Gauguin, el eterno salvaje

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Comentario

Una de las principales singularidades del fin del siglo XIX, el rechazo a la vida cotidiana y a la realidad burguesa, se resuelve por una doble vía: la torre de marfil, en la que se recluye el artista o la huida hacia lo primitivo, hacia lo salvaje. Unicamente fuera de la caduca y limitada sociedad occidental podía el hombre encontrar su liberación. El exotismo puede ser sólo un artificioso refugio de esteticistas y decadentes, pero para Gauguin era la única solución para sobrevivir.
Paul Gauguin nace en París el 7 de julio de 1848. Su padre era un periodista liberal y tuvo que emigrar en 1852, con toda su familia, a Perú, tras el Golpe de Estado de Napoleón III. En Lima, huérfano de padre, residió la familia Gauguin hasta el otoño de 1854, fecha en la que regresan a Francia, instalándose en Orléans.
En 1861 los Gauguin se trasladan a París, donde la madre trabaja como modista para sacar a su familia adelante. Paul se prepara para ingresar en la Escuela de Náutica, pero suspende y se enrola en la marina con 17 años, hasta 1871. A su regreso a París, al año siguiente, se convierte en agente de Bolsa, trabajo en el que se desenvuelve muy bien, obteniendo buenos ingresos que le permiten coleccionar pinturas, empezar a pintar y contraer matrimonio con la joven danesa Mette Gad, con la que tendrá cinco hijos.
Su primer maestro artístico será Camille Pissarró, de cuya mano entra en el grupo impresionista, participando con ellos en varias exposiciones. También le llamará la atención Edgar Degás y su tratamiento de la figura.
En 1882 numerosos agentes de Bolsa son despedidos, entre ellos Gauguin, que empieza a pensar en vivir de su pintura. Las dificultades económicas, problema con el que convivirá siempre, motivan el traslado de la familia Gauguin en 1883 a Rouen, porque la vida allí era más barata. Pasan dos años en los que Paul no sabe muy bien qué hacer, llegando a trabajar como representante de toldos, viajando entre Rouen, París y Copenhague hasta que en 1886 decide instalarse en París junto a su hijo mayor, dejando al resto de la familia en Dinamarca.
Buscando al salvaje que lleva dentro, se va a la Martinica en 1887. Busca una libertad casi animal y para ello debe confundirse con la naturaleza, con la inocencia de lo primitivo. Para él, ser un salvaje consistía en volver al origen. En la Martinica consiguió liberarse de las ataduras impresionistas; sus colores se hicieron luminosos, contrastados, extendidos en amplias zonas de la superficie del cuadro: lo oriental se iba introduciendo tímidamente en su pintura.
De regreso a Francia y tras un breve paso por París, decidió fijar su residencia en Pont-Aven, una aldea bretona rodeada de montañas en la que se podía vivir lejos del sofisticado ambiente parisino. Bosques legendarios con ecos de las primeras aldeas celtas, impresionantes cruceros de piedra donde se leía la primitiva cristiandad medieval, mujeres ataviadas con primorosos trajes, delantalitos y cofias intemporales. "Amo la Bretaña -diría Gauguin-, encuentro en ella lo rústico, lo primitivo".
Las pinturas de esta etapa bretona se caracterizan por configuraciones planas, amplias, planos sólidos y líneas muy nítidas. Pretendía liberarse de todo contacto directo con la naturaleza. Y además confiar en la idea, en el recuerdo.
La llegada de un buen puñado de artistas a Pont-Aven llevó a Gauguin a buscar un pueblo más primitivo. Lo encontró en Le Pouldu, una aldea cercana donde trabajó junto a Serusier. Gauguin exploraba desasosegado, buscaba lo desconocido y seguía obsesionado por evitar toda relación con el modelo y con la naturaleza. Su pintura oscila entre el culto al Japón, la influencia de las tradiciones locales bretonas y una influencia importante de Cézanne. Para Gauguin, la visión de un tema despertaba unas sensaciones, una forma y un color que luego reconstruiría en sus cuadros.
La estancia bretona se vio interrumpida por una breve temporada con Vincent van Gogh en Arles, relación de la que ambos salieron mal parados, aunque conservaron la amistad.
El nuevo sueño de Gauguin es marcharse a Tahití, llegando a Papeete en 1891. Piensa ganarse la vida haciendo retratos pero decide retirarse de la civilización y vivir con una joven mestiza. Gauguin va al trópico para encontrarse con las verdades eternas: el misterio de la vida, el amor, la muerte, el erotismo como único modo de escapar a Thanatos. El primitivismo y el simbolismo marcan su pintura de esta etapa, como se pone de manifiesto en Yo te saludo, María; La mujer con la flor; Tierra deliciosa o Diversiones. Demuestra que el color, al mismo tiempo que crea un sistema espacial, incluso para abrir un espacio más imaginativo, también es vibración, como lo es la música.
En septiembre de 1893 regresa a París, donde espera el reconocimiento de su talento y el éxito económico, pero ocurre lo contrario, por lo que en junio de 1895 se traslada de nuevo a Oceanía, desesperado, enfermo, alcohólico y solo.
Las Marquesas serán su nuevo destino y allí hará sus obras más famosas: Never more; Los jinetes; Joven con el abanico; Cuentos bárbaros; ¿De dónde venimos?, ¿Qué somos?, ¿Adónde vamos?; o Y el oro de sus cuerpos, obras en las que pone de manifiesto su intención de romper absolutamente con la tradición realista. Gauguin está siendo un simbolista y lo confirman sus propias palabras: "Aquí, en mi choza, en completo silencio, sueño en violentas armonías, entre los olores naturales que me embriagan. Un deleite destilado de algún horror indescriptiblemente sagrado que percibo emanando de las cosas".
Gauguin empieza una importante campaña a favor de los indígenas y, al tener dificultades con las autoridades de Tahití, abandona la isla y se traslada a Atuana, donde intenta aislarse lo más posible con una muchachita muy joven y en una cabaña confortable; morirá, al parecer de un ataque cardíaco, el 8 de mayo de 1903, soñando con regresar a Europa y volver a empezar, esta vez en España.

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