo I a.C. La tradición aristocrática romana estaba bajo el influjo del mundo helenístico. Quizá ya Escipión siguió el modelo de Alejandro, como hicieran después Pompeyo y César.
Por otra parte, la oligarquía romana adquiría, a través de la victoria militar, prestigio y clientes en las nuevas provincias dominadas. La mayoría de los propios conquistadores pasaban posteriormente a ser elegidos patronos de la ciudad o provincia por los propios vencidos. Los patronos obtenían el apoyo de la comunidad cliente hacia él y su familia; su título de patrono era hereditario. A cambio, protegía a sus clientes de los malos tratos o abusos y, en general, intentaba promocionar a las élites provinciales, ahora clientes suyos, y a la ciudad. Así, C. Fabricius Licinius, vencedor de los samnitas, es elegido por éstos patrono en el 282 a.C. El propio Catón, en el 195 a.C. y después de sus campañas victoriosas en Hispania, es elegido patrono por los hispanos.
Los intereses económicos jugaban también un papel determinante. En principio, el botín estaba legalmente a disposición del general, aunque normalmente, se entregaba parte de él al Tesoro estatal y otra parte se destinaba a obras públicas que aseguraban la gloria y popularidad del benefactor.
También era la forma más segura de pagar a las tropas, entre las que el general repartía parte del botín oficial. Los pequeños propietarios campesinos (y a finales del siglo II a.C. los proletarios) verán en las guerras la posibilidad de hacer fortuna. No olvidemos que durante las guerras itálicas la victoria había llevado a menudo a parcelar la tierra conquistada entre los ciudadanos pobres incluso después de las guerras ultramarinas. El Estado a veces adquirió tierra para arrendar a los ciudadanos y las colonias de veteranos fueron después seguidas por emplazamientos para la plebe romana a gran escala. En este sentido, a veces las guerras eran la vía más segura para neutralizar las amenazas o revueltas internas.
Los negotiatores encontraron en las guerras y las anexiones, un filón que les permitió hacer grandes fortunas. Cicerón dice, posiblemente sin exagerar, que Roma fue a menudo a la guerra a causa de sus mercaderes. Esclavos, metales, objetos manufacturados y todo tipo de productos obtenidos en las guerras proporcionaban un constante beneficio para los comerciantes romanos y latinos. El Estado aumentó estas operaciones con la creación de puertos libres (como el de Delos en el siglo II a.C.) o, a veces, con la exención de tasas portuarias. Sólo el comercio de grano fue siempre vigilado y controlado por el Estado. La provisión de los ejércitos y el mantenimiento de la plebe romana eran objetivos prioritarios.
Así, económicamente, la política de guerras y de expansión practicada por Roma contaba con el consenso no sólo del Senado y la oligarquía romana y latina, sino con la de todos los sectores sociales incluida la clase más desfavorecida. Además, el Tesoro estatal se hizo cada vez más dependiente de los ingresos exteriores: las indemnizaciones, los impuestos y tributos, los aranceles... eran la fuente esencial que permitía financiar los enormes gastos que las guerras suponían.
Sin duda los romanos no consideraron nunca inmoral o reprobable su política imperialista. Su conservadurismo hacía que el aval legal que justificaba una guerra sancionara a ésta como un acto patriótico y necesario.
Se atacaban a veces las guerras inspiradas por la codicia de algún oligarca. Se conocen las objeciones que se plantearon a la campaña parta de Craso o la oposición de Catón, en el 167 a.C., a una proyectada contra Rodas. Pero aún así, a veces esta voluntad era manejada, como sucedió con la expedición a Sicilia del 264 a.C. Dice Polibio que el Senado se negó a responder a la llamada de Mesina, pero la plebe la aceptó bajo presión de los cónsules Apio Claudio Caudex y Marco Fulvio Flaco. Los Fulvios, originarios de Tusculum, habían dominado la ciudad durante la primera Guerra Púnica junto con familias de origen campano y samnita, como los Atilios y los Octilios, y obviamente les preocupaba la suerte de sus compatriotas instalados en Sicilia y amenazados por Siracusa.
Así, el imperialismo romano no fue ni constante ni premeditado, como han mantenido muchos historiadores, ni tampoco el resultado de una serie de contingencias. Cada progreso de Roma en Italia aumentaba sus responsabilidades, convirtiéndola en potencia más idónea para proteger el mundo de las ciudades, demasiado dividido para ser sólido, contra las oleadas procedentes de los pueblos montañeses. Por otra parte, en muchas ocasiones Roma prefirió -como hemos visto- cambiar sus relaciones con los pueblos extranjeros por un sistema de clientela, base de la vida social y de la actividad política de la aristocracia que la dirigía.
Sin duda se fue relajando con el tiempo la fides, base de sus relaciones con los extranjeros y entre los propios ciudadanos. Pero también su experiencia política los condujo a un mayor pragmatismo y cierta desconfianza política. Así lo constataron con la actitud de gran parte de sus aliados itálicos durante la segunda Guerra Púnica. E incluso antes, en el siglo IV a.C., cuando se batieron contra los galos, ignoraron que estas bandas errantes, empujadas por necesidades materiales, eran utilizadas por Dionisio de Siracusa para debilitar a sus adversarios. Estas y otras experiencias guiaron la política de Roma, como en general han guiado la política de todos los pueblos a través de los siglos.
Concluyendo, en nuestra opinión, el impulso que llevó a Roma a la conquista del mundo mediterráneo y las formas que adoptó dicha conquista están íntimamente ligados a las instituciones republicanas, responsables de su orientación y de los medios para llevarla a cabo. A esto habría que añadir que la visión actual de la expansión de Roma es bastante incompleta, ya que de muchos de sus principales contrincantes (los samnitas, cartagineses, etc.) no poseemos testimonios propios, ni conocemos sus juicios y valoraciones sobre su propia política o la de Roma. La justificación histórica de Roma se apoya en su éxito político y éste ha determinado, como sucede generalmente, el juicio de la posteridad.

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