La fundación de una ciudad romana

Muralla romana (Ampurias, Gerona). Lienzo meridional
Época: Arte Antiguo de España
Inicio: Año 150 A. C.
Fin: Año 350

Antecedente:
Urbanismo hispanorromano

(C) Carmen Fernández Ochoa



Comentario

Cuando Roma fundaba una ciudad ex novo en una provincia, repetía un ritual enraizado en la tradición etrusca, a la vez que aplicaba unos esquemas de organización espacial estrechamente vinculados a los principios de la urbanística helénica.
Los etruscos poseían libros rituales, con preceptos exactos para realizar la ceremonia fundacional de una ciudad que era un acto sustancialmente religioso. Los relatos míticos de la fundación de Roma muestran a Rómulo oficiando precisamente esos ritos ancestrales de origen etrusco.
Antes de proceder a trazar el perímetro, el augur consultaba los presagios para comprobar que el lugar elegido era aprobado por los dioses. A continuación, en el punto central del espacio seleccionado se abría una fosa circular o mundus con ofrendas y tierra traída de los lugares de procedencia de los fundadores. Esta fosa se cerraba con una piedra cuadrada en torno a la cual se ubicaban los estandartes militares, si se trataba de una deductio de veteranos del ejército. Para la delimitación del perímetro se empleaba un arado de bronce tirado por una yunta de bueyes blancos conducidos por un sacerdos. La reja marcaba el surco originario (sulcus primigenius) -donde se debía levantar la muralla-, y señalaba el pomerium o perímetro de la futura ciudad. El pomerio era una franja de tierra fuera de la muralla que se constituía en espacio sagrado, habitado por los dioses patrios. Dentro del recinto no podía haber enterramientos ni culto a dioses extranjeros. Esta ceremonia de la arada ritual se llamaba inaugurado.
En Hispania existen testimonios numismáticos que conmemoran la fundación de algunas colonias. En las monedas fundacionales de Celsa, Emérita y Caesaraugusta se representa al sacerdos con el bastón en la mano izquierda y el arado en la derecha dirigiendo la yunta de bueyes que marcaría el pomerium.
A partir del mundus o círculo del pozo que simbolizaba la redondez del mundo, se ordenaba el plano de la ciudad y su territorium. El agrimensor, con su aparato de medición (groma) trazaba una cruz en el círculo. El trazo E-O marcaba una calle principal denominada decumanus maximus, y el trazado N-S formaba el cardo maximus. La denominación cardo-decumanus se utilizaba en las divisiones del catastro agrícola, aunque por comodidad y costumbre se sigue llamando así a las calles de la ciudad. La ciudad quedaba dividida en cuatro regiones (siniestra, dextra, antica y postica). Esta división del espacio recibía el nombre de limitatio dentro del ceremonial que venimos analizando.
En el lugar de intersección del cardo y el decumanus se abría el espacio de forum desde donde partían las calles principales que iban a dar a las cuatro puertas de la ciudad. Todas estas operaciones constituían la orientatio.
En el forum se levantaban los edificios de carácter público relacionados con la religión, la vida municipal y el ocio. Los foros eran plazas públicas, porticadas en alguno de sus lados, de uso exclusivamente peatonal. Templo (capitolio o de culto imperial), basílica y curia eran los edificios básicos en la constitución de un forum que podía ser provincial (para el gobierno de la provincia, por tanto ubicado en la capital) o local, con edificios dedicados a la administración de la colonia o municipio.
Las calles secundarias de la ciudad se trazaban en paralelo con las dos principales y daban lugar a las insulae o manzanas que servían de solares para las viviendas privadas o para distintos edificios públicos (termas, gimnasio, etc.). Las insulae podían ser cuadradas o rectangulares. Cuando tenían el lado más largo paralelo al cardo maximus la disposición era per strigas, pero si los lados largos eran paralelos al decumanos maximus, la ordenación era per scamna.
La fórmula ritual última era la consecratio en la que el sacerdote (pontifex) realizaba un sacrificio a los dioses capitolinos: Júpiter, Juno y Minerva. Este ritual de fundación descrito por los autores antiguos (Vitrubio, Higinio, etc.), se completaba con la división del territorium de la ciudad, que se repartía entre los colonos fundadores mediante parcelas cuadradas de 710 m siguiendo los ejes varios (centuriatio).
Tanto en el mundo etrusco como en el romano, la fundación de una ciudad se hallaba impregnada de sentido religioso y toda fundación urbana debía vincularse a un héroe fundador convertido en protector de la nueva ciudad. A partir de César y Augusto, este patrocinio fue atribuido a los emperadores como ordenadores del orbe.
Es bien sabido que el sistema aquí presentado se aplicaba sólo cuando Roma podía proyectar sin trabas sus principios urbanísticos en un determinado lugar porque, en numerosas ocasiones, se vio forzada a aprovechar un oppidum preexistente con los condicionamientos que ello implicaba. Fue, por tanto, un modo de actuación adoptado por las ciudades creadas ex novo.
A menudo, la elección de un lugar para establecer una ciudad venía marcada por su valor estratégico en la encrucijada de antiguos caminos o por su situación junto al paso de un río. Se valoraban también las ventajas de carácter topográfico como las colinas ligeramente elevadas o los terraplenes aptos para edificar las gradas de un teatro o de un anfiteatro, con lo que se evitaba una importante partida de gastos en la construcción de tales edificios públicos.
Una cuestión de máximo interés para la ubicación de un núcleo urbano era la posibilidad de disponer de agua abundante en manantiales y fuentes próximas. Los ingenieros romanos aplicaron todo su saber en la realización de presas, conducciones hidráulicas subterráneas y acueductos. En la península Ibérica contamos con ejemplos espléndidos en Segovia, Tarragona y Mérida.
La ciudad romana era, en suma, un núcleo integrado donde la funcionalídad y la monumentalidad se fusionaban configurando unos espacios interiores que se abrían, mediante dos arterias principales, al mundo exterior de la ciudad. Al lado de esas calzadas, en las salidas del recinto, se establecían las necrópolis, ya que la ley romana prohibía realizar enterramientos dentro del núcleo urbano.
Para finalizar este apartado conviene recordar la influencia que el estatuto legal de una ciudad pudo tener en la organización del espacio urbano y en la suntuosidad de sus monumentos. La municipalización, es decir, la existencia de lugares con categoría de colonias y municipios que constituían el grupo de las civitates privilegiadas, no significó necesariamente urbanización, aun cuando lo más normal era que los centros administrativos de este tipo adquieran carácter urbano. F. Kolb opina que no se deben denominar ciudades a comunidades organizadas al estilo romano con el único apoyo de su estatus legal. En el mundo romano hubo pequeños municipios con todos los derechos pero que no reunían los requisitos propios de una ciudad (acumulación de población, estructura económica adecuada, arquitectura urbana definida, etc.), mientras que espacios urbanos de carácter monumental descubiertos por la arqueología parecen carecer del estatus de la civitas. Parece lógico pensar, con P. Gros, que en cualquier colonia objeto de deductio (ciudadanos o soldados enviados para fundar una ciudad al estilo de Roma en un territorio provincial) se plasmaría una morfología determinada, con muralla, regularización de planta, lotificación del espacio para ubicar los edificios, etc. Es verdad que Roma hubo de aplicar formas elásticas y variables en la implantación del fenómeno urbano en atención a las situaciones preexistentes, pero no cabe duda de que numerosas ciudades del orbe romano vieron modificarse su estructura a medida que alcanzaban mayores privilegios.

Imágenes

Muralla romana (Tarragona)