Prisioneros de guerra

Prisioneros de guerra alemanes capturados en el Ruhr (Alemania)
Fecha: 1939-1945


Comentario

El historiador Gregory Franklin cifró el número de prisioneros de guerra de la II Mundial en 7.800.000 soviéticos, 4.545.000 alemanes, 1.800.000 franceses, 1.336.000 italianos, 130.000 húngaros y 100.000 rumanos, entre las nacionalidades principales por número. Aunque todos integrados bajo una misma categoría, la de "prisionero de guerra", y de derecho protegidos por la Convención de Ginebra, las condiciones a que hubieron de hacer frente fueron muy diversas, principalmente en función de su nacionalidad, si bien, en términos generales, se puede decir que su situación fue "menos mala" que la que hubieron de sufrir las personas integradas en otra categoría, la de "deportados".
Aparte de diferencias de trato en función de su origen, los prisioneros de guerra recibieron también consideraciones diferentes a lo largo de la guerra. Así, por ejemplo, los prisioneros holandeses fueron bien tratados tras la invasión nazi de su país, pues eran considerados como pertenecientes a la "raza germánica". Podían, durante las semanas siguientes a la capitulación, circular libremente y uniformados. Sin embargo, a partir de 1943, los ocupantes, para prevenir actos de resistencia o sabotaje, decidieron confinarles en campos especiales, lo que hizo que muchos pasaran a la clandestinidad.
La Alemania de Hitler estableció dos categorías de campos de prisioneros de guerra: los "Oflag", para oficiales, y los "Stalag", para tropa. Cada una de las regiones en que fue dividido el territorio de Alemania albergaba varios campos, siendo denominados con un indicativo propio de la región; así, por ejemplo, el Oflag XB de Hannover o el Stalag XVII B de Austria.
Una categoría especial estaba formada por campos de castigo en los que eran confinados los prisioneros de comportamiento hostil, como los de Rawa-Ruska o Lübeck.
Los prisioneros de los stalag estaban adscritos a un campo, al que eran conducidos durante la noche, mientras que, durante el día, debían trabajar en minas, fábricas o granjas. Estos últimos gozaban de una situación menos desfavorable, pues se beneficiaban de una mejor alimentación y una carga de trabajo menor. El resto de prisioneros de los stalag, en general, hubo de afrontar pésimas condiciones de supervivencia, carencia de alimentos, un trabajo excesivo, una higiene deficiente y falta de asistencia médica. En consecuencia, las muertes fueron muy numerosas, sobre todo entre los prisioneros soviéticos y del Este de Europa.
Los oficiales confinados en los oflag estaban permanentemente encerrados, recibiendo una ración alimentaria menor, al no estar obligados a trabajar. Complementada la dieta con los envíos de alimentos realizados por los familiares, la situación cambió a partir de septiembre de 1944, en que estos se restringieron. En consecuencia, los últimos meses de la guerra hubieron de vivirlos en unas pésimas condiciones de supervivencia. No forzados a trabajar, ocupaban su tiempo en actividades artísticas e intelectuales.
Durante los primeros tiempo de la guerra, muchos prisioneros fueron confinados en campos fuera de Alemania, especialmente en "frontstalag" de Francia y Bélgica. Sin embargo, desde principios de 1941 fueron enviados a Alemania.
Entre los prisioneros que recibieron peor trato por parte de los alemanes hay que citar a soviéticos e italianos, quienes no recibían protección por parte de la Cruz Roja Internacional. Los primeros, considerados racialmente inferiores por Hitler y sus acólitos, hubieron de sobrevivir en unas penosísimas condiciones, calculándose que perdieron la vida en campos alemanes cerca de 2.800.000. En sus campos, recibían de manera habitual la visita de los emisarios del colaborador nazi Vlassov, con el fin de enrolarlos en su Ejército.
Los italianos, por su parte, comenzaron a poblar los campos nazis de forma masiva a partir de la capitulación italiana en 1943. Su penosa situación venía dada por el hecho de que eran enviados a los campos nazis por el gobierno fascista italiano, quien les acusaba de colaborar con el enemigo. Por ello, recibían un trato especialmente malo, con escasos alimentos y malos tratos constantes. Al igual que los rusos, también eran invitados a enrolarse en el Ejército de Mussolini, viendo agravada su condición en caso de renuncia.
Aunque no estaban tan mal considerados entre los nazis, los prisioneros británicos y norteamericanos hubieron de sufrir una existencia muy penosa en los campos japoneses, empeorada por las torturas a que eran sometidos. Se calcula que cerca de 15.000 murieron durante los trabajos de construcción de una vía férrea en Birmania.
Los prisioneros alemanes fueron enviados a veces a campos de confinamiento en Estados Unidos y Canadá, recibiendo un buen trato en términos generales. Caso diferente fue el de los soldados y oficiales capturados por las tropas soviéticas o el de los apresados en Francia durante los últimos meses de la liberación, que fueron víctimas de condiciones penosas y muy deficientes.
Los intentos de escapatoria fueron numerosos, muchos de ellos a través del clásico túnel. Sin embargo, en general, las evasiones no se vieron coronados por el éxito, si bien parece ser que unos pocos miles de prisioneros lograron escapar e integrarse en las filas de la resistencia o alcanzar territorios neutrales como Suiza o España.
La actitud de los prisioneros fue, en algunos casos y en la medida de lo posible, de resistencia pasiva, llegando a cometer algunos actos de sabotaje en los lugares de trabajo. En algunos oflag se llegaron a crear redes clandestinas de resistencia y evasión.
El avance aliado por Europa en los últimos meses de la guerra conllevaba por parte nazi el abandono de los campos y el traslado de los prisioneros hasta Alemania. La liberación definitiva de prisioneros dio comienzo a mediados de abril de 1945, cuando ya la derrota del III Reich era visible, a menudo precedida por negociaciones entre los comandantes de los campos y los jefes militares de las tropas aliadas.

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