Velázquez, pintor de los pintores

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Comentario

En el siglo XVII, Sevilla era la segunda ciudad más importante de España, tras Madrid. Al ser la sede de la Casa de la Contratación, todo el comercio que llegaba de América pasaba por su puerto, generando una ingente cantidad de riqueza. En esta alegre y bulliciosa ciudad nació el pintor más genial de todos los tiempos, don Diego Rodríguez de Silva y Velázquez, en el año 1599.
Miembro de una familia hidalga venida a menos, el aprendizaje artístico de Velázquez se inició cuando contaba once años, en el taller de Francisco Pacheco. Pacheco era un pintor manierista que estaba muy bien relacionado con la élite cultural de Sevilla, organizando todas las semanas en su casa una tertulia a la que acudía lo más granado de la cultura urbana, entre otros el futuro conde-duque de Olivares.
En el taller de Pacheco estuvo el joven Velázquez unos siete años, realizando labores de aprendiz hasta conseguir el título de pintor en 1617. La relación entre Velázquez y Pacheco se estrecha al año siguiente, cuando Diego casa con Juana Pacheco, hija de su maestro. Estos enlaces entre el mejor aprendiz de un maestro y la hija de éste eran muy frecuentes en el sistema gremial de la época, ya que permitían continuar la tradición familiar.
Entre 1617 y 1623 se desarrolla la primera etapa de la pintura velazqueña, la etapa sevillana. El estilo del joven pintor difiere del de su maestro, ya que se interesa por el naturalismo tenebrista, influido por Caravaggio, conocido en Sevilla posiblemente gracias al flujo mercantil de la ciudad. Tampoco debemos olvidar la influencia en esta primera etapa de los pintores flamencos, también presentes sus obras en la capital hispalense. Las pinturas de Velázquez están protagonizadas por personajes de carne y hueso, quizás tomados de la propia familia del pintor, queriéndose ver en ellos retratos de las personas más cercanas a él, como su esposa, su suegro o sus dos hijas. La producción velazqueña en Sevilla puede dividirse en varios temas: asuntos religiosos, asuntos cotidianos y retratos. Surgen así magníficas obras como la Vieja friendo huevos, protagonizada por una anciana que cocina en un hornillo de barro, o el Aguador de Sevilla, en la que un hombre nos ofrece el agua que porta en sus cántaros. Tonalidades oscuras, fondos neutros y un acentuado realismo caracterizan los trabajos de esta época. El éxito de su pintura viene determinado por una curiosa noticia: gracias a las ganancias obtenidas, Velázquez adquiere dos casas que serán destinadas al alquiler.
Sevilla parece quedarse pequeña al joven artista, ya que cuando le surge la primera oportunidad de trasladarse a la Corte no duda en dar este importante salto. Dicha oportunidad se presenta en 1623 y todo ocurre de manera muy rápida. Uno de los pintores del Rey ha fallecido y Velázquez presenta al monarca un retrato que le permite ocupar el importante cargo de Pintor del Rey. Desde ese momento, Felipe IV será su primer cliente y sólo posará para este pintor. Se abre así la segunda etapa de la pintura velazqueña, una etapa protagonizada por los retratos del monarca y de los personajes más influyentes de la Corte, entre ellos el conde-duque de Olivares, verdadero valedor de Velázquez ante el rey. Son retratos de cuerpo entero, con una gama cromática aún oscura, en los que don Diego se presenta ya como un sensacional retratista, interesándose por mostrar la personalidad de sus modelos, sacando el alma de cada uno de los retratados.
En estas fechas realiza también uno de sus cuadros más emblemáticos, los Borrachos. Fue un encargo del propio Felipe IV, en el que el artista quiso representar a Baco como el dios que obsequia al hombre con el vino, que lo libera, al menos de forma temporal, de sus problemas cotidianos.
La llegada de Peter Paul Rubens a España en 1628 supondrá un importante acicate para el todavía joven pintor sevillano. Rubens, pintor de fama reconocida, elegante e ilustrado, llega como diplomático y su presencia en la Corte servirá a Velázquez como ejemplo. Será Rubens quien anime a Velázquez a realizar el viaje a Italia para ponerse en contacto con la pintura renacentista y con lo que se estaba pintando en aquellos momentos en las ciudades italianas.
Este viaje será muy productivo para Velázquez, interesándose por las obras de los grandes maestros: Tiziano, Tintoretto, Miguel Angel, Rafael o Leonardo, pero también por los artistas actuales como Caravaggio, Carracci o Guercino. Durante esta estancia de dos años en el País transalpino pinta Velázquez dos obras que nos indican cómo ha asumido la enseñanza de los grandes, apreciándose un significativo cambio en el color y en el concepto de perspectiva. Se trata de La fragua de Vulcano y La túnica de José, dos pinturas en las que se narran episodios cargados de dramatismo. En ambas encontramos tonalidades brillantes, efectos de profundidad al disponer las figuras de manera acertada en el espacio, gestos forzados y naturales, reflejando la intensidad dramática en cada uno de los personajes. Velázquez ha madurado y se ha convertido en pintor con mayúscula.
