Luis XIV

Luis XIV
Nacionalidad: Francia
Saint Germain en Laye 1638 - Versalles 1715
Rey 1643 - 1715



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Comentario

Hijo y sucesor de Luis XIII y de Ana de Austria, nació en Saint Germain-en-Laye el 5 de septiembre de 1638.
Durante la minoría de edad de este rey ocupó la regencia la reina madre, Ana de Austria, quién confió el gobierno al cardenal Mazarino, el cual siguió la política de Richelieu. Precisamente su gobierno absolutista termina con la crisis de la Fronda en la cual la alta nobleza junto con la burguesía consiguieron mandar al destierro a este cardenal. A partir de aquí, Luis XIV es declarado mayor de edad y comienza la decadencia de la alta nobleza y el favorecimiento de la burguesía, que en virtud del reglamento del 1673 pudo acceder al Consejo de Estado. Luis XIV comenzó a absorber totalmente el poder en base al fundamento de las teorías sobre absolutismo de Juan Bodino y Tomas Hobbes. Ya su predecesor Luis XIII había configurado los pilares de este tipo de gobierno y es Luis XIV el que lo lleva a su máximo exponente; también es cierto que esta absorción pudo llevarla a cabo gracias a la eficacia de ministros como Colbert, Louvois y Lionnes. Gran parte de la política personal desarrollada durante su reinado estuvo influenciada por los primeros años de regencia (1643-1661), en los que vio el poder real seriamente debilitado y cuestionado. Así, el traslado de la corte a Versalles, un palacio hecho a su medida para magnificar y proclamar la grandeza del monarca y su soberanía y dominación sobre todos sus súbditos; la erección de los palacios y jardines anexos, simbolización del orden y la estructura social claramente compartimentada y compuesta de grupos nítidamente definidos y el dominio que el monarca ejerce sobre ellos; su ataque y limitación al poder de la aristocracia, a la que hace responsable de la debilidad del soberano, de la monarquía y del país; la limitación de las atribuciones de los Parlamentos, a los que suprime la posibilidad de discutir sobre las atribuciones reales. Todas estas medidas están encaminadas a hacer de la monarquía y de la figura del rey un asunto incontestable, dotada de un poder omnímodo sobre cosas y personas.
Su ministro Colbert fue figura clave en sus primeros años. Desde su cargo de responsable del tesoro francés, emprendió una política de puro corte mercantilista que engrandeció la economía del país y las arcas del Estado, que pudieron así dedicarse a costosas campañas militares en el exterior y a la promoción de la figura del monarca en el interior. El ministro francés Colbert fue el máximo impulsor de iniciativas industriales. Su acción no se limitó solamente a proseguir levantando las barreras proteccionistas clásicas en el mercantilismo de la época sino que creó industrias estatales, cuya explotación y administración puso en manos de mentes oficiales. Otra acción consistió en favorecer mediante privilegios, exenciones, monopolios y pedidos estatales a un amplio conjunto de empresas correspondientes a la iniciativa privada, a las que se distinguió con el título de manufacturas reales.
El objetivo del desarrollo económico era doble: por un lado, sufragar la política exterior expansiva propuesta por Luis XIV, quien se creía a sí mismo un ser semi-divino y con derecho a imponer su voluntad sobre todas las naciones. Por otro lado, el desarrollo económico interior permitiría al monarca plasmar su grandeza frente a la nobleza, adocenarla, y favorecer y promocionar a la burguesía con cargos y prebendas. Las fábricas reales trabajaron productos exquisitos y de lujo, dedicadas fundamentalmente a la decoración de los palacios reales, provistos de gran fasto y suntuosidad.
La economía se puso al servicio de la política del rey y de sus gastos personales, sin que el incremento de los ingresos sirviera para promover reformas sociales.
La implantación de un poder monárquico absoluto en Francia vino a acabar con el antiguo cuestionamiento que la institución sufría desde la época medieval. Como en muchos otros estados europeos, el poder real hubo de dominar y establecer bajo su control a muy diversas facciones -fundamentalmente nobleza, clero, ciudades- que impedían la formación de un estado unitario, sólido e implantado en todo el territorio. El proceso que lleva a Luis XIV a detentar un poder absoluto acaba por identificar a su persona con el Estado -"El bien del Estado es la gloria del rey", llegaría a decir- sin compartirlo con ninguna otra persona o institución.
