Inmaculada de El Escorial

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Comentario

El fervor mariano existente en España motivó la realización de un gran número de Inmaculadas, destacando las de Zurbarán, Ribera o el propio Velázquez. Pero será Murillo, con esa gracia especial que tienen sus Vírgenes, quien las inmortalice.
La Inmaculada de El Escorial fue pintada en los primeros años de la década de 1660, siguiendo Murillo las normas iconográficas dictadas por Pacheco.
La Inmaculada aparece en el centro de la composición; viste túnica blanca, símbolo de pureza, y manto azul, símbolo de eternidad. El rostro adolescente destaca tanto por su belleza y como por los grandes ojos que dirigen su mirada hacia arriba. La figura muestra una línea ondulante que se remarca con las manos, juntas a la altura del pecho pero desplazadas hacia su izquierda.
Los querubines que conforman su peana portan los atributos marianos: las azucenas como símbolo de pureza, las rosas de amor, la rama de olivo como símbolo de paz y la palma representando el martirio. Los ángeles aportan mayor dinamismo a la composición, creando una serie de diagonales paralelas con el manto de la Virgen.
La sensación atmosférica que Murillo consigue y la rápida pincelada son características de esta etapa, pero debemos indicar que gracias al dibujo la figura no pierde monumentalidad, definiendo claramente los contornos. El colorido vaporoso está tomado de Herrera el Mozo, quien acercó los conocimientos de la pintura flamenca y la escuela veneciana a Murillo.
Debe su nombre a haber estado registrada en la Casita del Príncipe de El Escorial en 1788, entre los cuadros del príncipe Carlos IV, desde donde pasó a Aranjuez y de allí al Museo del Prado en 1819.

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