Felipe IV desea que su pintor favorito regrese cuanto antes a Madrid y Velázquez tiene que abandonar las tierras italianas en 1631. Se inicia una nueva etapa en la pintura del maestro, realizando importantes trabajos decorativos para los palacios madrileños, especialmente el Buen Retiro y la Torre de la Parada, en El Pardo. Por supuesto que no abandona su faceta como retratista, posando para él los miembros de la familia real, especialmente el joven heredero Baltasar Carlos.
Para la Torre de la Parada pintará sus famosos retratos de caza, en los que la sierra del Guadarrama se convierte en un impresionista telón de fondo que dota de mayor naturalidad a las reales efigies. Pero será el Palacio del Buen Retiro el lugar al que estarán destinados buena parte de sus trabajos de este momento. Para el famoso Salón de Reinos pinta soberbios retratos ecuestres, entre los que destaca el de Baltasar Carlos, pintado para una sobrepuerta, por lo que se crea la impresión de que el caballo se abalanza hacia el espectador. Pero será la famosa Rendición de Breda la obra cumbre de este encargo, recogiendo con sus pinceles el momento en que don Justino de Nassau entrega las llaves de la ciudad a Ambrosio de Spínola, escena presenciada por los soldados de los viejos tercios españoles y por la joven tropa holandesa.
A lo largo de los casi veinte años que dura esta etapa Velázquez producirá obras que podemos considerar cumbre en la Historia de la Pintura. El famoso Cristo Crucificado, pintado para el convento de las Monjas Benedictinas de San Plácido de Madrid, presenta una de las anatomías más admirables, sin renunciar a la religiosidad que emana de su gesto; o la Venus del espejo, pintura mitológica en la que Velázquez nos muestra el cuerpo desnudo de la diosa, visto de espaldas, acompañado de un pequeño Cupido que sostiene el espejo en el que Venus se observa.
Los retratos de esta etapa gozan también de elevada calidad, no sólo los de personajes reales sino los más cotidianos, como pueden ser los bufones. En estas obras, Velázquez no se queda en la anécdota sino que profundiza en la personalidad de cada uno de los protagonistas, mostrándolos tal y como son, sin recrearse en sus taras sino en sus miradas.
Una importante novedad que observamos en la manera de pintar del artista es que su pincelada se va haciendo más rápida y suelta, renunciando paulatinamente a los detalles de su etapa sevillana, incorporando tonalidades más vivas que hacen que su pintura sea más colorista.
En 1649 Velázquez vuelve a viajar a Italia, en esta ocasión no para aprender. El motivo oficial de su viaje es la compra de obras de arte con las que decorar los palacios reales de Madrid. Pero durante la estancia del pintor en Roma obtendrá sus más sonados éxitos, ingresando en la Cofradía de San Lucas. Los retratos pintados en Roma pueden ser considerados los más interesantes de su producción. El papa Inocencio X se nos presenta vestido de púrpura, interesándose el pintor en captar el alma del retratado, un pontífice con fama de estar siempre alerta, desconfiado e infatigable en el desempeño de su cargo, tal y como podemos observar en su efigie. No menos impactante es el retrato de Juan de Pareja, esclavo de origen árabe que ingresó en el taller del pintor en 1630, destacando la fuerza de la mirada, con un sorprendente gesto de altanería a pesar de su condición.
Posiblemente durante este segundo viaje a Italia pintó Velázquez las dos vistas de la Villa Medicis, consideradas las primeras pinturas impresionistas, pues se interesa el maestro en captar la atmósfera y la luz de un momento determinado.
Una vez más Felipe IV tiene que reclamar a su pintor que regrese a Madrid. La larga estancia de Velázquez en Roma ha sido interpretada por los especialistas de diferente manera, llegándose a apuntar la existencia de una estrecha relación con una mujer.
Tras su regreso a Madrid en 1651 se abre la última etapa del artista. Su producción será limitada, ya que el interés de Velázquez en estros momentos se centra en conseguir el hábito de la Orden de Santiago, lo que suponía el ennoblecimiento de su familia. Además, sus tareas como Ayudante de Cámara y Aposentador Mayor de Palacio le restan tiempo para pintar. A pesar de los inconvenientes, Velázquez realiza en esta última década sus obras más impactantes: Las Meninas y Las Hilanderas. En la primera nos presenta un retrato de la familia real realizado de una manera informal, durante su estancia en el estudio del artista. En las Hilanderas nos muestra un taller de hilado, tras el que observamos un tapiz en el que se contiene una historia mitológica. Según algunos especialistas, se trata de dos obras destinadas a demostrar que la pintura no es un oficio sino un arte noble, justificando así la consecución del hábito de Santiago en 1659, tras un largo y complicado proceso en el todos los testigos mintieron para favorecerle.
La culminación de su carrera cortesana se produce en el año de su muerte, ya que será el encargado de entregar a la infanta María Teresa de Austria al rey francés Luis XIV para su unión en matrimonio. Tras esta ceremonia, regresa a Madrid, falleciendo al poco tiempo. Corría el 6 de agosto de 1660 y Velázquez contaba 61 años de edad. Con la muerte del genio sevillano desaparecía uno de los mejores pinceles de todos los tiempos.