Tras domesticar a la nobleza, Luis XIV dirige sus actuaciones contra el clero francés, dependiente de Roma. Así, emprende un programa con el que logra intervenir en el nombramiento de cargos eclesiásticos, defiende el galicanismo, por el cual restringe en gran medida la dependencia de la Iglesia gala de la romana, y se atrae la confianza del estamento clerical mediante la defensa de la fe católica desde las filas del Estado y la lucha y persecución de la herejía. Para aumentar la fortaleza del Estado y lograr una mayor cohesión social, Luis XIV tomó la decisión política de imponer la unidad de fe en su Reino, lo que supuso una mayor presión inicial sobre los protestantes franceses, seguida poco tiempo después de un ataque abierto contra ellos por medio de la revocación del Edicto de Nantes, proclamado por Enrique IV, efectuada con el Edicto de Fontainebleau publicado el 18 de octubre de 1685. Culminaba así una política de endurecimiento religioso que había pasado por una primera fase en la que los hugonotes fueron perdiendo paulatinamente sus privilegios, hasta que se dio el paso definitivo de la prohibición oficial de su credo. Semejante actitud de firmeza y autoritarismo regio fue la que se adoptó frente al Papado y contra los jansenistas. Respecto a la Santa Sede no se le permitió la más mínima intromisión en los asuntos internos franceses, agudizándose por lo demás el galicanismo político y la subordinación de la Iglesia al Estado; en cuanto a los seguidores de Port-Royal, se puso especial cuidado de que su creciente influencia no alcanzase cotas peligrosas de desviacionismo socio-religioso, estableciéndose una atenta vigilancia sobre ellos con momentos de represión más definida.
En 1660 casó con la infanta española María Teresa de Austria en cumplimiento de lo acordado en la paz de los Pirineos.
La muerte de sus más cercanos colaboradores, como Colbert (1683) y Louvois (1691) le hace retraerse y encerrarse en las tareas de gobierno, a las que dedica nueve horas diarias. Ya no cede ninguna parcela de gobierno a sus colaboradores, cumpliendo sus deseos de "ser él su propio primer ministro".
En mayo de 1682 la corte se traslada a Versalles. Símbolo del estado absoluto, el palacio fue construido entre 1624 y 1708 por el arquitecto Mansart y decorado por Lebrun.
La vida de la corte gira en torno a la figura del monarca, concebida, según la mentalidad barroca, como una pieza teatral con el mundo por escenario. La vida del rey se convertía desde el primer momento en historia, si no en mito, haciendo de la aparición del soberano en cualquier acto público una ceremonia. El mismo rey era imagen viva de su propia majestad, convencido de su origen divino.
La corte del Rey Sol era entendida como un cosmos, simbolizando el monarca a los mismos Júpiter, Apolo o el astro solar. El mito solar es utilizado como metáfora por el rey y su corte: en torno al Sol, que ocupa una posición central, giran los objetos celestes, que necesitan de la estrella para vivir.
Transmitir esta simbología requiere de un eficaz programa propagandístico. Cuadros, imágenes, medallones y monumentos extienden la figura del rey, especialmente en Versalles. El mismo palacio está construido para simbolizar la majestad y grandeza del monarca; así, su dormitorio, ocupa un lugar central en el eje este-oeste, siendo a la vez lugar de culto y emanación de poder. Pero la mejor propaganda del monarca la hace él mismo: su vida diaria se desarrolla siguiendo la ruta solar, de este a oeste, y cada acto está programado hasta la saciedad, incluso en sus más íntimos detalles. La vida cotidiana del Rey Sol se convierte en materia de culto, desarrollándose complejas ceremonias que rodean ritualmente a actos personales como el "lever" o el "coucher" del monarca, asimilados al amanecer o el atardecer del Sol. Libros de protocolo describen y reglamentan los actos, como si de una obra teatral se tratase, describiendo cada movimiento de los numerosísimos servidores y previendo cualquier incidencia. El ceremonioso monarca pasa horas antes de dejar la cama y vestirse por completo; la Corte está presente en todos sus actos: la cercanía al Rey simboliza su presencia y participación en el esplendor del firmamento. Los aristócratas más cercanos observan como un privilegio servir a su rey hasta en las tareas más íntimas, y se instalan en pequeñas dependencias anexas. En el recinto de Versalles surgen pequeñas construcciones donde el rey y los cortesanos pueden desarrollar sus actividades lejos de miradas indiscretas. Algunos edificios, como el Trianon de Porcelaine, constituían el lugar de encuentro de Luis XIV con su amante, madame de Montespan. Casi 80 años después, el monarca ordenó la construcción del Petit Trianon para su favorita, madame de Pompadour, para la que además creará el título de maîtresse-en-titre, para elevar a un rango oficial a su amante. En adelante todas lo usarán, otorgando Luis XV a la misma madame Pompadour el título de marquesa.
