Las catedrales góticas

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Comentario

A pesar de considerar tradicionalmente la época medieval como un momento de crisis, durante la Plena Edad Media se pone de manifiesto en Europa un importante renacimiento agrario, mercantil y urbano. Esta expansión económica se produce de manera paralela a una profunda renovación cultural, renovación que fundamenta la iniciación del estilo gótico, que ha de caracterizar el arte de la Baja Edad Media.
Estas importantes transformaciones tendrán, como es lógico, su reflejo en la Península Ibérica, estrechamente vinculada a las grandes corrientes económicas, políticas, sociales y culturales que se viven en el Continente.
En la ciudad medieval europea, el edificio que representa la vida y el espíritu urbanos es la catedral. En su construcción va a participar todo el entramado social. La catedral es la iglesia en la que el obispo tiene el asiento, la cátedra, convirtiéndose en la principal iglesia de la ciudad y su entorno. Por esta razón, buena parte de las construcciones catedralicias tienen como principales promotores a los obispos, deseosos de dejar su huella en la Historia con la edificación de un magno lugar dedicado a Dios.
El solar en el que se alzaba la catedral ya había sido un lugar de culto, al albergar generalmente un templo anterior. El obispo o el cabildo solicitaban la intervención de un arquitecto, que daba las trazas y calculaba los costes de unos trabajos que habían de durar muchos años, siglos en ocasiones. La belleza de las proporciones, la armonía y el equilibrio iban a definir la perfección de la construcción gótica.
El esqueleto arquitectónico de la catedral presenta una notable altura, que se obtiene gracias al empleo de arcos apuntados y bóvedas de crucería. Estos arcos se apoyan en pilares adosados al muro de la nave central, trasladando los empujes generados a los contrafuertes externos.
Sobre el contrafuerte se colocan los pináculos, remates puntiagudos que con su peso fijan los contrafuertes, al tiempo que acentúan el perfil ascensional de la construcción. A nivel superior, otros arbotantes hacen de tirantes y anulan la presión del viento sobre los muros de la nave central.
Tanto las bóvedas como las paredes exteriores pueden ir calándose, sin mermar la solidez de la fábrica. Los grandes ventanales que horadan los muros, cerrados por amplias y polícromas vidrieras, permiten crear un espacio lumínico que enlaza con las nuevas teorías espirituales. Según éstas, "Dios es luz, con Él no hay oscuridad alguna". De esta manera, la catedral se transforma en un microcosmos cargado de símbolos, en el que la coloreada luminosidad de su interior evoca la Jerusalén celestial del fin de los tiempos. En el exterior, los pináculos y las torres proyectan nuestra mirada hacia el cielo, configurando unos edificios que no dejan todavía de sorprendernos por sus dimensiones y altura.
La catedral es el corazón de la vida ciudadana medieval. Emerge del caserío urbano y a su esplendor y trascendencia contribuyen todos los habitantes de su entorno. El ciudadano ha contribuido a su construcción gracias a sus limosnas, al pago de los estipendios de los servicios eclesiásticos, fundando capillas o financiando altares. En los trabajos de ejecución han participado los artesanos de la ciudad, convirtiéndose la catedral en uno de los centros de la actividad laboral. Al mismo tiempo, es el eje de la vida social y espiritual: a los oficios religiosos que en ella se celebran acuden todos los ciudadanos y, gracias a sus amplias dimensiones, los vecinos de la comarca, además de los peregrinos, que dejan su óbolo.
La catedral se convierte así en un edificio de devoción colectiva y particular, creándose diferentes zonas de culto que irán siendo decorados paulatinamente. De esta manera, se configura el espacio religioso por excelencia de la ciudad medieval.
Apenas finalizadas los trabajos góticos empezaron las intervenciones en las catedrales. Numerosas capillas, costeadas por la Monarquía, la nobleza o los gremios, serán construidas en las naves o las cabeceras, sirviendo de fuente de financiación al cabildo catedralicio.
Las obras que tuvieron lugar en el siglo XVIII serán especialmente importantes, intentando adaptar las fábricas medievales a los gustos barrocos. Así, la concepción primitiva se ve claramente alterada, resultando unos conjuntos que se alejan bastante de los conceptos originales que inspiraron a los arquitectos góticos: equilibrio y armonía.
La construcción de las principales catedrales peninsulares se irá produciendo a lo largo de los siglos XIII al XVI. En un primer momento, será en las principales ciudades de las coronas de Castilla y Aragón donde se levanten las primeras fábricas catedralicias. Posiblemente sean éstas las más puristas, las que más se acercan al modelo gótico importado de Francia. Se trata de las catedrales de León, Burgos y Toledo, en la corona castellana, y Barcelona, en la aragonesa.
A medida que avanza la conquista de los territorios andalusíes, los diferentes monarcas irán patrocinando la construcción de nuevas catedrales, erigidas sobre las antiguas mezquitas. El paradigma será la catedral de Sevilla, que conserva incluso el alminar almohade, la famosa Giralda.
En los primeros años del siglo XVI se levantarán las últimas catedrales góticas, apreciándose ya en ellas importantes muestras del nuevo arte que se está implantando en Europa: el Renacimiento.
En definitiva, la catedral gótica plasma en su fábrica y en su belleza, cargada de racionalidad, los ideales de la sociedad que la construyó, una sociedad que contribuyó a la ejecución de una obra colmada de simbolismo y que se convertirá en centro espiritual de la ciudad que la vio nacer.

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