Clasicismo griego

Fecha: Fecha: 3.500 a. C. - 200 d. C.



Comentario

La historia de la Humanidad experimentó hacia el siglo V a.C. uno de sus más importantes puntos de inflexión. En ese momento, que coincide a grandes rasgos con la época clásica de Grecia, termina de definirse una de los grandes momentos de la civilización occidental, cuyos efectos perduran aún en nuestros días. Los antiguos griegos nos legaron una explicación racional del mundo y del hombre, la democracia como forma de gobierno y un canon artístico que ha servido como referencia al arte europeo, desde los romanos hasta el Neoclasicismo, pasando por el Renacimiento.

Pero es imposible entender el arte, la historia o la poesía de los griegos sin antes hacer siquiera una mención a sus antecedentes, a su paisaje, el clima, las montañas y el mar, en definitiva, al contexto que hizo posible el surgimiento de tan espléndida civilización. La Grecia clásica es el fruto de un largo proceso cultural, con etapas magníficas como las civilizaciones de Creta y Micenas, que se desarrollan entre los años 2100 y 1100 a.C. La civilización griega debe mucho también al paisaje, montañoso y fértil, presidido por un Mediterráneo salpicado por cientos de islas. La presencia del mar, más que separar sirve como nexo de unión entre sus territorios dispersos, una auténtica vía de expansión cultural cuyo influjo se hará sentir incluso en puntos muy alejados, como la península Ibérica.

El siglo VIII a.C. es considerado como el punto de partida de un período rico en logros culturales, en transformaciones sociales y políticas y en situaciones conflictivas. En este período, denominado Arcaico, que va hasta el siglo VI a.C., se empieza a gestar la importancia de Esparta y Atenas, mientras que la expansión colonial favorece la ampliación del mundo griego. El siglo VI constituye la etapa de consolidación del carácter griego, sobre todo a partir de la gran prueba que supone su enfrentamiento con los persas en las Guerras Médicas.

Durante el siglo V y parte del IV a.C., la etapa Clásica, tras las victorias sobre los persas en las batallas de Maratón y Salamina, los griegos consiguieron un alto nivel en todos los aspectos de su cultura, y lo lograron gracias, en parte, a su gran desarrollo económico. El motor de dicho desarrollo fue el comercio marítimo que sus mercaderes, excelentes navegantes, consiguieron extender por todo el Mediterráneo, apoyándose en las colonias que fueron creando a lo largo de sus costas.

Las rutas comerciales siguieron las costas del sur de Europa, comerciando con los etruscos en la península italiana y con los iberos en la península ibérica. Las mismas costas surcadas antes que ellos por los fenicios, abren un camino que deberá tener una importancia vital para el Mediterráneo en los siglos venideros. Para el mundo helénico, y en general para las culturas del oriente mediterráneo, el occidente es un mundo desconocido pero atrayente, los confines del mundo civilizado, límite marcado por las columnas de Hércules.

En el siglo V a.C., el siglo de Pericles, Grecia es un mosaico de ciudades-estado o poleis independientes. Cada una de ellas era una unidad política, social, económica y cultural autónoma, y tenía un territorio bajo su dominio para la explotación agrícola y ganadera. La ciudad y su entorno constituían la polis. De nuevo el paisaje nos sirve para explicarnos esta fragmentación territorial, pues el montañoso paisaje griego dificultaba enormemente las comunicaciones entre las distintas poblaciones.

En este conglomerado, Atenas ocupaba una posición central dentro del mundo griego. Disponía de un excelente puerto -El Pireo- a pocos kilómetros, lo que le permitía dominar con sus barcos la navegación por el Egeo. También contaba con buenos apoyos al otro lado de este mar, en la costa oriental de Asia. Con estas bases, Atenas se asentó como la polis que alcanzó un mayor desarrollo económico, social, político y artístico entre las demás ciudades, gracias al imperio comercial que sus navegantes y mercaderes crearon en el Mediterráneo. En esta expansión ateniense tuvo mucho que ver, sin duda, la implantación de un sistema de gobierno democrático, así como la atención que sus ciudadanos dedicaron al arte, al teatro, a la filosofía.... poniendo los cimientos de nuestra propia cultura occidental.

Tal expansión de Atenas y otras poleis griegas se plasma en la construcción de magníficas obras de arte, cuya importancia trasciende las fronteras del tiempo. El Partenón, terminado de construir hacia el año 432 a.C., los Propíleos, el Erecteion o el templo de Atenea Niké, en la Acrópolis de Atenas, testimonian el magnífico momento que la ciudad atraviesa.

Con todo, la hegemonía ateniense tuvo siempre enfrente a su gran rival, Esparta. A finales del siglo V ambas ciudades y sus respectivos aliados se enfrentaron en la Guerra del Peloponeso. Esta lucha provocó una transformación del mundo clásico. La derrota de Atenas abrió una época de enfrentamientos de las ciudades griegas entre sí, que duró casi todo el siglo IV a.C. Este clima de inestabilidad abrió la puerta a la conquista de todas ellas por Macedonia y Alejandro Magno. Esta conquista supone para Grecia la novedad de hallarse bajo un único mando, formando la cabeza de un imperio que se extenderá por Egipto y todo el Oriente, hasta llegar a la India.

Poco habría de durar, sin embargo, tan magno imperio. La muerte de Alejandro en el año 332 a.C. significó la división de su imperio entre sus generales, dando lugar a varios reinos independientes. Las continuas luchas entre ellos y sus vecinos permitirá a Roma conquistar Grecia en el siglo II antes de nuestra Era. Desde entonces Grecia se convirtió en una provincia romana. La etapa que va desde la muerte de Alejandro hasta el año 30 a.C., momento en que Augusto se apoderó de Roma, es denominada Periodo Helenístico.

Atenas sigue conservando su antiguo prestigio como foco cultural y artístico, aunque ciudades como Pérgamo, Mileto, Rodas o Alejandría se encargarán de la realización de las principales manifestaciones artísticas de esta etapa final de la cultura griega antigua. El contacto directo de Roma con las ideas y el arte griego, así como la adopción de casi todas sus realizaciones como propias, permitirá la pervivencia de la cultura helénica, que a partir de entonces pasa a formar parte de la civilización occidental.