Las fiestas en los fastuosos jardines servían, igualmente, para plasmar la grandeza del rey Sol. Fuentes, glorietas, esculturas y construcciones efímeras servían de escenario para realizar fiestas deslumbrantes, a veces de varios días. En algunas, una construcción hecha al efecto resultaba destruida por un incendio provocado, arrancando gritos de júbilo y admiración entre los congregados. Por último, la grandeza del monarca se plasmaba también en su entrada solemne a las ciudades, realizando recorridos que continuaban la tradición medieval y para los que se construían suntuosos escenarios, como arcos de triunfo de madera. El triunfo simbolizaba el éxito de un programa de gobierno garante del orden, el equilibrio y la virtud, y tras el cual se situaba el monarca, protegido de los dioses, como responsable del buen funcionamiento cósmico. La ciudad se convertía, así, toda ella en escenario: sus plazas, calles y patios eran lugar de ceremonia, espacio festivo y teatral.
Desde el punto de vista artístico, el gobierno de Luis XIV es la época del proteccionismo estatal, del mecenazgo desde el poder y no individual, como había sido en el renacimiento. Así se funda en 1635 la Academia francesa para el fomento del arte y las ciencias. En el clasicismo francés sobresalen los pintores Poussin, Lorrain y el retratista oficial de la corte Rigaud.
En política exterior sus objetivos son alcanzar los límites naturales de Francia en el sistema Rin-Mosa-Escalda, reforzar la hegemonía francesa en Europa y hacerse con la herencia dinástica española, ya al final de su reinado. Con este criterio actuó primero en la guerra de Devolución por la que Francia obtuvo en la paz de Aquisgrán (1668) una serie de plazas en la frontera con los Países Bajos. Tras este enfrentamiento comenzó la guerra de Holanda en 1672. Esta política expansionista fue lo que determinó la formación de la Gran Alianza de la Haya por la cual Holanda, el Imperio Austriaco, España y los príncipes alemanes se unían contra el expansionismo francés. La paz de Nimega pone fin a esta guerra y Luis XIV retuvo Lorena y el Franco Condado. Continuó su ampliación de fronteras anexionándose territorios limítrofes como Estrasburgo, Luxemburgo etc. Finalmente en la batalla naval de la Hogue, Francia pierde su nueva flota y en 1697 firma el primer tratado desfavorable (paz de Ryswik), perdiendo algunos territorios para mantener Estrasburgo y Alsacia.
La búsqueda de la hegemonía en Europa le llevará, tras observar ciertos fracasos en el campo militar, a practicar la diplomacia en el caso de la herencia española. Para instalar a su nieto Felipe de Anjou en el trono hispánico, quien reinó con el nombre de Felipe V, emprendió una ardua labor diplomática que, sin embargo, no obtuvo los frutos apetecidos. La oposición de las potencias europeas a un eje franco-español dominado por Luis XIV o su sucesor en el trono empuja a una conflagración de carácter continental, la guerra de Sucesión española, que durará doce años. El hastío de los contendientes hará que se firme la paz en Utrecht y se ratifique en Ranstadt, determinándose que ninguna de las grandes potencias tendrá el poder suficiente para imponerse a las demás, y se crearán además unas potencias medianas, Estados tapones que obstaculizarán que cualquier veleidad hegemónica pueda llevarse a efecto. Los Borbones lograrán al fin situar a Felipe V en el trono español, pero éste habrá de ceder al emperador gran parte de los territorios europeos extrapeninsulares: Países Bajos, Milán, Nápoles y Cerdeña. Así, los largos años de guerra no impedirán el reparto de los territorios de la Monarquía española, como varias veces se había acordado previamente. Francia, por su parte, logró al fin romper el cerco de los territorios Habsburgo y afirmar sus fronteras al conservar Lille y Estrasburgo. El equilibrio se refuerza, además, con la creación de una barrera preventiva alrededor de Francia, que le impida desbordar fácilmente sus fronteras.
La gran vencedora será Gran Bretaña, que consolidó su posición como potencia marítima y comercial. En el Mediterráneo conservará Menorca y Gibraltar, conquistadas a España en el transcurso de la guerra, y le arrebatará la concesión del envío de un barco anual a las Indias españolas (el navío de permiso) y el derecho del asiento de negros en las mismas colonias. Francia renunciará al apoyo a los Estuardos y reconocerá a la nueva dinastía Hannover, que reinará en Gran Bretaña desde 1714, además de cederle la isla de San Cristóbal, en las Antillas, y los territorios alrededor de la bahía del Hudson, Acadia y Terranova, donde no conservará más que el derecho de pesca.
Luis XIV falleció en Versalles el 1 de septiembre de 1715, tras legar el trono francés a su bisnieto Luis XV.

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